Capítulo 3 CON GANAS DE PECAR
Finalmente, después de una larga espera, recibió el alta médica que tanto anhelaba.
—Que me consigan un auto —ordenó Rodrigo mientras se ponía la chaqueta.
—Tío, el médico dijo que guardaras reposo —advirtió Lucas, siguiéndolo a toda prisa—. Además, Valeria viene para la reunión de accionistas a las doce. Ella pasará por ti en otro rato.
—Que me espere si quiere. —se fue a toda prisa.
En Electrodomésticos Alarcón, la tensión era palpable. Priscila, con unos vaqueros ajustados y una camiseta básica que destacaba su figura, intentaba alinear una fila de tostadoras mientras Gonzalo “Pepo” Morales la observaba de cerca en cada movimiento. Con ojos de deseo al ver su diminuta cintura.
—¡Es que no lo entiendo, Priscila! —gimoteó Pepo, ajustándose el cinturón del pantalón—. ¡Te ofrezco un futuro estable! ¡Tres sucursales! ¡Descuentos en fontanería para toda tu familia! ¿Y tú prefieres el celibato?
—Pepo, por quinta vez: vete a vender tuercas —respondió Priscila sin mirarlo, encajando una tostadora con más fuerza de la necesaria.
—¡Hija, por favor! —intervino Carmen desde la caja registradora, secándose una lágrima ficticia—. Escucha al muchacho. Si el convento te deja un fin de semana libre, podéis conoceros.
—¡Que no me voy a casar con Pepo, mamá! —estalló Priscila, dándose la vuelta con las manos en las caderas.
—¿Y el hábito? —preguntó Manolo, saliendo de la trastienda con un plumero—. ¿Dónde has dejado el atuendo sagrado? Vestida así, nadie te tomará en serio.
“En el fondo del armario, sepultado bajo tres mantas pesadas para que no vuelva a ver la luz del sol jamás”. Pensó.
—Está… ventilándose —mintió Priscila entre dientes—. La fe requiere mucha higiene.
En ese preciso instante, el campaneo de la puerta anunció la llegada de un cliente. Un coche de lujo con cristales polarizados acababa de aparcar justo enfrente del escaparate, tapando la luz del mediodía.
La puerta de la tienda se abrió y el espacio pareció reducirse a la mitad.
Rodrigo Madrigal cruzó el umbral. Medía casi un metro noventa, vestía un traje a medida gris marengo que acentuaba sus hombros anchos y proyectaba una autoridad brutal. A pesar del tono pálido por el accidente reciente, sus ojos grises escanearon el local con la precisión de un halcón.
Manolo soltó el plumero. Carmen ahogó un grito al reconocer el rostro de los informativos de la televisión.
Priscila se congeló con una tostadora en la mano. El pulso se le disparó a mil revoluciones por minuto.
“No puede ser. No me jodas la vida. Me ha rastreado hasta acá”.
—Buenos días —habló Rodrigo. Su voz, grave y profunda, resonó entre las lavadoras con un eco magnético—. Busco a la familia Alarcón.
—¡Sí, señor! —respondió Manolo, dando un paso al frente atolondrado—. Manolo Alarcón. ¿En qué podemos servirle? ¿Busca una nevera de última generación?
Rodrigo ignoró el ofrecimiento. Su mirada se desplazó lentamente por la estancia hasta fijarse en Priscila. Se detuvo en sus labios, luego en sus ojos avellana encendidos de pánico, y finalmente bajó por la curva de su cuello hasta la estrechez de su cintura.
Una sonrisa lenta, oscura e insolente se dibujó en la comisura de sus labios.
—Busco a Sor Priscila —dijo Rodrigo, sin apartar los ojos de ella ni un solo milímetro—. Vengo a agradecerle el milagro de ayer.
Pepo parpadeó, mirando a Priscila y luego al magnate.
—¿Sor quién? Pero si esta es Priscila… y lleva vaqueros.
