Capítulo 5 La mansion del diablo

Mía D'Lucca.

Roma, Italia.

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Ver estas colinas nunca me ha generado tanta melancolía. Siempre he sido una persona con ganas de ver más, de saber que había mucho más que este pueblo en la campiña. Cuando terminé la secundaria, gracias a una beca, pude irme a Londres. La abuela Smith me enseñó a valerme por mí misma. En mi último año de preparatoria, por insistencia de una amiga de la abuela, inicié en el modelaje. Ese mundo me llevó a Javier D'Lucca y a entender que todo en esta vida tiene un precio.

—Llegamos, señora —anuncia Stefano apagando el auto.

Miro el lugar de mi condena.

Bajo del vehículo y avanzo unos pasos. Estuve un par de días más en la granja de mis padres, pero el tiempo se había agotado y Palombara había quedado atrás. Río irónica: antes había celebrado porque al fin me iría de aquel pueblo, pero ahora, entre los olivares de la casa de mis padres, encontré el único refugio contra la tormenta de estos últimos días.

Iván envió a su perro al pueblo para traerme casi a rastras de la granja. —No está nada mal la cárcel —digo, recorriendo la propiedad de mi "adorado esposo". El jardín es enorme; el pasto recién cortado brilla bajo el rocío y el sol matutino. Al frente de todo, hay una fuente que hace ver la mansión D'Lucca más antigua, casi como un pequeño palacio.

—Va a ver cómo se adapta rápido, señora D'Lucca.

Ser llamada así me genera un escalofrío. —¿Tú crees? —respondo con sarcasmo. Ruedo los ojos, aburrida, pero las gafas de sol cubren mi hartazgo—. Gracias, Stefano, pero tu jefe no tenía que enviarte por mí. Mi regreso a Roma ya está acordado. ¿Iván no te lo dijo? Aunque quizás no lo recuerde...

—Señora, respecto a eso... —el hombre frente a mí también se quita los lentes oscuros y me mira dubitativo—, mi jefe no me envió por usted, me designó como su escolta.

—¿Y quién carajos le dijo a tu señor que yo necesito un guardaespaldas? —Mi ira crece; aprieto con fuerza las gafas en mi mano. «Este imbécil me va a escuchar»—. ¿Dónde está? Debo hablar con él, yo no requiero de escoltas —digo, con la voz ligeramente temblorosa por la ira contenida.

Las puertas de la mansión se abren y sale una mujer vestida con un traje negro de corte sobrio, seguida por una empleada de servicio.

—Stefano, esperábamos por ti —la mujer me mira sin disimulo y una sonrisa de boca cerrada se dibuja en sus labios—. ¿Ella es quien creo que es?

—el escolta solo asiente como respuesta y, acto seguido, deja mi maleta en el suelo.

—Hola, soy Mía...

—Mi nombre es Alba, señora D'Lucca. El señor Iván ya me había informado —de nuevo, ese balde de agua helada al ser llamada por ese apellido—, soy el ama de llaves de la mansión y ella es Camilla, parte del personal de servicio. Pero pasemos, además; le daré un recorrido para que conozca el lugar y así el resto del servicio también la conozca. Camilla, lleva las pertenencias de la señora a su alcoba.

Entrar ahí fue el inicio de lo que, de ahora en adelante, será mi vida. El lugar es absurdamente grande. Si creía que vivir con Javier era un tanto exagerado en cuanto a lujo, ahora entiendo mejor lo que es el poder verdadero. Vengo de un lugar donde vivía cómodamente, con lo necesario, pero esto es otra cosa.

A pesar de toda esa opulencia y pulcritud, este lugar se siente vacío, frío y estéril. No puedo evitar desanimarme; si apenas al entrar ya me siento drenada, no quiero imaginarme lo miserable que van a ser los próximos días aquí.

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Iván D'Lucca.

Roma, Italia.

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El día ha sido agotador, y lo peor es que aún no termina; debo continuar con todo en casa. Salgo del auto y camino a la entrada, procesando el hecho de que ella está ahí. Stefano llamó para decirme que a la señora no le había hecho gracia enterarse de que le puse un guardaespaldas. «Ella puede endurecerse, reclamarme, pero eso no va a cambiar nada. Aquí, las decisiones las tomo yo». Al entrar, Alba me espera como siempre. No es lo que espero, pero tampoco me sorprende; no puedo pretender que Mía se comporte de un momento a otro como una esposa amorosa y atenta.

