Capítulo 6 Un nuevo proyecto

El sonido de la música salía de todos los parlantes, envolviendo a Olivia. Corrió hacia un extremo del salón de baile y ejecutó un grand jeté. Al caer, balanceó un brazo y luego el otro, enlazó un par de pirouettes y terminó en un croisé devant, justo cuando la música llegaba a su fin.

Soltó un suspiro y una sonrisa se dibujó en su rostro. Respiraba con dificultad y tenía la piel ligeramente húmeda por el sudor.

Se tomó unos instantes para recuperar el aliento antes de dirigirse al mueble donde estaban las toallas. Tomó una y se la colocó alrededor del cuello, mientras se secaba el leve sudor del rostro con uno de los extremos. Después, tomó una botella de agua del minibar y bebió varios tragos.

Le dolían los pies… en realidad, le dolía todo el cuerpo. Había estado de viaje y, antes de eso, demasiado ocupada para encontrar tiempo para bailar. Llevaba casi un mes sin hacerlo, y ahora su cuerpo resentía cada movimiento. Sin embargo, incluso con el cansancio y las molestias, seguía disfrutándolo.

Después de ducharse y cambiarse, se dirigió al comedor. Sus padres ya estaban allí, envueltos, como siempre, en su propia burbuja.

Eran demasiado tiernos. Su padre parecía creer que el sol salía simplemente porque su madre existía, y nadie iba a convencerlo de lo contrario.

Cada vez le resultaba más difícil creer que algún día pudiera encontrar algo parecido a lo que ellos tenían, pero todavía no se había rendido. Ni siquiera después del último idiota con el que había salido.

Se detuvo en el umbral y los observó durante unos segundos. Su madre soltó una carcajada por algo que dijo su padre, y él se inclinó para besarla. Cuando el beso comenzó a subir de tono, Olivia decidió que ya era hora de hacer notar su presencia.

—¡Oh! ¡Mis pobres ojos! Si algún día necesito terapia, será vuestra responsabilidad.

—Con gusto pagaré al psicólogo —respondió su padre con una sonrisa—. Hola, cariño. Te levantaste temprano. ¿Vienes de la sala de baile?

—Así es. Me hacía falta un poco de ejercicio.

Había aprendido a bailar ballet cuando apenas tenía cinco años, después de ver a una de sus primas practicarlo.

Para su décimo cumpleaños, su padre había mandado acondicionar una de las áreas de la casa para convertirla en un salón de ballet. Desde entonces, acudía allí al menos un par de veces al mes, siempre que su agenda se lo permitiera.

—Papá —dijo, acercándose para darle un beso en la mejilla.

—Mi pequeña.

Sonrió y se inclinó para saludar a su madre. Se abrazaron durante un largo momento antes de que fuera a ocupar uno de los asientos libres.

—¿Estás lista para volver al trabajo? —preguntó su padre.

—Estoy más que emocionada. Ernesto me llamó anoche. Al parecer, tenemos un cliente potencial que quiere que alguien evalúe su colección de bienes para determinar su autenticidad y antigüedad.

Olivia era especialista en autentificación de obras de arte. Trabajaba en una de las firmas más importantes especializadas en arte, antigüedades y patrimonio privado del país, aunque también realizaba consultorías privadas de vez en cuando para el museo nacional y otras organizaciones.

Aquel trabajo mantenía su mente inquieta lo suficientemente ocupada la mayor parte del tiempo.

—¡Buenos días! —saludó su hermano menor, Giulio, entrando en la sala—. Pero miren quién está de regreso.

Su hermano se acercó a ella. La levantó de su asiento en un fuerte abrazo antes de plantarle un sonoro beso en la mejilla.

—Deja de llenarme de baba... y vas a romperme los huesos.

—Tú me rompiste uno mientras crecíamos, así que sería lo más justo.

—Te caíste mientras corrías. ¿Cómo eso me hace responsable?

—¿Así que olvidaste convenientemente la parte en la que te perseguía porque acababas de robarme mi juguete favorito?

—Era un préstamo.

—Nunca me…

—Es muy temprano para que comiencen a discutir —intervino su madre.

Después de saludar a sus padres, Giulio volvió su atención hacia ella.

—¿Cómo estuvieron tus vacaciones?

—Bastante divertidas, de hecho. Hice turismo por algunos museos y tiendas de antigüedades de la ciudad. Si supieras todas las historias que esconden… Había un amuleto que, según dicen, termina tarde o temprano en una tienda porque sus dueños mueren continuamente.

Durante los siguientes minutos, les contó cómo había seguido el rastro del amuleto para descubrir si realmente había algo de verdad en aquella historia.

—Dime que no lo compraste —intervino su madre.

—Lo consideré, pero sé que no habrías dormido en paz.

Su madre pareció aliviada.

—Cariño, se supone que debías tomarte unas vacaciones —dijo su padre.

—Y así fue.

Su padre esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza antes de cambiar de tema. Terminaron de desayunar en un ambiente relajado, hablando de todo un poco.

—Bueno, es hora de que me vaya o llegaré tarde al trabajo —anunció Olivia mientras se ponía de pie.

Su hermano también se levantó y se ofreció a llevarla, algo que ella aceptó encantada. No era fanática de conducir, quizá porque había estado a punto de chocar más de una vez cuando recién obtuvo su licencia, así que ahora rara vez lo hacía.

—Vamos, detective —dijo Giulio, dirigiéndose hacia la puerta.

Olivia rodó los ojos ante el apodo.

Media hora más tarde, entró en el edificio donde trabajaba. Apenas había terminado de dejar su bolso en el escritorio cuando su jefe apareció en la puerta de su oficina.

—Espero que hayas disfrutado de tus vacaciones, porque te espera mucho trabajo. Aunque todavía no sabemos exactamente cuántas piezas tiene nuestro nuevo cliente, pero por lo que me adelantaron, la colección es bastante extensa.

—Estaba por ir a tu oficina. Lo hice y, además, te traje esto.

Rodeó el escritorio y se acercó a él. Después de abrazarlo, le entregó el regalo que había comprado durante su viaje.

—Muchas gracias.

Ernesto abrió la bolsa y sonrió al ver el contenido.

—Siempre sabes qué comprar. —Él cerró la bolsa y volvió a mirarla—. El cliente espera vernos al mediodía, así que saldremos de aquí una hora antes. Vive bastante lejos.

—¿Irás conmigo?

No era habitual que su jefe la acompañara a las reuniones con potenciales clientes. Por lo general, Olivia acudía con alguno de sus compañeros, dependiendo del tipo de colección que debían evaluar.

—Es un cliente importante. Quiero asegurarme de que sepa que le damos a su colección la importancia que corresponde. Además, antes de aceptar un trabajo de esta magnitud, prefiero conocer personalmente las condiciones.

Olivia asintió.

—Nos vemos luego.

Ernesto se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.

Olivia aprovechó el tiempo para abrir las ventanas de su oficina y revisar el correo.

A la hora acordada, fue a buscar a su jefe.

La casa del cliente estaba en las afueras de la ciudad, lejos del ruido del tráfico y rodeada de kilómetros de campo. Cuando el automóvil finalmente se detuvo frente a la propiedad, Olivia apenas pudo contener su sorpresa.

—Oh, por Dios… —murmuró, observando la enorme mansión.

La construcción conservaba el estilo de otra época, con una fachada imponente, grandes ventanales y preciosos detalles arquitectónicos.

Esperaba que el cliente se decidiera a trabajar con ellos.

Definitivamente, iba a disfrutar cada minuto que pasara allí.

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