Capítulo 5 Esto no es lo planeado

Un silencio denso y cargado de incredulidad se siente dentro del salón. Nadie se atreve a moverse; la atmósfera se vuelve tan rígida que hasta el acto de respirar parece ruidoso.

Los presentes cruzan miradas descolocadas, atrapados en un limbo de sorpresa, sin saber exactamente cómo reaccionar ante la presencia del imponente desconocido.

Es Anna quien rompe el silencio, dando un paso al frente con una postura implacable que enmascara el torbellino que la quema por dentro.

—¿Qué hice?, Algo que nunca hice contigo. ¿Y sabes por qué? —pregunta, dejando escapar una sonrisa provocadora—. Porque jamás pude estar con un hombre tan mediocre como tú, Tyler. Solo jugué contigo durante estos dos años, esperando pacientemente a que apareciera un hombre de verdad... alguien con quien valiera la pena compartir mi cuerpo y disfrutar de una verdadera noche de pasión.

Las palabras salen con una arrogancia calculada y cortante. Sin dudarlo, Anna se acerca al desconocido y pasa el brazo por el suyo, pegándose a su costado para sellar la mentira con una naturalidad pasmosa.

—Anna, eres una... —estalla Tyler, fuera de sí, dando un paso amenazante con el rostro desencajado por la humillación.

—Ni se te ocurra terminar esa frase —interviene el hombre con voz grave y pausada, interponiéndose con una firmeza magnética que congela el ambiente—. A ella la respetas. Está conmigo y no voy a tolerar que un patán como tú intente ofenderla.

El desconocido le sostiene la mirada, firme, con los hombros tensos y la postura implacable de quien solo espera la menor chispa de provocación para llevar la confrontación a otro nivel. Tyler aprieta los puños, pero la imponente presencia del rival termina por acobardarlo.

—Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste de la forma más miserable —continúa el hombre, arrastrando cada palabra con desprecio—. La engañaste con esa mujer e incluso vas a tener un hijo con ella. ¿En serio creíste que Anna era tan ciega como para no darse cuenta del tipo de juego que traías?

Antes de que Tyler pueda articular respuesta, Sara se apresura a sujetarle el brazo, interviniendo con su habitual tono meloso y manipulador para sembrar la cizaña.

—Amor, déjala... Al final del día, tú te quedaste conmigo y estamos esperando un bebé —dice Sara, acariciándole el hombro sin quitarle la mirada de encima a la pareja—. Deja que sea feliz. Es evidente que se entrega al primero que se le cruza en el camino por que está  despechada. Las cosas salieron mucho mejor de lo que pensamos: la verdadera traidora resultó ser ella, así que no tienes nada que lamentar. Te quedaste con la mujer que te ama de verdad.

Sin embargo, detrás de sus palabras calculadas y de la fachada de triunfo, el estómago de Sara se retuerce de envidia.

Observa de reojo al hombre junto a Anna y la frustración la carcome por dentro;«Esto no era lo que había planeado», piensa con amargura. Ella se había encargado minuciosamente de que la noche de Anna fuera un desastre con un sujeto viejo, desagradable y repugnante.

Verla ahora al lado de un hombre tan atractivo, elegante y dominante la deja completamente desarmada y llena de rabia.

—Te vas a arrepentir de esto, Anna —escupe Tyler con la voz quebrada por un dolor punzante, mientras Sara intenta sujetarlo con fuerza del brazo.

Anna no parpadea. Mantiene la postura erguida y, girándose levemente hacia el imponente desconocido que la sostiene, cambia el tono de su voz a uno murmurado y deliberadamente seductor, buscando que cada palabra caiga como una gota de ácido sobre su exprometido.

—Amor, ya me aburrí de perder el tiempo con esta gente —dice, dedicándoles una mirada superficial de reojo—. Vámonos. Estoy agotada... no me dejaste dormir en toda la noche, aunque si quieres, podemos continuar en otro lado. Tú mandas.

Sin esperar respuesta, sujeta con mayor fuerza el brazo del hombre y ambos comienzan a alejarse con paso firme, dejando atrás el peso de la confrontación.

Tyler permanece inmóvil, mirando la escena con los ojos desorbitados por la incredulidad.

Ver a Anna marcharse con la frente en alto, entregada a los brazos de otro, le perfora el orgullo. Su mente cae en una espiral de confusión y rabia contenida hasta que la voz de Sara lo trae violentamente de vuelta a la realidad.

—Vámonos, mi amor —interviene Sara, notando de inmediato la mirada perdida de Tyler y el ardor de los celos que aún lo carcomen—. Está claro que ella ya rehízo su vida. Ahora tú y yo tenemos que enfocarnos en nuestro bebé —añade, deslizando una mano posesiva sobre su vientre.

—Te vas sola, Sara —sentencia Tyler, sacudiendo el brazo con brusquedad para liberarse de su agarre.

—¿Qué? ¡Tyler!

—Tengo demasiado en qué pensar y no voy a perder ni un segundo más contigo —dice él con frialdad antes de darle la espalda y alejarse a paso rápido.

Nunca imaginó ver a Anna actuar con semejante altivez y desprecio; en su memoria solo existía la mujer dulce, dócil y entregada que creía conocer.

Sola frente a la fachada del hotel, Sara aprieta los puños hasta que las uñas le se clavan en la palma de la mano. La furia la devora por dentro. «Maldita seas, Anna», piensa con los dientes apretados, viendo cómo sus planes se desmoronan.«¿Cómo es posible que siempre caigas de pie? Justo cuando logro arrebatarte a Tyler, apareces con un hombre que parece sacado de una revista. Pero esto no se queda así. Me las vas a pagar todas juntas, te juro que te vas a arrepentir».

A unos metros de allí, lejos de la mirada de los demás, Anna finalmente colapsa. Camina al lado del desconocido como un autómata, dejándose guiar en silencio hacia un elegante vehículo estacionado en la acera.

Por dentro está devastada.

En cuestión de horas, el mundo que conocía ha quedado destruido: primero, perder su inocencia en la oscuridad con un hombre cuya identidad ni siquiera conoce, y ahora, confirmar la traición más vil a manos de su prometido y su prima, que es su propia sangre.

El hombre le abre la puerta del auto sin decir una sola palabra, observando detenidamente la fragilidad que ella intenta ocultar. Anna sube en silencio, inerte, sin sospechar que el misterio al que acaba de entregarse para salvar su orgullo apenas está comenzando.

De repente, la voz grave y seductora del hombre irrumpe en el silencio, obligándola a salir del estado de shock en el que se encuentra.

—Ya estamos en el auto. ¿Quieres que te lleve a algún lado? Después de lo que acaba de pasar, puedes contar conmigo para lo que sea —dice él mientras sostiene la puerta abierta con naturalidad.

—Ah... sí, sí, como digas —murmura Anna.

Avanza como un espectro, incapaz de procesar con claridad lo que ocurre a su alrededor. Se desliza hacia el interior del vehículo casi por inercia, se acomoda en el asiento de cuero y se queda inmóvil, fija en la nada, hasta que el nudo en su garganta finalmente estalla y las primeras lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas.

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