Capítulo 2 EL LOBO ENCONTRO LA OVEJA
Un chispazo de adrenalina y deseo profano le atravesó el pecho, sofocando el dolor de sus costillas. Rodrigo estiró la mano izquierda, cubierta de polvo, y sujetó con firmeza la muñeca de Priscila. Su agarre fue caliente, posesivo y abrumadoramente humano.
—Ángel… diosa… —raspó Rodrigo con una voz grave, áspera y cargada de un magnetismo oscuro que le erizó la piel a Priscila hasta la última fibra.
—Dios, ten piedad de esta alma. —¿Eso fue lo único que se le ocurrió decir?
Priscila se congeló. El aire se le atascó en la garganta al sentir el peso de esa mirada gris, penetrante e insolentemente atractiva. El engaño acababa de convertirse en una trampa mortal.
Las sirenas de la ambulancia perforaron el aire de la carretera. Los paramédicos irrumpieron en la escena con una camilla metálica, apartando a Lucas de un empujón.
—¡Abran paso! ¡El paciente presenta traumatismo torácico! —gritó uno de los paramédicos.
Rodrigo no apartaba los ojos grises de Priscila mientras lo subían a la camilla. Su agarre en la muñeca de ella se aflojó únicamente cuando la anestesia de emergencia comenzó a hacerle efecto, dejando una sensación de calor quemándole la piel.
—¡Madre! —bramó Lucas, tomándole las manos a Priscila con fervor desmedido—. ¡Dígame su nombre! ¡De qué orden es! ¡Mi familia financiará su convento entero! Pero siga rogando por mi tío.
Priscila dio tres pasos atrás, tropezando con el dobladillo de la túnica.
—¡No hace falta! ¡La fe no acepta cheques! —exclamó Priscila con la voz chillona por el pánico—. ¡Me voy que llego tarde a las vísperas!
—¡Pero al menos dígame de qué parroquia es! ¡¡Por favor, mejor quédese un rato más!!
—¡Por la Santa Madre del Olvido! ¡No me sigas, chico! Estoy atrasada.
Se dio la vuelta, se levantó el faldón de poliéster hasta las rodillas y corrió hacia el Volvo como si el mismísimo demonio le pisara los talones. Se metió dentro, echó el seguro, arrancó derrapando y dejó una nube de grava tras de sí.
“Que la tierra me trague y me escupa al otro lado del mundo. Me van a arrestar por suplantación de identidad religiosa y negligencia médica”. Eso le ocurría por pecadora, se decía una y otra vez en su mente.
Mientras que Rodrigo, en una habitación privada en la clínica más exclusiva de Madrid, olía a antiséptico y flores caras. Rodrigo Madrigal abrió los ojos, sintiendo unas punzadas en el costado.
A su alrededor, la cúpula familiar aguardaba. Alfonso Madrigal, su padre, mantenía los brazos cruzados con gesto severo, mientras Beatriz, su madre, se retocaba el lápiz de labios frente al espejo. Valeria Fontán, su prometida, impecable en un traje de chaqueta blanco, miraba su reloj de marca con impaciencia.
—Has tenido suerte, Rodrigo —sentenció Alfonso con voz grave—. El deportivo ha quedado siniestro total. ¿En qué estabas pensando?
—La prensa ya está abajo —añadió Valeria, acercándose a la cama con una sonrisa ensayada—. Dicen tonterías sobre un milagro. Un ridículo absoluto para la imagen de la empresa.
—No fue ningún ridículo —intervino Lucas, cruzando la puerta con dos cafés de máquina—. Yo estuve allí. Si esa religiosa no le hubiera dado la bendición a mi tío, ahora estaríamos organizando un entierro. Esa mujer fue como una diosa que Dios puso en nuestro camino.
Rodrigo se incorporó despacio, ignorando la punzada en las costillas. La imagen de aquellos ojos avellana y esos labios carnosos bajo el velo blanco continuaba grabada a fuego en su mente.
