Capítulo 7 Muerta deja de ser un problema
La noche comienza a caer sobre la ciudad y el frío de la noche comienza a surtir efecto en Anna. Lleva vagando sin rumbo fijo durante horas; los pies le pesan, el estómago le duele de hambre y el agotamiento físico amenaza con derribarla.
Sin embargo, a pesar del abismo en el que se encuentra, un destello de terquedad se enciende en su interior.
Es una mujer joven, y sabe que de una u otra forma tiene que encontrar la manera de rehacer los pedazos de su vida.
La vida continúa, aunque por dentro sienta que arrastra un cadáver.
Al cruzar la puerta trasera de la imponente mansión, es recibida por su nana, la mujer mayor que la ha protegido con devoción desde la muerte de sus padres.
Es la única en esa casa que la trata con verdadero afecto, la única que vela sinceramente por su bienestar en un hogar donde el amor siempre ha sido un lujo prohibido para ella.
La vida de Anna ha estado marcada por la tragedia. Tenía apenas diez años cuando un trágico accidente de coche le arrebató a sus padres en una sola noche. Fue entonces cuando su tío, Diego Díaz, se hizo cargo de ella y la llevó a vivir bajo su techo junto a su esposa, Aimar Salas, y su hija Sara.
Desde el primer día, su condición de huérfana la convirtió en el blanco de una crueldad metódica. La castigan por cualquier cosa, culpándola incluso de faltas que jamás cometió. Mientras Sara crece rodeada de opulencia, Anna viste únicamente las prendas viejas que su prima descuida o desecha.
Si logró terminar sus estudios fue gracias al esfuerzo silencioso de su nana, quien pagó cada mensualidad de su propio sueldo, pues su tío se negaba rotundamente a gastar un solo centavo en ella, alegando que mantener a una boca inútil no le aporta beneficio alguno.
Como condena por su presencia, la obligan a trabajar jornadas agotadoras al mismo nivel que el personal de limpieza.
En esa casa, Anna ni siquiera tiene derecho a una habitación. Duerme en el sótano, un espacio frío y desolado que, con el paso de los años, ha tenido que acondicionar en secreto para convertirlo en su único refugio seguro.
Mientras baja los escalones hacia la oscuridad del sótano, ignora los susurros preocupados de su nana, Anna presiente que la tormenta en esa mansión apenas está por estallar.
Lo que no sabe es que, afuera en la oscuridad de la calle, hay alguien observando cada movimiento de la casa, esperando el momento exacto para cobrar la deuda.
La nana, sin importar que Anna la ignore, la sigue informando lo que ha pasado ese día en la casa.
—Salieron de aquí con mucha prisa. La señorita Sara dijo que le habías hecho algo, pero no alcancé a escuchar bien... ¿Qué fue lo que pasó, mi niña? —pregunta la anciana con la angustia marcada en el rostro.
—Yo no le hice nada, nana, así que tranquila —responde Anna, intentando forzar una voz firme que se quiebra en las orillas—. Todo está demasiado confuso en este momento. Lo único que necesito es descansar para recuperar fuerzas. Tengo el estómago cerrado y sé que si como algo me va a hacer daño. Necesito pensar con la cabeza fría.
—Pero no puedes acostarte así, sin probar un bocado... Te ves demacrada, me da miedo que te enfermes —insiste la mujer, mirándola con profunda piedad mientras le acaricia la mano.
—De verdad, no te preocupes. Mañana será otro día y estaré mejor. Hoy solo quiero cerrar los ojos —murmura Anna.
Las lágrimas vuelven a brotar sin permiso, traicionándola. Sin decir más, se da media vuelta y se continua caminando hasta llegar a donde duerme. El agotamiento físico y la sobrecarga emocional son tan devastadores que apenas toca la cama improvisada, se queda profundamente dormida.
La casa permanece en un silencio tenso hasta que, ya bien avanzada la noche, la puerta principal se abre de golpe. Diego entra a la propiedad hecho una fiera, con las venas del cuello marcadas y los pasos retumbando en el vestíbulo.
—¿Ya llegó Anna? ¡¿Dónde diablos está?! —brama, encarando al personal de servicio que se petrifica ante su presencia—. ¡Lo que hizo esa insolente es inaudito!
—Sí, señor, ya llegó —responde uno de los empleados con la voz temblorosa—. Está abajo, en su área... Se fue a dormir temprano porque se sentía mal.
Sin responder, Diego avanza a zancadas ciegas hacia las escaleras del sótano. Abre la puerta de golpe y baja los peldaños sin contemplación. Al llegar al camastro, sujeta a Anna del brazo con brusquedad y la arranca de las sábanas de un solo jalón.
Anna se despierta de golpe, sofocada y completamente desorientada, sintiendo cómo los dedos de su tío se le clavan en la piel como garras mientras la oscuridad del sótano se llena de una amenaza inminente.
—¿Cómo te atreves a lastimar a mi hija? ¡Esto es algo que jamás te voy a perdonar! —brama el hombre fuera de sí, dandole una bofetada brutal que la hace estrellarse contra la pared.
—Tío... ¿qué pasa? ¿Por qué me golpeas? —murmura Anna, mareada por el impacto y llevándose la mano al rostro encendido.
—¡Eres una desvergonzada! Agredir a mi hija estando embarazada... —escupe Diego, descargando un puñetazo cerrado directamente en su estómago—. Casi hace que pierda a mi nieto y tú tan tranquila descansando en mi casa. Después de todo lo que te he dado, ¡así me pagas! —remata, descargando una ráfaga de golpes sin la menor piedad.
—¡No más, tío, por favor! Déjame explicarte... —suplica Anna sin aliento, encogiéndose en el suelo mientras intenta defenderse del castigo.
En ese momento, los pasos apresurados de Aimar retumban en el sótano. La mujer baja los escalones con el rostro deformado por la rabia tras las mentiras que le ha contado Sara.
—Cálmate, Diego. Si la matas aquí va a ser mucho peor para nosotros —interviene Aimar, sujetándolo del brazo para intentar frenar el descontrol.
—¡Eso es exactamente lo que merece! —maldice Diego, zafándose con violencia mientras busca a su alrededor algún objeto pesado para golpear con más fuerza—. Si le hubiera pasado algo a mi nieto, jamás se lo perdonaría. Debí deshacerme de ella desde el día en que pisó esta casa. Aguanté a esta escoria sólo para mantener la fachada y el control de la empresa, pero me cansé. Muerta deja de ser un problema.
—¡Te volviste loco! Te vas a meter en un problema gravísimo —interviene Aimar, tratando de hacerlo entrar en razón a gritos—. Si la matas vas a ir preso y entonces, ¿quién se queda al frente de la empresa?
Ciego de furia e ignorando las advertencias, Diego arremete contra Anna sin la menor piedad, descargando golpe tras golpe hasta que el cuerpo de la joven deja de responder.
