Capítulo 1 Un tormenta
Olivia frunció el ceño y salió de sus pensamientos al sentir una gota de agua golpearle la mejilla.
Levantó la mirada.
El cielo se había oscurecido y las nubes amenazaban con descargar una tormenta. Debía haber estado demasiado distraída para no darse cuenta antes.
Necesitaba regresar a su casa cuanto antes. Lo último que necesitaba era que la tormenta la alcanzara en medio de la playa.
Se dio la vuelta, pero entonces se dio cuenta de que se había alejado demasiado.
«¿Cuánto tiempo había estado caminando?»
Empezó a avanzar a paso rápido y pronto comenzó a trotar, pero no había llegado demasiado lejos cuando un trueno retumbó sobre ella y el cielo pareció liberar de golpe toda el agua que había estado conteniendo.
Las pequeñas gotas se transformaron en una lluvia torrencial.
—Debe ser una maldita broma —susurró.
El agua era tibia, pero no se dejó consolar por aquello. La temperatura no tardaría en bajar y, para entonces, estaría completamente empapada.
Aceleró, aunque ya sabía que no tenía ninguna posibilidad de llegar a su casa de playa en esas condiciones. Apenas podía ver con claridad y cada vez era más consciente de la ropa pegándosele al cuerpo.
Desvió el rumbo hacia la primera casa que divisó. Las luces estaban apagadas, pero esperaba que hubiera alguien dentro.
Llegó en un par de minutos y llamó a la puerta sin perder tiempo.
—Por favor, que haya alguien —susurró, abrazándose a sí misma mientras movía los pies en el lugar para no quedarse quieta y conservar el calor que había ganado con la carrera.
Nero miró la hoja doblada sobre su escritorio, casi esperando que desapareciera. Debajo estaba el acuerdo de divorcio que había encontrado entre las pertenencias de su esposa.
Se preguntó cuánto tiempo Geraldine lo habría guardado, esperando el momento oportuno para entregárselo.
La verdad era que no le sorprendía descubrir que ella había estado considerando separarse de él. Su matrimonio había comenzado a fracturarse algún tiempo atrás. Se habían convertido en dos extraños que convivían bajo el mismo techo, cada uno demasiado sumergido en su propia vida como para preocuparse por la del otro.
Durante los últimos meses, el divorcio también había cruzado por su mente, pero se había negado a aceptarlo.
Para un hombre como él, acostumbrado a conseguir todo lo que se proponía, admitir que había sido incapaz de hacer funcionar su propio matrimonio resultaba difícil de aceptar.
Un golpe insistente lo sacó de sus pensamientos.
Al principio, simplemente ignoró el sonido, esperando que quien estuviera afuera terminara por marcharse y lo dejara en paz.
Miró hacia la ventana de su oficina y comprobó que afuera había comenzado a caer una lluvia torrencial.
Una nueva serie de golpes volvió a resonar, esta vez con más insistencia.
Soltó un sonido de molestia y se puso de pie.
Había ido a su casa en la playa esperando despejar la mente o, quizá, huyendo del lugar que había compartido con su esposa durante los últimos dos años. De los recuerdos que permanecían en cada rincón.
Al parecer, no se había alejado lo suficiente para que lo dejaran tranquilo.
La casa estaba parcialmente a oscuras, pero no se molestó en encender las luces. Aún podía ver lo suficiente para avanzar.
Un relámpago iluminó el lugar justo cuando estaba a punto de llegar a la puerta.
Tomó el pomo, lo giró y abrió de un tirón.
Otro trueno retumbó a lo lejos.
Olivia dio un pequeño brinco y un grito se quedó atrapado en su garganta cuando la puerta se abrió de repente. Frente a ella se mostraba una figura oscura. Por el tamaño y la complexión, dedujo que era un hombre. Pero era todo lo que podía distinguir por el momento.
—Hola… —dijo, con la voz temblorosa por el frío.
El hombre no respondió. Tan solo se quedó allí, mirándola.
Aquello solo consiguió ponerla más nerviosa.
De repente, correr hasta su casa bajo aquella lluvia ya no parecía tan mala idea.
«¿Y si era un asesino en serie?»
Podía imaginarse las noticias sobre su desaparición.
Encontrarían su cadáver flotando en el mar en unas semanas.
—¿Necesitas algo? —preguntó finalmente el hombre, con voz irritada.
Olivia apenas logró contener el bufido que amenazaba con escapársele, parte de su miedo evaporándose. Varias respuestas sarcásticas se le vinieron a la mente, pero no dejó escapar ninguna.
—Estaba caminando por la playa cuando comenzó la lluvia —explicó—. Mi casa está bastante lejos de aquí y no creo que pueda llegar hasta allí con esta lluvia.
Esperaba que él la invitara a refugiarse, pero el hombre permaneció inamovible, casi como un muro de concreto.
—Lamento la molestia, pero ¿podrías darme asilo solo hasta que esto pase? Soy Olivia, por cierto —se presentó, estirando la mano—. ¿Dónde están mis modales? Ni siquiera sabes mi nombre y quiero que me dejes entrar en tu casa. Podría ser una ladrona. Aunque no creo que pudiera encontrar la forma de reducirte.
Estaba hablando sin parar. Ya estaba demasiado nerviosa.
El hombre no tomó su mano, tampoco le dio su nombre. Solo soltó un suspiro y se hizo a un lado.
—Entra.
—Gracias, muchas gracias —dijo, apresurándose a entrar en la casa antes de que él se arrepintiera—. ¿No hay luz? —preguntó, deteniéndose apenas unos pasos más adelante.
El hombre pasó junto a ella y se acercó a la pared. Se escuchó el sonido de un interruptor y, un instante después, la sala quedó iluminada por una luz amarilla.
Olivia entrecerró los ojos durante unos segundos mientras se acostumbraba a la luz. Luego observó el lugar, aunque apenas unos segundos, porque incluso lejos de la lluvia y el viento podía sentir el frío calándole la piel.
Se aclaró la garganta y miró al hombre.
El aire escapó de sus pulmones.