—No era una monja ordinaria —raspó Rodrigo, con la voz rota por el accidente.
Valeria soltó una risita burlona.
—Por favor, Rodrigo. Estabas en estado de shock. Seguro que era una anciana del pueblo cercano. Probablemente buscaba una ofrenda al ver que eres un hombre adinerado.
—Tenía la piel suave como la seda y los labios más provocadores que he visto en mi vida —repuso Rodrigo, mirando fijamente a su prometida con una frialdad matemática—. Y no tenía más de veinticinco años.
Valeria se congeló. Beatriz ahogó un grito de consternación.
—¡Rodrigo! —escandalizó su madre—. ¡Hablas de una sierva del Señor!
—Hablo de la mujer que me devolvió la vida —corrigió él, girándose hacia su sobrino—. Lucas.
—Dime, tío.
—Búscala. Mueve cielo y tierra. Quiero saber quién es esa mujer y en qué convento se esconde.
—Cuenta con ello…
En cuanto a Priscila, atrancó la puerta de su dormitorio con una silla. Se arrancó el velo de un tirón fiero, desabrochó el poliéster con rabia y se quedó en ropa interior, jadeando sobre la alfombra.
—Nunca más. Jamás en la vida vuelvo a ponerme este trapo de mierda —maldijo, pateando el disfraz bajo la cama.
Unos golpes secos sonaron al otro lado de la madera.
—¡Priscila, abre! —dramatizó su padre desde el pasillo—. ¡Tu mamá está muy preocupada porque dice que en el convento no te dejarán usar tu desodorante favorito!
—¡Estoy orando, papá! —mintió Priscila a viva voz, agarrándose la cabeza—. ¡Dejadme en paz un rato!
Se arropó con la bata de seda y encendió el televisor del dormitorio para ahogar el ruido de sus pensamientos. La pantalla parpadeó y la imagen de un reportero frente a la clínica Ruber apareció en pantalla gigantesca.
«Última hora: El joven magnate Rodrigo Madrigal evoluciona favorablemente tras su aparatoso accidente en la A-1. Fuentes cercanas afirman que el empresario busca desesperadamente a la misteriosa y joven religiosa que le salvó la vida en la cuneta…»
Priscila se llevó las manos a la boca, abriendo los ojos como platos al ver la foto del hombre del coche: un tipo de portada de revista, mandíbula de infarto y ojos grises de depredador.
“Voy a terminar en la cárcel. Me encarcelarán y el atractivo del coche será mi acusador personal”. Su mente estaba fuera de control, ¿cómo había llegado a esta situación?
Una semana después…
Rodrigo Madrigal no era un hombre paciente. De pie frente al ventanal de su despacho en la última planta del edificio Madrigal, se ajustó el botón de la chaqueta sobre las costillas vendadas. El dolor físico era una molestia menor comparado con la fijación que le carcomía la cabeza.
La puerta de madera maciza se abrió de golpe. Lucas entró con una carpeta de cartón bajo el brazo y una sonrisa de triunfo.
—La tengo, tío. Tengo a tu santa.
Rodrigo se giró sobre sus talones con una rapidez peligrosa.
—Habla.
—Las cámaras de la A-1 captaron el Volvo plateado huyendo de la escena —explicó Lucas, abriendo la carpeta sobre el escritorio—. La matrícula pertenece a un tal Manolo Alarcón, dueño de una tienda de electrodomésticos en el barrio de Prosperidad.
Rodrigo enarcó una ceja, deslizando la mirada por el informe.
—¿Una tienda de electrodomésticos?
—Investigué un poco más —continuó Lucas, bajando la voz—. La hija de este hombre, según los rumores, ingresó ayer como novicia. Se llama Priscila Alarcón.
Rodrigo pronunció el nombre en un murmullo grave:
—Priscila…
“Ese nombre de santa no parece adecuado para una mujer con esos labios”.
