Capítulo 2 No es lo que esperaba
El hombre la mira con desdén.
—-No quieras engañarme, he visto muchas como tu.
—¡La única engañada aquí soy yo! —exclama en medio de un llanto desgarrador—. ¡En esta cama debía estar mi prometido! ¿¡Quién es usted y qué está pasando aquí!?
—Deja el drama. Bien que disfrutas cada segundo y, debo admitirlo, finges tu virginidad de maravilla. Solo por esa actuación te voy a dar un extra sobre lo acordado —dice el hombre, poniéndose de pie con total normalidad y sin una sola prenda encima.
—¿Puede... puede vestirse, por favor? —logra formular Anna, desviando la cara con el rostro ardiendo en llamas.
A pesar de la vergüenza y del pánico, sus ojos no pueden evitar observar la figura frente a ella. Posee un cuerpo esculpido con una precisión casi irreal, de abdomen marcado y hombros anchos; la anatomía de una estatua moldeada en bronce. Su propia biología la traiciona, haciendo que el pulso se le acelere contra su voluntad.
—¿Vestirme? —Él suelta una risa irónica mientras se pasa la mano por el cabello revuelto—. Pasamos la noche entera juntos, me das un servicio de ese estilo y ¿ahora te da pena verme? Tú definitivamente no estás bien de la cabeza.
Camina con paso firme hacia la silla donde reposa su pantalón, saca su teléfono y se gira hacia ella. La frialdad calculadora con la que se mueve aterroriza a Anna, dejándola completamente paralizada en una esquina de la cama, sujetando la sábana contra su pecho como único escudo.
La mente de la joven es un caos absoluto. «Se supone que esta noche era el sello de amor con el hombre que pronto será mi esposo, ¿y terminó en los brazos de un tirano desconocido?», se repite una y otra vez, mientras el terror y la confusión le sofocan el pecho.
Con los dedos temblorosos, alcanza su teléfono sobre la mesa de noche para buscar una explicación. Solo encuentra la pantalla iluminada con la última conversación de Tyler: nada nuevo. Ni un solo mensaje preguntando, ¿dónde está?
El pánico cede lugar a una amarga confusión. Anna repasa cada segundo de la noche anterior: el mensaje de Tyler, el número de habitación, la confirmación en recepción a nombre de Tyler Maya.
Las piezas no encajan y la angustia la paraliza. Se supone que cada detalle de la noche estaba calculado al milímetro, una secuencia perfecta sin margen de error. Entonces, «¿por qué despierta en la cama de este extraño? ¿Dónde demonios está su prometido?»
Un roce en el brazo la saca de golpe de su trance.
Al girarse, se topa de frente con la mirada penetrante del hombre, quien le extiende el teléfono. Como en un acto reflejo, embargada por el impacto y el shock emocional, solo se queda mirando al hombre.
—Te voy a dar un extra por tus servicios, pon tu teléfono para los datos, o mejor le digo a mi asistente —dice él, dedicándole una mirada helada y cargada de burla—. Me he topado con mujeres de toda clase, pero una que interprete la inocencia con semejante nivel de detalle... eso jamás. Eres una artista. Ahora ya te puedes ir, necesito ducharme.
Se da la vuelta con absoluta indiferencia y camina hacia el baño.
—¿Sabes qué? —exclama Anna, sintiendo cómo la rabia le quema la garganta mientras la mente le da vueltas al pensar en Tyler: “¿Por qué no responde? ¿Por qué desapareció?”—. No sé cómo termine en este lugar, pero aquí debería estar mi prometido. ¡Yo no soy una mujer de la calle para que me trates como a una mercancía, y mucho menos para que le pongas precio a mi dignidad!
—¿No lo eres? —sonríe con ironía.
—Fue un maldito error y ya —añade en un susurro, tratando de convencerse a sí misma mientras lucha por no romperse a llorar.
El hombre se detiene en seco. Al girarse, su rostro refleja una auténtica sorpresa.
—¿Por qué demonios haces eso? —pregunta, arqueando una ceja—. ¿Quieres que te dé más dinero? ¿Es eso? Tranquila, si algo me sobra es dinero. Yo te doy todo el dinero que desees, pero con una condición... —Avanza hacia ella con paso lento y depredador, acortando la distancia hasta rozarle la piel—. Quiero que pasemos un rato más juntos. ¿Qué dices?
—Yo no me vendo, señor —responde ella con firmeza, obligándose a sostenerle la mirada. A pesar de la imponente presencia de aquel sujeto, calcula que no le lleva más de dos o tres años.
—Todas las mujeres tienen un precio. Dime el tuyo. Quiero volver a disfrutar de este cuerpo —murmura él, deslizando dos dedos por el contorno de su mejilla.
Anna le aparta la mano de un manotazo seco.
—¡Ya le dije que no! —exclama, recogiendo su ropa del suelo a toda prisa para vestirse, todavía con manos temblorosas—. Y para que le quede claro: no solo no me vendo, si no que yo soy de las que paga por el servicio. Y el suyo, déjeme decirle, fue bastante deficiente. No se merece nada, pero como soy una mujer generosa... tome.
Anna mete la mano en su bolso, saca un billete y se las arroja con desprecio sobre la mesa de noche.
—Para su taxi —sentencia con la barbilla en alto.
Sin esperar una respuesta y antes de que él pueda salir del asombro, Anna termina de acomodarse el vestido, toma sus cosas y cruza la puerta, huyendo a toda prisa por el pasillo con el corazón desbocado y las lágrimas amenazando con cegarla.
«¿De verdad habrá sido una confusión? ¡Por favor, no! Todas son iguales, lo único que buscan es dinero», piensa él, soltando un resoplido de incredulidad mientras observa el billete sobre la mesa.
Sin embargo, algo en la mirada de esa mujer no encaja con el guión habitual. Con el ceño fruncido, toma su teléfono, marca un número de marcación rápida y da una orden seca:
—Quiero que la sigan. Investiga quién es y averigua exactamente ¿qué demonios pasó anoche?.
Cuelga sin esperar respuesta y camina hacia la ducha, dejando que el agua fría intente despejar la tormenta de dudas que ella acaba de sembrar.
Mientras tanto, Anna desciende por la escalera de emergencia del hotel hecha pedazos por dentro. El dolor físico no es nada comparado con la devastación que le carcome el pecho.
Las lágrimas le nublan la vista, corriendo sin control por sus mejillas. Se detiene un momento en el descanso, apoyando la espalda contra la pared para intentar sofocar los sollozos; se niega a cruzar el vestíbulo mostrando semejante espectáculo.
«¿Cómo pude equivocarme de esa forma? ¿Cómo terminé en la cama de un desconocido?», se recrimina, apretando los puños. Y entonces, el pensamiento más destructivo cruza su mente: «¿Cómo se lo voy a explicar a Tyler? Él me rogó tantas veces y siempre le pedí esperar... ¿Qué voy a hacer ahora? Dios mío, ¿qué le voy a decir?»
