Capítulo 6 La primera noche
Mía D'Lucca.
Roma, Italia.
―――――――
Lo oí bien, claro que escuché bien. Pero este tipo está muy equivocado si cree que por llevar su apellido automáticamente me hace su propiedad. Tomo una calada de aire para recuperar la compostura y me dirijo a la salida, aunque, de un tirón en mi brazo, impacto contra el pecho desnudo de Iván. Del tirón, algunos cabellos caen sobre mi rostro y, con mi mano libre, los hago a un lado.
Alzo el rostro y me encuentro con ese par de ojos verdes oscurecidos; mi pulso se acelera y me odio por dejar que este tipo me desestabilice tanto. —¿A dónde carajos vas? —murmura, arrastrando las palabras con voz ronca, casi en un gruñido.
—Ya te lo dije, Iván —Intento soltarme de su agarre en mi antebrazo, pero no lo logro—, no voy a dormir aquí...
—Sí lo harás —refuta, empujándome a la cama. Lo miro terminar de quitarse la camisa, dándome la espalda—, no quiero rumores, eres mi esposa y vas a comportarte como tal, Mía —suelta, tirando la camisa al suelo.
—¿Ah, sí? —cuestiono, cruzando una pierna. La abertura de mi camisón de satén turquesa se desliza, dejando al descubierto mi pierna. Apoyo las palmas en el mullido colchón, mientras mi cabello se balancea tras mi espalda de forma juguetona—. ¿Tanto temes al qué dirán, señor D'Lucca? —digo coqueta, pero la sonrisa en mis labios desaparece cuando se da la vuelta y su sonrisa ladina me hace entender que soy yo quien pierde el tiempo.
Se acerca a mí con pasos despreocupados y apoya ambos brazos en la cama aprisionandome. Está tan cerca de mí que puedo sentir sus mechones de cabello rozar mi frente.
—No excedas mis límites, Mía —la calidez de su aliento golpea mis mejillas. Mi piel se eriza; se acerca más, haciéndome arquear la espalda. Aunque trato de evitar todo contacto, no logro evitar un ligero roce entre nuestros labios—. ¿Qué ocurre, pequeña? ¿Estarás nerviosa? —Cada palabra, con esa voz ronca y profunda, crea en mí un cúmulo de sensaciones que nunca antes había experimentado.
—Q-quítate... —pedir eso suena como un jadeo seco y ronco, falto de voluntad.
Con una lentitud casi letal, Iván va hasta mi oído; su respiración caliente hace estragos en mí. —Puedes contarme... —se acerca al hueco entre el cuello y mi hombro. Cierro los ojos con fuerza, pero una risa ligera y casi inaudible me descoloca—. No te forzaré a hacer nada que tú no quieras, ¿de acuerdo? A fin de cuentas, va a pasar.
Abro la boca, pero no sale ni una sola palabra. Él se incorpora y se termina de quitar la ropa, luego se acuesta tranquilo. «¿Acaso está jugando conmigo? ¿Soy solo un trofeo para Iván? ¿Una muestra de poder y superioridad ante Javier?». Si sigo siendo presa de mis pensamientos, esta presión en mi pecho duele cada vez más. Soy la tabla de salvación de mi padre, el seguro de mi madre y mis hermanas, la moneda de cambio de Javier y ahora la propiedad de este despiadado extraño que me hizo su esposa por un trato entre hermanos.
Me levanto de esa cama con rapidez. Mis ojos pican, aguantando las ganas de llorar por la burla y la impotencia. Voy a mi lado de la cama y tiro las almohadas al medio para hacer una barrera entre Iván y yo.
—¿Qué haces?
Ignoro su pregunta y voy al sofá, donde reposan unos cojines, para reforzar el muro en la cama. —¿No es obvio lo que hago? —respondo, usando el mismo tono irónico que él usa conmigo.
—Qué infantil eres, Mía —responde, acomodándose entre las sábanas.
—Pongo límites. Creo que olvidas que este no es un matrimonio real —refuto, acostándome yo también—, no pasará nada entre tú y yo, no voy a tener intimidad contigo —espeto, cubriéndome con las sábanas y dando la espalda al muro de almohadas y cojines que acabo de hacer.
—Cariño, una hilera de almohadas y cojines no va a detenerme, ¿lo sabes, no? —de nuevo escucho esa sonrisa irritante, pero también atrayente—. ¿De verdad eres tan ingenua? ¿Crees que esta niñería va a impedir que cruce?
―――――――
Mis ojos arden un poco; la noche anterior apenas y pude dormir. Me niego a moverme de la cama, pero escucho pasos y un perfume varonil, pero elegante, golpea mis fosas nasales, haciéndome incorporar de inmediato.
Él ya está vestido con un sobrio traje gris, a juego con una camisa blanca sin corbata. Trago grueso en cuanto mi nueva realidad me golpea.
—Buenos días, Mía —dice, ajustando el reloj en su mano izquierda.
—Buenos días... —mi voz se corta en cuanto noto que mi barrera de almohadas ya no está. Me pongo de pie, confundida, al ver de nuevo los cojines en su lugar.
Escucho los pasos de Iván detrás de mí; su fría mano se posa en mi hombro tibio y desnudo.
—No hace falta poner eso entre nosotros. No voy a obligarte a nada ya te lo dije, tú vendrás a mí.
Giro sobre mis tobillos descalzos, sosteniendo su mirada arrogante. Si cree que este matrimonio va a consumarse, está gravemente equivocado. Ha comprado una esposa, no su afecto.
—Te oyes muy seguro —suelto, seguido de una carcajada fingida. Cruzo los brazos, haciendo que los tirantes delgados de satén aguamarina se deslicen un poco en mis hombros—, los dos podemos jugar a este juego de poder, Iván, y sabes... nadie es más terca que yo, te apuesto —digo con un tono dulzón en exceso que desconozco en mí.
—Mía, este juego ya ha acabado y, adicional, tú fuiste mi premio —acaricia mi mejilla con su mano izquierda para luego colocar un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. Quiero abofetearlo, pero esto no cambiaría mi maldita realidad—, soy paciente, querida. Después de todo, Roma no se hizo en un día...
—Y el Imperio romano tampoco cayó en un día —respondo, usando el mismo juego de palabras.
Él se aleja, pero antes de abrir la puerta, me mira una vez con una intensidad en la que me es inevitable sentirme expuesta. —Esta noche tengo una cena y es sumamente importante, tanto que habrá medios de prensa y necesito que estés a la altura del momento. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo...
—¿Qué esperas que haga? —pregunto mientras me pongo la bata translúcida a juego con mi camisón. De haber sabido que no iba a dormir sola, no habría escogido esta pijama.
—No es mucho —responde, girando el pomo de la puerta para abrirla—, van a estar los socios y la prensa. No me importa lo que pienses de mí, Mía, pero esta noche caminas a mi lado y actúas como mi esposa. No nos podemos permitir un error.
No puedo creer el teatro que me pide hacer. Camino con rapidez para decirle, de una buena vez, que no voy a hacer ese circo que me pide, pero antes de que pueda abrir la boca y decir algo, la puerta es cerrada en mi cara, dejándome con la palabra en la boca.
Golpeo con fuerza la maciza madera frente a mí. Quiero gritar a todos y pedirles que se vayan, quiero tomar mi maleta e irme tan lejos hasta que olvide hasta mi nombre, pero ahora no es el momento, no puedo escapar. La orden ya me ha sido dada y debo obedecer.
