Capítulo 2 Un hombre silencioso

Si había pensado que el hombre era intimidante antes, ahora lo pensaba aún más. Sus ojos eran fríos, la nariz afilada y la mandíbula marcada bajo una expresión severa que no hacía nada por suavizar sus facciones. Sin embargo, había algo en aquella dureza que lo hacía peligrosamente atractivo, una combinación que debería haberla hecho apartar la mirada y que, por alguna razón, conseguía exactamente lo contrario.

Un suave rastro de arrugas junto a sus ojos delataba que no era joven. Debía rondar los cuarenta, aunque resultaba difícil precisar su edad.

—¿Podrías prestarme algo que usar? —preguntó, saliendo de su letargo—. No quiero mojar el suelo y tampoco quiero coger un resfriado.

El hombre bajó la mirada por su cuerpo y ella hizo lo mismo. Su camiseta blanca se había vuelto transparente y dejaba ver la parte superior de su bikini negro.

—Vuelvo en un momento.

El hombre se dio la vuelta y comenzó a alejarse.

—Espera —dijo ella—. Aún no me has dicho tu nombre.

—Nero —respondió sin dejar de alejarse.

—¡Mucho gusto! —gritó al verlo desaparecer en la segunda planta—. Nero —susurró.

Incluso su nombre era demasiado imponente.

Se dio la vuelta y observó con más detenimiento la sala. Era elegante, pero tenía algunos toques delicados, como los cojines de colores sobre el sillón o el cuadro colgado en una de las paredes. No era una pintura abstracta, sino la imagen de una puesta de sol. Nada de aquello parecía encajar con el hombre que acababa de darle refugio.

—Ughhh, qué frío —se quejó cuando su cuerpo comenzó a temblar.

Giró la cabeza al escuchar unos pasos. Poco después, Nero apareció en lo alto de la escalera y comenzó a bajar.

Se acercó a ella con una muda de ropa doblada entre las manos y se la entregó.

—Gracias —dijo con una sonrisa que no encontró ningún tipo de respuesta—. ¿Dónde está el baño?

—Por el corredor. La primera puerta a la derecha.

Asintió y se alejó en esa dirección.

Nero siguió la figura de la mujer hasta que desapareció de su vista y luego miró hacia una de las ventanas. La lluvia seguía cayendo torrencialmente afuera y nada parecía indicar que fuera a terminar pronto.

Hizo una mueca.

Lo último que necesitaba era que una desconocida se quedara a pasar la noche en su casa. En especial una que parecía hablar hasta por los codos. Lo único que quería era un poco de silencio.

Se acercó a la chimenea y empezó a encenderla. Aunque el termostato estaba encendido, había visto a Olivia temblar.

Cuando estaba terminando, escuchó unos pasos suaves detrás de él, pero continuó con la mirada fija en la chimenea.

—Ummm… No quiero seguir molestándote, pero ¿tendrás algo de comer?

Cerró los ojos un instante.

Iba a ser una larga noche.

Se dio la vuelta y asintió, mientras observaba a Olivia con más atención de la que debería. Le había prestado una de sus camisetas y unas bermudas de playa. Aunque ella no era tan pequeña, la ropa todavía le quedaba grande y hacía que pareciera una niña.

Aunque definitivamente no lo era.

La camiseta le caía holgada sobre el cuerpo, pero no lo suficiente para ocultar por completo sus curvas. Nero dejó que su mirada descendiera un instante hacia sus piernas antes de apartarla.

Probablemente tendría unos veinte años o algunos más. Aun así, seguía siendo demasiado joven en comparación con él.

—Prepararé unos sándwiches —dijo, apartando la mirada.

—¿Quieres que te ayude?

—No. Siéntate frente al fuego. Estás azul.

Empezó a dirigirse hacia la cocina.

—Y no toques nada —añadió antes de desaparecer.

Se apresuró a preparar los sándwiches y sirvió jugo de naranja en un par de vasos. Luego regresó a la sala con todo en una bandeja.

Encontró a Olivia sobre la alfombra, sentada cerca de la chimenea mientras abrazaba sus piernas, con una mejilla apoyada sobre las rodillas y la mirada perdida en el fuego. Tenía una expresión tan pacífica que llegó a sentir envidia.

—Aquí tienes —dijo, dejando las cosas sobre la mesa de centro.

Tomó su plato y se sentó en el sofá.

—¿Por qué no te sientas aquí? Hace un calor agradable cerca del fuego.

—Estoy bien aquí —respondió con brusquedad.

—Oh… Ok.

Ella se quedó en silencio durante exactamente el tiempo que le tomó darle una mordida a su sándwich y tragar.

—Esto está delicioso. En serio, me estaba muriendo de hambre —dijo antes de darle otro bocado—. ¿Esta es tu casa o la de algún amigo?

—Mi casa.

—Es muy linda. Mis padres tienen una casa de playa a unos kilómetros de aquí. Aunque ahora estoy yo sola. Me tomé una semana libre.

Entre bocado y bocado, Olivia comenzó a contarle cómo había acabado en aquella zona de la playa, atrapada en medio de una tormenta. Nero no necesitó hacerle ninguna pregunta. Ella misma se encargaba de hacérselas y enseguida responderlas.

Era demasiado parlanchina.

—¿Tienes algo más fuerte que esto? —preguntó al terminar su monólogo, alzando su vaso de jugo casi vacío.

—¿Tienes edad suficiente para beber?

—Por supuesto que sí. Te mostraría mi documento de identificación, pero no traje nada conmigo.

Nero se puso de pie y se acercó para pedirle su plato.

—Yo puedo limpiar —se ofreció ella, haciendo el amago de levantarse.

—No es necesario.

Recogió todo y volvió a la cocina.

Miró una de las gavetas de la alacena, considerando cuán buena idea era sacar una botella de vino. No tenía ninguna razón para hacerlo. Ni siquiera sabía por qué se lo estaba planteando. Sin embargo, antes de poder convencerse de lo contrario, abrió la gaveta y buscó un par de copas.

—¡Genial! Esto se pone mucho mejor —dijo Olivia al verlo aparecer con la botella de vino—. Es casi como una pijamada.

Ella tembló cuando sonó un trueno.

—No me gustan mucho las tormentas.

Nero dejó las copas sobre la mesa de centro y abrió el vino. Sirvió ambas copas y le entregó una a Olivia.

—¿Qué haces? —preguntó ella cuando él se dio la vuelta para ir a sentarse al sofá—. Siéntate aquí.

Olivia palmeó el espacio en el suelo junto a ella.

—Es más cómodo.

Nero dudó un momento antes de hacer lo que ella quería.

Seguía sin quererla allí y también quería que dejara de hablar, pero tenerla allí se sentía… extrañamente bien.

Ayudaba a que no se perdiera en un torrente de pensamientos.

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