Capítulo 1 LA GRAN MENTIRA
Cansada del tema, ella pone los ojos en blanco al escuchar de nuevo sobre buenos chicos como posibles candidatos matrimoniales.
—¡Que el chico tiene tres sucursales de la ferretería, Priscila! ¡Tres! Te imaginas, serás la mujer más afortunada —bramó su padre, agitando un catálogo de lavadoras a pocos centímetros del rostro de su hija.
—Y una dentadura alineadísima, mi amor. Además, a sus veintiséis años ya quiere sentar cabeza —añadió la madre, asintiendo con una vehemencia que amenazaba con desarmarle el peinado—. No como tus primos, que han vuelto las demandas de divorcio el deporte oficial de la familia. ¡Qué vergüenza!
Priscila Alarcón dejó caer los codos sobre el mostrador de Electrodomésticos Alarcón, soltando un suspiro de frustración. Sus padres tienen un espíritu de casamenteros por naturaleza.
“Si vuelven a mencionar el matrimonio una vez más, me encierro por voluntad propia en la secadora industrial y activo el ciclo de centrifugado a máxima velocidad”, se dijo internamente.
—Vuelvo en cinco minutos —espetó Priscila, tomando una bolsa de plástico negro que guardaba ocultas sus intenciones bajo el mostrador.
—¡No le des la espalda a tu futuro, Priscila! —gritó su padre hacia el pasillo—. ¡Gonzalo ‘Pepo’ es un pan de Dios!
Al escuchar “Pepo”, pensó: “¡Qué apodo tan horrible!”
Diez minutos después, el bullicio de la tienda se desvaneció en un silencio profundo. Manolo relajó las manos y dejó caer el catálogo al suelo. Carmen se llevó las manos a la boca, dejando escapar un grito ahogado al ver a su hermosa hija transformada en algo distinto.
Priscila emergió del fondo envuelta en metros de poliéster negro rígido. La túnica holgada le cubría hasta los tobillos y un velo blanco, ligeramente torcido, enmarcaba su rostro, dejando al descubierto sus pómulos marcados y sus labios carnosos.
—Padre, madre… he sentido el llamado de Dios —declaró Priscila, uniendo las palmas a la altura del pecho con una gravedad ensayada frente al espejo—. Adopto la sencillez. Me desprendo de los electrodomésticos, de las ferreterías de Pepo y de las ataduras del matrimonio terrenal.
—¡Santa Virgen del Carmen! —alardeó Manolo, dando un brinco atrás mientras se apoyaba en una nevera americana para no desplomarse—. ¡Mi única hija se mete a monja!
—¡Pepo tiene un todoterreno nuevo, hija malagradecida! —chilló Carmen, hiperventilando—. ¿Qué pecado pagamos, Manolo? ¿Por qué el Señor nos castiga quitándonos a la niña para meterla en un convento?
Priscila mantuvo la vista fija en el suelo, apretando las mandíbulas para evitar que la risa le estallara en la cara. Mantener la farsa le estaba costando.
“Han caído como palomas. Ni en mil años me encierro en un convento, pero esto les cerrará la boca al menos durante un par de meses.”
—Iré a hablar con la madre superiora de las Clarisas para solicitar mi ingreso —soltó, acomodándose la túnica barata de veinte euros—. No me busquen. Mi decisión es irrevocable.
Salió a la calle dando zancadas cómicas, sosteniendo la falda para no tropezar con la acera. Entró en su viejo Volvo plateado, cerró la puerta con fuerza y soltó una risa clara que sonó en el interior.
—Eres una genia, Priscila. Una auténtica artista del drama —se dijo a sí misma, ajustando el retrovisor para contemplar su ridícula indumentaria—. Tres días de luto familiar; les digo que la madre superiora descubrió que soy demasiado impulsiva para los votos, y asunto arreglado.
Encendió el motor y tomó la carretera secundaria que bordeaba las afueras de Madrid. El disfraz le provocaba un calor sofocante, pero la satisfacción del triunfo compensaba cualquier incomodidad.
Un violento estruendo metálico rompió la calma de la tarde. Ella se asustó y pensó que Dios la estaba castigando por su osadía.
A unos cincuenta metros, una densa columna de humo negro comenzó a elevarse hacia el cielo. Un deportivo de altísima gama yacía volcado sobre el arcén, con el chasis arrugado como un papel de aluminio y los neumáticos aún girando en el aire.
Priscila pisó el freno de golpe, sintiendo un vuelco en el estómago.
—No me jodas la vida… —murmuró.
Bajó del vehículo atropelladamente, sujetándose los faldones negros con ambas manos. Pensaba mantenerse a una distancia prudente mientras marcaba al número de emergencias en su teléfono. No tuvo oportunidad.
Un chico joven, vistiendo un traje elegante manchado de hollín y con un corte sangriento en la frente, salió trastabillando del lado del copiloto. Al reparar en la figura vestida de hábito, sus ojos se abrieron desorbitados.
—¡Una madre! ¡Una bendita religiosa! —bramó Lucas Madrigal, corriendo hacia ella con el pánico deformándole el rostro.
Antes de que Priscila pudiera dar un paso atrás, el muchacho le agarró la muñeca con una fuerza desmedida, tirando de ella sin miramientos.
—¡Oye, oye! ¡Suéltame, chaval! —protestó Priscila, intentando afianzar los talones en la hierba seca.
—¡Es mi tío! ¡Se me muere, madre, se me muere en el coche! —gritaba Lucas, arrastrándola hacia el lateral retorcido del deportivo.
—¡Que me sueltes! ¡Que yo no soy lo que tú piensas! ¡Llama a una ambulancia!
—¡No hay tiempo! ¡Confiese, dé la bendición, administre la extremaunción o lo que sea que hagan ustedes antes de que fallezca!
—¡Que soy de mentira, pedazo de loco! —chilló Priscila, pero la histeria del joven era una histeria imparable.
Lucas la empujó casi de rodillas junto a la ventanilla destrozada del conductor. Priscila cayó sobre el barro, ahogando una maldición mientras el olor a gasolina y aceite quemado la envolvía.
“¡Tierra, trágame! ¿Cómo le explico a este demente que compré esto en una tienda de disfraces de mercadillo?”
Aturdida y sobrepasada por la escena, Priscila levantó las manos temblorosas. Torpemente, comenzó a persignarse al revés, equivocándose de hombro.
—Por la señal… de la santa cruz… de nuestros enemigos… —balbuceó, sin recordar una sola plegaria coherente.
Entre los restos de la carrocería, el hombre aprisionado en el asiento del conductor abrió los ojos pesadamente.
Rodrigo Madrigal enfocó la visión a través de una bruma de dolor. Lo que esperaba ver era el rostro de la muerte. Lo que encontró lo dejó completamente sin aliento.
Frente a él no había una anciana abnegada. Enmarcado por un velo blanco y negro, vio un rostro de una belleza salvaje y provocadora: piel sonrosada por el esfuerzo, unas pestañas tupidas que albergaban ojos avellana llenos de fuego y unos labios carnosos, peligrosamente tentadores, que susurraban oraciones descoordinadas. La túnica holgada no lograba ocultar la firmeza de sus hombros ni la calidez vibrante que emanaba de su cuerpo. ¡¡Es una diosa!!