Priscila sintió un bochorno abrasador recorrerle todo el cuerpo. Rodrigo dio dos pasos lentos hacia ella, acortando la distancia hasta que el perfume costoso de él, mezclado con un fondo de cuero y tabaco, la envolvió por completo.
—Una lástima —murmuró Rodrigo en voz baja, inclinándose apenas hacia su oreja para que solo ella lo escuchara—. El poliéster no le hacía justicia a este cuerpo, hermana.
Priscila sintió un calambre eléctrico recorriéndole la columna vertebral. El aliento cálido de Rodrigo contra su oreja olía a menta y a peligro.
—¿¡Hermana?! —exclamó Manolo, dando un paso al frente con el rostro arrugado de confusión—. ¿Qué hermana ni qué niño muerto? ¡Si esta chiquilla lo único que sabe de religión es la procesión del pueblo!
—Ayer dijo que se metía a monja, Manolo —le recordó Carmen en un susurro audible, tirándole de la manga—. A lo mejor este caballero es el obispo… aunque para ser obispo viste demasiado ajustado.
Pepo dio un paso al frente, inflando el pecho.
—Oiga, usted, el del traje caro. Priscila tiene mi oferta de matrimonio sobre la mesa. No nos venga a liar con líos del Vaticano.
Rodrigo ni siquiera se molestó en mirar al ferretero. Mantuvo sus ojos grises clavados en Priscila, disfrutando de la palidez mortal que cubría las mejillas de la joven.
—Es un… un malentendido de la parroquia —improvisó Priscila con la voz chillona, agarrando a Rodrigo del antebrazo con fuerza desesperada—. Un asunto de caridad. Muy complejo. Hablaré en privado con él. ¡A la oficina!
Sin esperar respuesta, Priscila arrastró al magnate hacia el pasillo trasero y lo empujó dentro del despacho de su padre, cerrando la puerta de madera con pestillo.
El pequeño despacho olía a café rancio y papel viejo. Rodrigo, con su casi metro noventa, llenaba por completo el escaso espacio libre. Se apoyó contra una torre de cajas de electrodomésticos, cruzándose de brazos con una calma exasperante.
—Vaya, vaya —sonrió Rodrigo. Su mirada descendió por la cintura de Priscila con una lentitud descarada—. La monja milagrosa tiene un carácter bastante profano.
—¡Se puede saber qué demonios haces aquí! —estalló Priscila en un siseo furioso, encarándose a él—. ¡Casi me arruinas la existencia delante de mis padres!
—Pensaba que la verdad os haría libres —repuso él, inclinando la cabeza con mofa—. Aunque debo confesar que tu uniforme de hoy me gusta bastante más que el poliéster de veinte euros.
“Es irresistiblemente guapo, millonario e insoportable”.
—¡Fue un error! ¡Solo era un experimento para que dejaran de acosarme con bodas! —se defendió Priscila, apuntándolo con el dedo índice—. Y tú tenías que aparecer con tu deportivo hecho pedazos en mi camino, arruinando mi mentira.
Rodrigo dio un paso lento hacia ella. La sombra de su cuerpo la cubrió por completo, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared.
—Estuviste de rodillas en el barro, Priscila —murmuró Rodrigo. Su voz bajó una octava, volviéndose grave y áspera—. Te persignaste al revés mientras rozabas mi piel. Pasé mucho tiempo pensando qué me había interesado de una sierva de Dios.
—¡Yo no te hice nada! ¡El demente de tu sobrino me secuestró y me arrastró hacia ti!
Rodrigo acortó la distancia final. Apoyó la mano derecha en la pared, justo al lado de la cabeza de Priscila, acorralándola. El aroma de su colonia costosa impregnó el aire entre ambos.
—No me recitaste el Ave María —murmuró él, fijando su mirada en sus labios tentadores—. Al contrario, despertaste en mí deseos de pecar. Y no pienso irme de aquí sin disfrutarlo.
