Capítulo 4 El contrato

Mía Smith.

Roma, Italia.

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La idea era huir a París y, de ahí, tomar otro autobús hasta Londres, pero fui ingenua al creer que iba a lograrlo. —¿Pero qué haré? —me pide tomar una decisión, aunque, honestamente, no es que tenga muchas opciones.

El sonido de la puerta me alerta; me levanto y limpio el rastro de lágrimas con rapidez. Es mi madre, quien se queda mirándome en el umbral con una expresión lastimera que me irrita sobremanera.

—Mía, los abogados y el notario esperan por ti —regresar a casa de mis padres se siente como una bofetada en la cara. Como si no fuera suficiente humillación ser intercambiada como una res por mi ex, ahora también resulta que mi padre fue el primero en usarme como su seguro temporal.

—¿Por qué nunca dijiste nada, madre? —averiguo, buscando algún indicio de culpa o arrepentimiento en sus ojos—. Soy tu hija, maldita sea. ¿No te parece repulsiva toda la humillación a la que he sido sometida por las malas decisiones de otros?

—Mía, tu padre hizo esto para que tus hermanas y yo tuviéramos un techo sobre nuestras cabezas, un plato de comida en la mesa y un futuro para Melissa y Melibea —mi madre se da media vuelta, pero antes de cerrar, vuelve a mirarme, esta vez por encima del hombro—. Tu padre hizo negocios con el hombre que tú decías que estaría contigo para toda la vida. Tu amado Javier orilló a tu padre a firmar cosas que hoy te dejan en esta posición. ¿Crees que es un castigo ser la esposa de un millonario que va a darte una vida de reina?

—¿Y mi dignidad, madre? —cuestiono, conteniendo las ganas de gritar—. ¿Mi integridad, mis deseos? Madre, no se trata solamente de tener una vida acomodada...

—Nada de eso importa si tienes dinero —responde mi madre con una risa sardónica—, deja de lloriquear y baja de una buena vez; no hagas esperar a tu futuro esposo.

Las palabras de mi madre me hacen sentir aún peor, como si todo esto fuera por mi culpa. Quiero irme lejos, tan lejos que nadie pueda encontrarme. Sacudo la cabeza sabiendo que eso no es posible; de solo recordar el momento en que me enteré de que mi padre fue uno de los que echó tierra sobre mi tumba, mi enojo vuelve, haciéndome temblar ligeramente.

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Aún me arrepiento de no haberme ido en ese autobús. «Debo estar loca, no debí irme con él, pero ya es tarde». —Habla ahora, Iván. Me hiciste perder mi boleto.

—Puedes irte, Stefano, yo me encargaré de ahora en adelante —dice, ignorando mi pregunta.

El guardaespaldas asiente y, acto seguido, se marcha, dejándome sola con él en el estacionamiento de la terminal—, no ibas a llegar muy lejos de todos modos —se gira frente a mí y su expresión calculadora se rompe un momento; es solo un instante, pero lo suficiente para intuir que está irritado.

El amanecer me distrae un momento del caos de las últimas horas. «Seguramente el señor todopoderoso D'Lucca se está arrepintiendo de su intercambio». Un carraspeo me devuelve de nuevo a la realidad.

—Como te lo había dicho antes, tienes dos opciones...

—Si llevarme de regreso con correa, o sin ella —ruedo los ojos, aburrida y hastiada de todo—. También dijiste que sería mi última decisión. ¿Qué quieres decir con eso? —averiguo, apoyándome en el capó del llamativo Lamborghini amarillo de Iván.

—Tu padre está hasta el cuello, Mía —suelta sin filtros. Me alerta oír aquello, pero lo dejo seguir—, Javier convenció a tu padre de hacer negocios juntos...

—¿De qué hablas? Javier nunca dijo nada y papá tampoco —me acerco a Iván, buscando algún indicio de mentira en sus palabras—, mis padres solo tienen su granja, Javier me lo habría dicho...

