Capítulo 7 El precio de ser la señora D'Lucca
Mía D'Lucca.
Roma, Italia.
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—Es más entretenido ver cómo se seca la pintura antes que estar en esta casa sin hacer nada.
Dejo el cubierto a un lado; no tengo apetito. La empleada de servicio se acerca con una señal que le hago para que retire la comida.
—Apenas y tocó su almuerzo, señora. Si algo no es de su agrado...
—No, está todo bien —digo amable para no hacer sentir mal a la empleada—, solo no tengo apetito —digo finalmente.
Ella asiente y se lleva el plato, aún con casi toda la comida. El ama de llaves entra a la terraza y sus ojos van de la sirvienta hacia mí. —El señor D'Lucca me ha pedido entregarle esto —dice la mujer, extendiendo su mano para darme un portatarjetas de cuero en tonos crema, donde en relieve dorado brilla el símbolo familiar y, bajo el blasón, con letras también en relieve dorado, reposa el apellido D'Lucca.
«Los ricos y sus excentricidades, además de su urgencia de querer marcar todo con su nombre». Tomo el estuche y, al abrirlo, unas tarjetas en color negro, plata y dorado brillan, cada una en su sitio.
—El señor también me ha dicho que es libre de usarlas como guste —agrega Alba, curvando los labios en una sonrisa que muestra su cuidada dentadura—, el señor se ve muy enamorado de usted, señora Mía.
Sonrío ante la ingenuidad de aquella mujer, me pongo de pie y camino para ver el jardín más de cerca. —¿De verdad crees que Iván me ama? —finjo una voz soñadora y enamorada.
—Sí, sé que siente algo por usted —dice la empleada suspirando—. De lo contrario no estarían casados; el señor, en más de una ocasión, ha rechazado la idea de casarse. Pero usted lo ha cambiado, Mía... perdón por llamarla con tanta confianza...
—Alba, no, todo lo contrario —río—. Me gusta que me llame así. Ahora, más bien, dígame algo: ¿por qué en este jardín tan especial no hay ni una sola flor? —pregunto para romper el hielo y, a la vez, consumida por la curiosidad. Me parece extraño que no haya flores en un jardín que parece de la realeza.
El semblante amigable y sonriente del ama de llaves se sustituye por una expresión tensa e incómoda.
—A mi hijo no le gustan esas cursilerías; las flores solo gustan a las mujeres corrientes como tú —dice una voz que ya me conozco de sobra.
La mujer camina erguida y elegante a través de la terraza hasta pararse frente a mí. Esa soberbia en esos ojos verdes de réptil es el sello de mi «amada suegra»; lastimosamente, cambié de hermano, no de suegra.
—Buenos días, señora Giovanna —ignoro la ofensa, pues así ha sido ella desde que la conozco—. ¿Qué la trae por aquí? —Finjo una sonrisa, la cual no logra enmascarar las náuseas que esta mujer me provoca.
Mira a Alba con indisimulada autoridad y la empleada me mira con pesar; aun así, termina marchándose, dejándome a solas con la bruja.
—A mí llegaron rumores, pero he venido para confirmar por mi cuenta la desfachatez que me dijeron. —Si las palabras de esta mujer fueran veneno, yo ya estaría tres metros bajo tierra—. Bravo, Mía, lo lograste, finalmente te has salido con la tuya. Ya eres la nueva señora D'Lucca. Cuando Javier te presentó, algo nunca me agradó de ti. Al inicio pensé que sería algo temporal; no estás a nivel de mi familia. Luego me entero de que te has casado con mi Iván, apuntando siempre al pez más gordo...
—No le permito venir aquí para insultarme...
—Tú a mí no me ordenas nada. No eres más que una ramera oportunista, una cazafortunas que ha caído en mi familia para manchar el apellido D'Lucca. Por generaciones hemos sido sinónimo de honor, nobleza y puro respeto en la sociedad, y una zorra como tú no va a enlodar la imagen de mis hijos...
—¡Ya basta! —mi garganta arde, mis lágrimas luchando por salir. Pero no voy a doblarme ante una arpía como ella; no es la primera vez que derrama todo su veneno sobre mí—, no me importa su estatus, tampoco me importa su maldito dinero y mucho menos lo que usted crea de mí. Solo guárdese sus comentarios, vieja víbora. —No estoy dispuesta a seguir escuchando; quería que esto terminara, pero no voy a callar ni tolerar ofensas de esta mujer.
—Pequeña sanguijuela, ya verás cuando te ponga en tu lugar —con violencia alza el brazo; cierro los ojos esperando la bofetada, pero esta nunca llega.
—¿Qué ocurre aquí, madre? —averigua Iván, soltando el brazo de Giovanna.
El sonido de sus brazaletes es lo único que se escucha. Madre e hijo se miran retadores frente a mí. —Dime que no es cierto que te casaste con esta oportunista. ¿Iván, qué te ocurre? Era la mujer de tu hermano, ¿sabes lo que van a decir? —interroga exaltada la mujer, bella pero cruel, frente a mí.
—Van a decir que ahora es mi esposa. Me importa poco y nada lo que ellos digan. Pero no puedes venir a mi casa a faltarle el respeto a mi mujer...
—Soy tu madre, Iván —chilla Giovanna con voz ofendida—, no puedes tratarme así, soy tu madre.
—Sí, lo sé —responde en tono calmado, casi gélido—, pero Mía es mi esposa y, al igual que yo te quiero y respeto, también la quiero a ella. Y espero, espero que al menos la respetes.
—No me quedaré aquí para ver cómo destruyes tu vida. Solo te diré que te arrepentirás, Iván, y esta humillación que me has hecho hoy va a costarte mucho, Iván. Cría cuervos y estos te sacarán los ojos. —La mujer se marcha, dejándome detrás una estela de tensión y derrota que no abandona el sitio.
—¿Qué haces aquí? —pregunto en voz baja. Trato de sostenerle la mirada y no bajar el rostro, pero la dureza en su semblante me hace imposible la labor.
—Que sea la última vez que permites que alguien pase por encima de ti, Mía. Tú no eres la que acabo de ver...
—Pero...
—Pero nada. Es mi madre, pero no voy a dejar que venga aquí a cuestionarme. Ya no soy un niño que debe callarse y obedecer; tú tampoco debes dejarlo. ¿Dónde está esa mujer rebelde de hace días? —odio esta vulnerabilidad que no me abandona estos días. Sus palabras son duras, pero ciertas.
—¿Por qué me defiendes? —pregunto, acercándome a él un poco avergonzada.
Suspira de forma áspera; lo veo fruncir el entrecejo y es notorio que está molesto. Y responde:
—Nadie humilla a mi esposa bajo mi techo. Ni siquiera mi madre. Prepárate para la cena.
Dice antes de dar media vuelta y marcharse.
—Espera —lo alcanzo, me mira con desconcierto—. No me dijiste, ¿qué haces aquí? —insisto en mi pregunta de hace un momento.
—Vine a poner orden en casa. Soy un hombre ocupado; tú tienes carácter y eso es lo que necesito en una mujer.
Luego de aquel seco sermón, quedo sola de nuevo, sintiendo un nudo en mi estómago que dudo algún día deje de sentirse tan sofocante.
