Capítulo 1 Una noche Inesperada

Tras seis interminables meses contando los días, el corazón de Anna Páez late con la dulce urgencia del amor verdadero. A sus veintidós años, vestida con la ilusión encendida de quien está a solo una semana de llegar al altar, espera el instante de perderse en los brazos de su prometido.

Él ha tenido que salir fuera del país para cerrar un negocio millonario y así asegurar el porvenir de ambos. La distancia no enfría la llama; al contrario, aviva el fuego de aquella promesa murmurada en el último abrazo: un reencuentro secreto, apasionado y definitivo, donde por fin le entregará todo de sí.

Anna observa su reflejo en el espejo mientras ajusta los pliegues de su vestido. La piel se le eriza a ratos; la invade una mezcla de nervios e inocencia al recordar que esta noche dará ese paso irreversible. No se va a arrepentir, ya que todo está listo para la boda, sin más demoras ni excusas.

El zumbido del teléfono sobre la peinadora la hace dar un brinco. Una notificación ilumina la pantalla:

Mi amor: «Nena, surgió un imprevisto con el vuelo y no podré pasar por ti. Ve adelantándote al hotel, reservé la suite presidencial 1520. Nos vemos allá en una hora, ¿sí?»

Anna frunce el ceño. Un leve frío le recorre la espalda mientras aprieta el teléfono entre las manos sudorosas.

Tú: «Amor, me da muchísima vergüenza entrar sola a un lugar así... ¿Y si alguien familiar me ve? ¿Seguro que no puedes venir a buscarme?»

La respuesta llega casi al instante, cargada de una urgencia fría y manipuladora que intenta disfrazarse de pasión

Mi amor: «Eso no va a pasar. Al llegar a la recepción solo pide la tarjeta de la habitación 1520, es la suite presidencial. Ya está todo a mi nombre. Te espero con ansias... no me hagas esperar, nena.»

Anna contiene el aliento. Acomoda el bolso sobre su hombro, toma aire frente al espejo y responde con los dedos temblorosos:

Tú: «Confío en ti, mi vida. Por fin vamos a estar juntos.»

Volver a verlo es lo único que ocupa sus pensamientos. Está profundamente enamorada y, tras medio año de ansiosa espera, esa noche se siente lista para entregarse sin reservas.

Su fe en él es ciega, absoluta. No existe la menor sombra de duda en su interior: está convencida de que nada ni nadie podrá separarlos jamás, y mucho menos después de un encuentro tan íntimo.

Durante meses de llamadas a medianoche, han detallado cada segundo de esta velada. Han soñado con una atmósfera calida, envuelta en el aroma a jazmín y con el susurro del viento filtrándose suavemente por el ventanal. Quiere que su primera vez sea sencillamente perfecta.

Con el pulso desbocado, Anna cruza el lujoso vestíbulo del hotel intentando pasar inadvertida. Aunque es una mujer adulta y falta apenas una semana para su boda, la sola idea de ser vista en un lugar como ese le da mucha vergüenza; un malentendido podría empañar la reputación que siempre se ha esmerado en cuidar.

En la recepción, solicita la llave con voz vacilante y contrasta el número con la pantalla de su teléfono. No hay margen de error: Habitación 1520, a nombre de Tyler Maya.

Anna respira aliviada y se apresura hacia el ascensor.

Al deslizar la tarjeta y empujar la puerta, la oscura habitación la recibe de golpe. Apenas da un paso en la oscuridad, sin tiempo siquiera para buscar el interruptor de la luz o soltar el bolso, un brazo firme y dominante la atrapa por la cintura, pegando su cuerpo al suyo con una urgencia casi salvaje.

«Tyler... sí que estás impaciente», piensa Anna con una sonrisa que se pierde en la sombra, incapaz de articular palabra antes de que unos labios hambrientos devoren los suyos.

El encuentro se transforma de inmediato en un torbellino de fuego y desesperación. Entre los besos sofocantes y las caricias firmes que recorren su piel, un detalle fugaz intenta abrirse paso en la mente de Anna: el perfume de aquel hombre. No es la fragancia suave que él suele usar, sino un aroma profundo, amaderado, impregnado de un magnetismo oscuro y desconocido.

Sin embargo, la intensidad del abrazo y el calor sofocante del momento le nublan la razón. Embriagada por la emoción y el deseo contenido durante meses, apaga cualquier rastro de duda y simplemente se deja llevar hacia el abismo.

Esa ola de pasión abrumadora borra de un plumazo los meses de cuidadosa planificación. Nada de velas ni aromas a jazmín; lo que está viviendo es una tormenta indómita.

A pesar de llevar dos años de noviazgo, jamás lo ha sentido tan descontrolado, tan urgente. Pero la calidez de aquel cuerpo firme aplaca sus dudas, respondiendo a cada roce con un fuego que la consume por completo.

Saciado el deseo reprimido durante meses, el agotamiento los vence. Anna cae en un sueño profundo, acurrucada con la cabeza sobre el pecho del hombre, mientras él la mantiene sujeta con fuerza entre sus brazos.

A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz se cuelan por el ventanal. Anna despierta con una punzada de dolor recorriéndole el cuerpo, pero con una leve sonrisa en los labios.

Su prometido no ha tenido la delicadeza que ella imaginaba para su primera vez, pero la intensidad salvaje de la noche la mantiene flotando en una especie de trance.

Aún con los ojos entreabiertos, se gira con lentitud para envolver a su novio en un abrazo. Sin embargo, al rozar su brazo, algo la hace frenar en seco. La piel bajo sus dedos es deslumbrantemente clara, casi de porcelana.

«No puede ser... Tyler no es así de blanco. ¿Con quién estoy?», piensa, mientras un helado escalofrío le recorre la columna de arriba abajo.

Subiendo la mirada con el corazón desbocado, observa el rostro que descansa sobre la almohada.

Definitivamente, no es el de su prometido.

El pánico la invade de golpe; da un brinco fuera de la cama y se enreda de prisa en la sábana blanca, mientras el aire se le escapa de los pulmones.

—¿Quién es usted? —grita con la voz quebrada por el terror—. ¿Qué le hizo a mi novio?

El hombre se remueve despacio sobre el colchón. Pasa una mano perezosa por los ojos, suelta un largo bostezo y la mira de frente. Su expresión proyecta una frialdad ejecutiva y calculadora que le eriza la piel por completo.

—¿De qué demonios habla? Aquí pasamos la noche solo tú y yo —murmura, incorporándose con lentitud sin la menor vergüenza de su desnudez—. Por cierto... una pérdida de tiempo. Esperaba a alguien con experiencia, no a una mujer jugando a fingir castidad.

Las palabras caen sobre Anna como un jarro de agua helada.

—¿Cómo que no era lo que esperaba? —articula apenas, mientras las lágrimas se le acumulan en los ojos.

La mente le da vueltas a mil por hora. «¿Este hombre esperaba a otra mujer y fui yo quien cayó en la trampa?», piensa todavía aturdida. «¿Qué fue lo que salió mal?».

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