—Javier te cambió anoche para salvar su empresa de la quiebra. Mía, ¿aún no lo entiendes? —pregunta Iván con una frialdad cruda que no deja de dolerme aún—. Quieres la verdad, pues aquí la tienes: tu padre, junto a mi hermano, han hecho lavado de activos por al menos tres años. ¿De dónde crees que le ha ido tan bien de la nada a tu familia? ¿Por qué crees que Javier cada vez se muestra menos? Está metido en problemas, y si no salva su pellejo, tu padre es el que irá a la cárcel y toda tu familia irá a la calle.

Mi respiración se vuelve pesada; cada bocanada de aire es como fuego en mi interior. —¿Papá tiene que ver en esto? —mi pregunta es estúpida, pero la respuesta de Iván es un puñetazo necesario.

Asiente. —La ambición y la manipulación de Javier lo metieron en esto —me cuesta aceptarlo, pero a estas alturas todo es posible—, Mía, puedo protegerte, pero sabes qué es lo que debes hacer...

—El amor y las personas no son objetos, Iván —murmuro, bajando la mirada. No quiero que me sigan viendo derrotada; ya han sido suficientes humillaciones.

—¿Y crees que las personas que te entregaron a mí te amaban? —su pregunta se entierra lenta y dolorosamente en mi pecho—. ¿Cómo se vieron al momento de hacer todo lo que hicieron contigo?

—Tú ganas, D'Lucca —Limpio mis lágrimas con el dorso de su abrigo; su perfume invade mis fosas nasales y un extraño sentir hormiguea por todo mi cuerpo—, haré lo que digas. Si ya me han puesto un precio, si ya no tengo escapatoria, lo mejor es dejar de resistirme. No puedo dejar a mi madre y a mis hermanas en la calle.

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De esa maldita noche han pasado alrededor de siete días. Mi comprador... es decir, mi prometido, me ordenó ir a casa de mis padres. La convivencia en casa se había vuelto tensa. Estos días me ha resultado insoportable ver a mis padres y no poder decirles la porquería que son.

En el estudio de mi padre están todos reunidos. Mi estómago se revuelve al ver a mi ex entre los presentes. «¿Qué hace aquí? ¿No es suficiente todo el daño que ya me ha hecho?». Desvía la mirada en cuanto se percata de la mía. Mis hermanas menores observan en silencio junto a mi madre, sentadas en el sofá de cuero negro en el centro del amplio estudio de papá.

Frente al escritorio, mi padre estrecha la mano de Iván, después de que este le entregara un folder negro de cuero. Papá se acerca cuando se percata de mi presencia.

—Luces preciosa —murmura, forzando una sonrisa—. Mía, hija, sé que ahora mismo me ves como un padre horrible, pero cuando tengas a tus hijos vas a entender todo. ¿Me permitirías acompañarte? Esto no es una ceremonia religiosa, pero simbólicamente me gustaría entregarte...

Río para luego negar con un movimiento de cabeza. —¿Entregarme? —escupo con rabia, arrastrando las palabras—. No seas ridículo, papá. ¿Entregarme? Ya tú y tu socio me entregaron en aquel intercambio para salvarse ustedes.

Paso de largo de mi padre, dejándolo con la palabra en la boca. Frente a Iván, mi corazón late tan fuerte que siento que va a salir de mi pecho en cualquier momento. Escucho lejana la voz del notario frente a mí.

—Señorita Smith, es su turno de firmar.

—Sí, disculpe —digo, tomando la pluma sobre el escritorio. «Dije que no volvería a llorar, dije también que sería fuerte, pero es inevitable no sentir que estoy firmando mi condena». Las lagrimas salen y aprieto furiosa la pluma, entrego la pluma a Iván y, en cuanto sus dedos rozan los míos, siento una descarga de adrenalina que recorre todo mi cuerpo; quizás es miedo, o nervios. Cuando era niña soñaba con una boda de cuento de hadas, no con esto.

—Oficialmente, ahora son marido y mujer —anuncia el notario con una sonrisa superficial.

Entre los aplausos y lo dicho por ese hombre, siento un martilleo constante en mis oídos. Parpadeo, confusa, al sentir la mano de Iván rozar mi mejilla; abro los ojos al máximo al sentir su rostro a milímetros del mío. —Bienvenida a la familia D'Lucca, esposa —

sin previo aviso, sus labios tocan los míos en un beso intruso, inesperado, que me toma por sorpresa.

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