Capítulo 5 Una fotografía

Olivia despertó con la luz del sol golpeándole el rostro. Abrió los ojos y parpadeó varias veces para acostumbrarse al brillo. Lo primero que vio fueron unas cortinas blancas y, más allá de las ventanas, el cielo celeste. Al parecer, sería un día precioso. No podía creer que solo le quedaran un par de días más en aquel paraíso.

Frunció el ceño al reparar en un pequeño detalle: aquellas no eran sus cortinas.

Miró alrededor.

Y definitivamente aquella no era su habitación.

Solo tardó un segundo en recordar lo sucedido el día anterior.

Se incorporó de golpe y una mueca de dolor cruzó su rostro al sentir una molestia entre las piernas y también en otras partes del cuerpo. Pese a ello, pronto se encontró sonriendo.

Estar con Nero se había sentido diferente a todo lo que había experimentado en el pasado.

Observó con mayor detenimiento el lugar. Él la había llevado hasta aquella habitación después de que su encuentro frente a la chimenea llegara a su fin. Ella apenas había podido mantener los ojos abiertos mientras la llevaba en brazos y había caído rendida casi tan pronto como su cuerpo tocó el colchón, así que ni siquiera había tenido tiempo de mirar a su alrededor.

Al igual que la sala, la habitación tenía algunos detalles que le daban color, aunque todavía le costaba vincularlos con el hombre que vivía allí.

—Y, por cierto, ¿dónde se habrá metido?

Estiró una mano para tocar el lado vacío junto al suyo. Estaba frío, prueba de que llevaba un rato fuera.

Aunque el sol ya había salido, dudaba que fuera demasiado tarde. Después de haber tenido sexo otra vez durante la madrugada, le sorprendía que hubiera tenido energías para levantarse tan temprano.

Contuvo la respiración y se quedó quieta, intentando escuchar cualquier ruido.

Nada.

No sabía qué significaba lo que habían compartido. Tal vez no había sido más que una aventura de una sola noche, lo cual sería una verdadera lástima porque le gustaría explorar algo más con él, pese a la evidente diferencia de edades. Pero, si él no buscaba nada serio, tampoco tenían por qué hacer las cosas extrañas. Podían despedirse con un beso en la mejilla y continuar con sus vidas.

La idea le disgustó.

Entró en el baño y soltó una carcajada al ver su reflejo en el espejo.

Su cabello estaba hecho un desastre. Tenía marcas en el cuello y en algunas otras partes del cuerpo, y sus labios estaban ligeramente hinchados. Se veía como si hubiera tenido una noche increíble.

Sonrió para sí misma antes de meterse en la ducha.

Se dio un baño rápido. El agua tibia ayudó a disminuir el dolor. Luego se envolvió en una toalla y salió al pasillo para bajar hasta el baño de la primera planta, donde había dejado su ropa.

—Nero —llamó al terminar de bajar los escalones.

Esperó unos segundos, pero no recibió respuesta alguna.

Todavía no entró en pánico.

Aquella era la casa de Nero, después de todo. Si hubiera querido deshacerse de ella, se lo habría dicho directamente. ¿Verdad? Parecía demasiado directo para salir a hurtadillas y, mucho menos, de su propia casa.

Se dirigió al baño y tomó su ropa de donde la había dejado tendida. Estaba seca, así que pudo vestirse sin problemas. Ya se cambiaría de nuevo al llegar a su casa.

Regresó al corredor y se dirigió hasta la puerta principal. Salió un momento al exterior y echó la cabeza hacia atrás mientras dejaba que el aroma del mar la envolviera. El sonido de las olas llegaba desde la distancia, suave y relajante.

—Ni siquiera parece que el cielo desató su furia apenas ayer —comentó, divertida—. Aunque no resultó tan mal —bromeó.

Abrió los ojos y miró hacia la distancia.

La playa estaba completamente en silencio.

Se debatió durante unos instantes entre marcharse o esperar un poco más. Al final, ganó lo segundo. Todavía no había perdido las esperanzas de ver a Nero una vez más e incluso, tal vez, invitarlo a tomar algo.

No quería rendirse tan rápido.

Regresó a la casa y se detuvo en mitad de la sala. Miró hacia ambos lados.

Quería saber más sobre el hombre que vivía allí y, de alguna manera, aquella casa parecía una buena forma de entenderlo mejor. Los pequeños detalles siempre podían darle pistas sobre todo tipo de cosas.

Dio un paso hacia delante, pero se detuvo. ¿Y si esperaba a Nero sentada en el sillón? Nero podía tomarse su exploración como una invasión a su privacidad.

Resistió apenas unos segundos.

—Solo echaré un vistazo —se dijo, intentando convencerse.

Primero fue a la cocina. Abrió algunos cajones y curioseó sin encontrar nada especialmente interesante. Antes de salir, tomó una manzana de la refrigeradora y continuó con su recorrido.

La siguiente puerta daba a una especie de pequeño almacén. La que seguía conducía a una oficina.

Olivia entró y dio una vuelta sobre sí misma, observando el lugar.

—Esto sí se parece más a algo de Nero.

Sobrio. Quizá demasiado.

Se acercó al librero y pasó los dedos por los lomos de los libros mientras leía sus títulos. Había algunos libros de negocios, otros sobre vinos y algunas novelas de misterio.

Entonces llegó a un pequeño espacio. En lugar de libros, allí había una fotografía en un marco.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. En la imagen estaba Nero. Llevaba un traje negro y un pañuelo amarillo en el bolsillo del pecho. Se veía demasiado bien, pero Olivia apenas reparó en él.

Toda su atención estaba puesta en la mujer que lo sujetaba del brazo. Era rubia, muy hermosa. Sonreía a la cámara y llevaba un vestido de novia.

No.

Observó la fotografía con detenimiento, como si al hacerlo pudiera descubrir que había interpretado mal lo que estaba viendo. Pero no había ninguna duda.

Sintió que el estómago se le revolvía.

Nero estaba casado.

Y ella se había acostado con él.

Se había acostado con un hombre casado.

El peso de la culpa se instaló sobre sus hombros. De haber sabido aquello, nunca se habría acostado con él.

La emoción con la que había despertado se esfumó por completo, reemplazada por una sensación de asco.

—Necesito salir de aquí —susurró mientras daba un paso hacia atrás.

Nero podía volver en cualquier momento y ella no quería ni verle la cara a aquel sinvergüenza.

Soltó un bufido.

—Si es que vuelve.

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