Capítulo 7 Una sorpresa

Nero salió de su oficina con su asistente siguiéndole los pasos.

—Acabo de hablar con la compañía de transporte —dijo Gabriele—. Me confirmaron que el pedido llegará en la fecha acordada.

Nero se sintió más tranquilo al saberlo. Había habido una huelga en una de las ciudades a las que habían enviado su último lote de vinos y le preocupaba que aquello terminara afectando los plazos de entrega. Él nunca aceptaba excusas y tampoco le gustaba tener que darlas.

—Necesito que contactes al supervisor de los viñedos y concertes una reunión virtual para mañana a primera hora.

—Sí, señor.

—Llámame si surge alguna emergencia.

Estuvo tentado de decirle que lo llamara incluso si no se trataba de una emergencia. Tenía una reunión con el personal de una empresa especializada en la gestión y valoración de patrimonio privado, y todavía no entendía por qué su padre no dejaba que su asistente se encargara de aquello.

Nero tenía demasiadas cosas de las que ocuparse como para hacer espacio en su agenda para una tarea que, en su opinión, alguien más podía manejar.

Y, para empeorar las cosas, su padre también estaría presente. Probablemente no desaprovecharía la oportunidad de acosarlo con el mismo tema de siempre.

—Lo haré, señor.

Entró en el ascensor tan pronto como las puertas se abrieron y sacó el celular para revisar su correo.

Levantó brevemente la mirada cuando el ascensor emitió el sonido que anunciaba su llegada. Salió con los ojos todavía puestos en la pantalla, avanzando casi en automático, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor.

Su coche ya lo esperaba frente al edificio, al igual que su cuñada.

—Rosella —saludó con una breve sonrisa.

Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué haces aquí? ¿Necesitas algo?

Ella soltó una carcajada.

—Cualquiera creería que solo vengo a verte cuando necesito algo. Todo está bien.

Nero se relajó.

—Estoy aquí para ayudarte. Dijiste que te encontrarías con tu padre para almorzar y pensé que podría acompañarlos. Ya sabes, dirigir toda la atención hacia mí para que él se olvide de… ya sabes.

—No era necesario. ¿Qué hay de tu trabajo?

—Las ventajas de ser trabajadora independiente. Puedo disponer de mi tiempo como quiera, a diferencia de ti, que no haces más que trabajar —se burló—. Y, si ya terminaste con el interrogatorio, ¿qué te parece si subimos al auto? A tu padre no le gusta que lo hagan esperar.

Nero asintió y le abrió la puerta trasera. Subió junto a ella inmediatamente.

—A la casa de mi padre —le indicó al conductor.

—Sí, señor.

Durante el viaje, Rosella se encargó de llenar el silencio mientras él fingía prestarle atención. No era su intención ser descortés, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza en ese momento. Era como si, cada vez que resolvía un asunto, apareciera otro para ocupar su lugar.

Después de los problemas que había tenido aquella mañana, lo último que necesitaba era lidiar con su padre y escuchar, una vez más, el mismo discurso sobre el matrimonio y los herederos.

Cualquiera pensaría que, después de cuatro matrimonios fallidos, su padre habría terminado por odiar la idea del matrimonio. Sin embargo, a Nero no le sorprendería descubrir que ya estaba buscando a su quinta esposa. Al menos se aseguraba de hacer firmar contratos prenupciales; de lo contrario, hacía mucho tiempo que lo habría perdido todo.

—¿Nero?

Salió de sus pensamientos y miró a Rosella.

—¿Qué sucede?

—Definitivamente no estás escuchando nada de lo que te digo —se quejó ella.

La mirada en sus ojos lo hizo sentir culpable.

—Lo lamento. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

—Necesitas relajarte un poco. ¿Qué te parece si hacemos un viaje? Me gustaría ir a esquiar y creo que unos días de frío podrían venirte bien.

—Hablaré con mi asistente para que haga todas las coordinaciones.

Una sonrisa se extendió por el rostro de Rosella y sus ojos comenzaron a brillar con evidente entusiasmo.

—Dile cuándo quieres viajar y ella se encargará de todo.

La expresión de su cuñada vaciló.

—Depende de cuándo tengas tiempo.

Nero sacudió la cabeza.

—Yo no puedo ir. Tengo demasiado trabajo para marcharme ahora.

Rosella soltó un suspiro y volvió la mirada hacia la ventana.

—Por supuesto que sí —murmuró.

El silencio que llenó el automóvil se volvió tenso, y Nero supo que, en lugar de mejorar las cosas, solo las había empeorado.

—Hablaré con mi asistente y veré si puedo encontrar un espacio en mi agenda —dijo cuando ya estaban cerca de la casa de su padre.

—¿En serio? —preguntó Rosella, mirándolo.

—Sí.

—Gracias.

El automóvil atravesó las rejas de la mansión familiar y, unos segundos más tarde, se detuvo frente a la enorme residencia.

Nero bajó primero y sostuvo la puerta para Rosella. En cuanto ella descendió, ambos se dirigieron hacia la casa. No habían avanzado mucho cuando ella se detuvo abruptamente.

—Casi lo olvido. Adelántate, te alcanzo en un minuto.

Nero asintió y continuó caminando. Sacó su llave, abrió la puerta y la dejó entreabierta para Rosella.

—Señor —lo saludó Irene, el ama de llaves de su padre y, probablemente, la única mujer que había permanecido de manera constante en su vida.

—Irene.

—Su padre lo espera en la terraza con los invitados. Pidió que se uniera a ellos.

—Gracias. Por favor, dile a Rosella dónde estamos.

—Por supuesto, señor.

Nero siguió por el corredor hasta la terraza. En cuanto salió al exterior, vio a su padre sentado a la mesa junto a otras dos personas.

Ambas estaban de espaldas a él. Desde aquella distancia, solo pudo distinguir que se trataba de un hombre y una mujer.

—Buenas tardes —saludó mientras se acercaba.

Olivia levantó la mirada con una sonrisa. Massimiliano acababa de decir algo que había conseguido hacerla reír.

La sonrisa desapareció de sus labios en cuanto reconoció al hombre que se acercaba a la mesa.

Nero.

Por un instante, se quedó completamente inmóvil.

A su lado las cosas continuaron, Massimiliano decía algo, pero no fue hasta el final que lo escuchó.

—... él es mi hijo, Nero Boscolo.

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