—Buenas noches, señor —saluda Alba al pie de la escalera. Su semblante esta noche se siente diferente, pero elijo no pensar en ello.

—¿Mía? ¿Adónde está? —pregunto mientras me quito el saco. Alba toma la prenda y la dobla en su brazo con cuidado—, la señora está en la cocina, señor. Antonio no está de humor; la señora ha invadido la cocina y es ella quien ahora prepara la cena.

Lo escucho, pero aún así me cuesta creerlo. «Solo espero que esta mujer no intente matarme envenenando la comida». Sin embargo, lentamente, un aroma casero y agradable perfuma la casa; no percibo algo así desde que era pequeño.

—Alba, necesito que...

Al verme, guarda silencio; esa comodidad con la que venía se ha evaporado en el segundo en que me vio. —Buenas noches, Iván. ¿Hace mucho que llegaste? —averigua, desviando la mirada mientras entrelaza sus dedos de forma inquieta.

Abro la boca para responder, pero en ese momento el timbre suena.

—Yo voy —se adelanta Alba, dejándome en la estancia a solas con Mía.

Ella se acerca hasta quedar frente a mí. Está a punto de decir algo, pero también es interrumpida.

—Buenas noches, hermano —dice Javier, seguido por Alba, quien parece haber intentado detenerlo sin éxito.

—¿Qué haces aquí? —no me interesa ser educado.

—Fui a tu oficina, pero no estabas. Hay asuntos que debes revisar aún...

—Eso puede ser en otro momento, Javier. No tenías que venir a mi casa —me molesta que no le quite la mirada de encima.

—Bueno, los dejo resolver sus asuntos —dice Mía, notoriamente incómoda—, Alba, ven acompáñame, necesito tu ayuda.

—Sí, señora D'Lucca —responde el ama de llaves, siguiendo a mi esposa.

Mi atención vuelve a mi hermano, y este mantiene la suya clavada en la dirección en la que Mía se dirige. —¿Señora D'Lucca? —cuestiona, arqueando una ceja.

—Sí, es mi mujer. Es mi apellido, ¿cómo esperas que la llamen? —interrogo, aflojando mi corbata.

—Solo me parece curioso —responde, encogiéndose de hombros. Sonrío desde lejos se nota lo mosqueado que está Javier en cuanto escuchó cómo mis empleados se dirigen a Mía. No va ni un mes y creo que mi idiota hermano comienza a arrepentirse—, solo me tomó desprevenido. A fin de cuentas, también es mi apellido.

—Pero ella es mi mujer —replico.

—Sabes, te veo luego en tu oficina —dice mi hermano, dándose la vuelta y acelerando el paso. Creo que, sin proponérmelo, he removido cosas y echado sal en llagas aún abiertas.

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Para mi sorpresa, Mía no me envenenó y tampoco cocina para nada mal; de hecho, lo hace muy bien. Cuando llego a mi habitación, escucho voces y decido esperar afuera.

—¡Yo no dormiré con nadie, quiero otro lugar! —protesta Mía, histérica.

—Pero, señora, esta no es su habitación...

—¿Qué está pasando? —decido entrar.

—La señora creyó que esta habitación era solo suya, pero yo le dije que esta es su habitación, señor. Alba me pidió traer aquí sus cosas y ustedes son esposos, lo siento señor —se excusa la empleada, asustada por la situación.

—No se preocupe, Camilla, retírese —digo, haciéndome a un lado para darle paso a la asustada empleada.

Mía me da la espalda, está molesta. —¿Qué sucede? —susurro, muy cerca de su oído.

—Pensaba que iba a tener mi propia habitación, Iván —musita.

La tomo de la cintura. Ella da un salto, nerviosa; intenta alejarse, pero no se lo permito y la apego más a mí.

—Soy tu esposo.

—No mi dueño —refuta ella, jadeando por el esfuerzo hecho para intentar zafarse.

—A partir de hoy, dormirás en mi habitación —la suelto y ella trastabilla por el forcejeo de querer soltarse. Me fulmina con la mirada, pero no me inmuto.

Me quito la corbata y, mientras desabotono mi camisa, ella mira en silencio. Río, y Mía desvía la mirada. Sus mejillas sonrojadas me divierten; quiere ser ruda, pero no sabe con quién se está metiendo.

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