Capítulo 3 Las marca de otro hombre
Al estar más tranquila, se seca el rostro, ajusta la tela de su vestido y camina hacia la salida principal, intentando mantener la cabeza en alto.
Pero al cruzar las puertas de cristal del hotel, el mundo parece detenerse de golpe. A pocos metros, una pareja avanza entre risas, entrelazada con una familiaridad hiriente.
Anna se congela en el sitio. El aire se le escapa de los pulmones y el corazón se le acelera violentamente: los rostros que tiene enfrente convierten su angustia en un shock absoluto.
Se planta frente a ellos, sintiendo cómo la rabia y el desengaño le queman el pecho hasta sofocarla. La decepción en sus ojos es tan aguda que ni siquiera intenta disimular el temblor de la voz.
El aire se vuelve denso, cargado de una tensión insoportable mientras los mira, buscando desesperadamente un rastro de culpa que jamás llega.
—Necesito que me expliquen lo que está pasando, y lo necesito ahora —exclama con una firmeza desgarradora, aunque por dentro sienta que se cae a pedazos.
Sara, su prima da un paso al frente, acomodándose un mechón de pelo con una calma ensayada. La frialdad de su postura contrasta bruscamente con la tormenta que devora a Anna.
—Prima, todo tiene una explicación. Espero que comprendas la situación... —dice Sara, mantiene una risa llena de cinismo con una falsa inocencia, midiendo cada palabra con una paciencia calculadora.
Un silencio pesado se apodera del espacio. Tyler, inmóvil a su lado, evita la mirada a Anna, manteniendo los puños cerrados dentro de los bolsillos. Su cobardía duele más que cualquier confesión.
— ¿Espero la explicación? —repite Anna, lanzando una risa amarga que se quiebra en su garganta—. ¿Qué se supone que deba comprender, Sara? ¿Que me traicionaron? ¿Están enredados mientras Tyler decía que me amaba? — sonríe con amargura, sosteniendo una lagrima que quiere salir—. o, esta es mejor, yo soy la que está mal interpretando lo que vi, es mentira que ustedes están en un hotel muy acaramelados.
El temblor de sus manos se intensifica, pero Anna se niega a dar un solo paso atrás. La máscara de perfección que sus acompañantes habían sostenido durante tanto tiempo acaba de romperse en mil pedazos, dejando al descubierto una verdad que quema.
—No quiero que intentes maquillar esto como si fuera un malentendido —continúa Anna, fijando los ojos en Tyler, obligándolo a dar la cara—. Háblame tú. Ten la valentía de mirarme y decirme cuánto tiempo llevan viéndome la cara de imbécil.
–-Prima, por favor…
—¡No me llames prima! —grita Anna, desbordada por la alteración—. Mejor explica, Sara, y no intentes maquillar lo evidente. Necesito una explicación y la quiero ya. Díganme qué hacen ustedes juntos en este hotel. Tyler, ¿por qué no llegaste a nuestro encuentro? —exige, encarando directamente a la pareja.
—Lo que deberías explicar primero es qué haces tú en este lugar a esta hora —evade él de inmediato, cruzándose de brazos para esquivar el reclamo y tapar el desliz con Sara.
Con esa respuesta evasiva, a Anna le golpea en el pecho el recuerdo de lo que acaba de vivir minutos atrás.
Las dudas y la incertidumbre la asfixian por completo: «¿Será que ellos planificaron todo esto? Pero... ¿cuál sería su objetivo?», piensa en silencio, apretando los puños mientras aguarda la verdad de boca de los amantes.
—Verás, prima... —intenta excusarse Sara, pero un grito la deja inmóvil en el acto.
—¡Ya te dije que no me llames prima! Y deja de fingir delante de Tyler, sabes perfectamente que no nos soportamos. Ahórrate esa hipocresía barata —exclama Anna, sosteniéndole la mirada con una mezcla de desprecio y ganas contenidas de estrellarle la mano en el rostro; un impulso violento que reprime de inmediato porque sabe que no vale la pena.
—Cálmate, Anna. Estamos en un lugar público y esto puede arruinar mi reputación —interviene Tyler, mirando desconfiado a su alrededor, temiendo que algún fotógrafo o curioso capte la escena.
Como heredero de un influyente imperio empresarial, Tyler Maya cuida cada paso bajo una discreción absoluta. Un solo escándalo bastaría para que los titulares destruyan la imagen de la compañía y arruinen sus planes de expansión.
—Tú eres la figura pública, no yo —ataca Anna, acortando la distancia hasta clavarle el índice directo en el pecho. Sus ojos, antes cálidos, lucen ahora aterradoramente huecos, desprovistos de cualquier rastro de afecto—. Si tanto quieres evitar un escándalo en las redes sociales, no deberías traer a tu amante al mismo hotel al que me citaste.
—¿Que yo te cité en este hotel? —está confundido por aquella afirmación.
Pero antes de que pueda procesar la acusación, Sara se interpone entre los dos de golpe.
—Todo esto es una lamentable confusión, pero casi agradezco que haya salido a la luz —interviene Sara, bajando los ojos con un dramatismo ensayado. Deja escapar un suspiro entrecortado, fingiendo que la confesión le desgarra la garganta— Los últimos meses estuve junto a Tyler en el extranjero y...
—Termina de una vez —la ataja Anna con una sonrisa ácida—. ¿Qué vas a decirme? ¿Que se aman locamente y que Tyler cancela la boda? No se molesten. Hoy mismo deshago cada preparativo. No pienso pasar el resto de mi vida al lado de un infiel —sentencia, dedicándole a su prometido una mirada de absoluto asco.
—Me alivia escucharlo, porque Tyler y yo sí nos vamos a casar —suelta Sara, dejando caer la máscara de víctima para lucir una sonrisa cruel y calculadora—. Estoy embarazada.
—¿Em... embarazada? —balbucea Anna, girándose bruscamente para encarar a Sara, aferrándose a la diminuta esperanza de que todo sea una vil mentira.
Por la prisa del movimiento, la roza apenas con el hombro, pero Sara aprovecha el leve contacto para dejarse caer al suelo de forma dramática.
—¡Me empujaste! No te importa que esté esperando un hijo —llora Sara, fingiendo una mueca de dolor mientras sostiene el vientre—. ¿O es que quieres que lo pierda? ¿Eso es lo que deseas? ¡Que pierda al bebé!
—¿Viste lo que hiciste? ¡La empujaste sin que te importe su estado! —estalla Tyler, corriendo a auxiliar a su amante.
—Ni siquiera la toqué con fuerza como para que caiga. Son puras exageraciones de ella, que ya no sabe cómo hacerse la víctima —responde Anna, observando con profundo repudio aquel espectáculo denigrante.
—Prima, sé que lo que pasó te duele, pero no desquites tu odio contra mi hijo. Él no tiene la culpa de nada —suelta Sara con tono lastimero, terminando de ponerse de pie con la ayuda de Tyler.
—¿Te das cuenta de lo que pudiste provocar? Con ese empujón casi malogras al bebé que Sara lleva dentro —reprocha Tyler, agarrando a Anna con fuerza de los hombros y sacudiéndola con violencia—. ¡Eres una mujer cruel, inconsciente e inmadura! Acepta de una vez que te voy a dejar. ¡Entiéndelo, no quiero nada contigo!
Con la brusquedad del sacudón, el vestido de Anna se desliza ligeramente, dejando al descubierto su cuello. Una marca roja, prominente y reciente, resalta con violencia sobre su piel. A leguas se nota que es la huella de una noche de intensa pasión.
