Capítulo 4 EN EL INFIERNO
Priscila tragó saliva. El calor que irradiaba del pecho de Rodrigo hacía que su corazón latiera a un ritmo alarmante. Se sentía sofocada por el calor.
—No te debo nada, Madrigal. Es mejor que me dejes en paz.
—Me debes mi reputación —corrigió él, rozando con el nudillo del dedo índice la línea de la mandíbula de ella. Priscila reprimió un temblor—. Mi familia cree que me salvó una santa. La prensa me persigue. Y mi prometida exige saber por qué hablo en sueños de una monja de ojos avellana.
—Pues diles que tuviste una alucinación por el impacto. ¡Eres un descarado!
—No —sonrió Rodrigo, con unos ojos ardientes que prometían tormenta—. Diles a tus padres que vas a ser mi nueva asistente personal en la Fundación Madrigal. Una novicia con ganas de hacer caridad.
Priscila abrió los ojos de par en par.
—¿¡Qué?! ¡Ni en broma! ¡Yo trabajo aquí!
—O aceptas el puesto mañana a las nueve en mi despacho… —Rodrigo se inclinó hasta que sus labios casi rozaron el lóbulo de su oreja—. …o salgo ahora mismo y le cuento a tu padre y a la prensa que su santa hija organizó una farsa sacrílega para librarse del chico de las tuercas.
—Eres un chantajista miserable —masculló Priscila, sintiendo la tentación y el pánico luchando en su pecho.
—Soy un hombre de negocios, pecadora. No tienes salida.
Rodrigo se apartó despacio, sacó una tarjeta de visita de su chaqueta y se la deslizó por el escote de la camiseta con la yema de los dedos, dejando un rastro de fuego a su paso.
—Te espero mañana —dijo él, guiñándole un ojo antes de quitar el pestillo y salir del despacho como si fuera el dueño del lugar.
—¡¡Maldita sea mi suerte!!
“Pasé toda la noche reflexionando y, al ver que el atuendo religioso estaba arrugado, decidí plancharlo”.
La torre Madrigal dominaba majestuosamente el paseo de la Castellana, un gigante de cristal y acero. Priscila alzó la mirada desde la entrada, acomodándose los hábitos.
“Si no fuera porque mi padre sufriría un desmayo al descubrir que su santa futura monja es una embustera de primera, estaría en mi cama durmiendo la siesta”.
Apretó la tarjeta de visita entre los dedos y cruzó las puertas giratorias con el mentón elevado.
El vestíbulo olía a perfume caro, dinero y ambición. Las recepcionistas vestían como modelos de pasarela y la miraron de arriba abajo al marcar la planta cuarenta en el ascensor privado. ¿Quién es esa religiosa?, escucho murmurar.
Al abrirse las puertas metálicas, la elegancia del piso ejecutivo la dejó helada. Paredes de mármol, arte abstracto y una vista panorámica de todo Madrid.
—¿Está buscando a alguien, hermana?
Una voz afilada y perfecta frenó sus pasos. Valeria Fontán emergió de uno de los despachos, luciendo un traje de chaqueta blanco impoluto y una melena rubia sin un solo pelo fuera de lugar. Sus ojos recorrieron a Priscila con desdén frío.
—¡Bueno! Estoy por trabajo.
—El departamento de selección de personal está en la planta tres —añadió Valeria, cruzándose de brazos—. Las visitas a los directivos requieren cita previa de tres semanas.
Priscila sonrió con dulzura falsa, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás.
—Vengo a ver a Rodrigo Madrigal. Directamente.
—¿Y tú eres…?
—Su nueva asistente personal —anunció Priscila, disfrutando del sordo chasquido de sorpresa en la mandíbula de la rubia.
—Rodrigo no ha contratado a nadie en los últimos dos años —espetó Valeria, dando un paso adelante con aridez—. Y menos a alguien que parece recién salida del convento.
La puerta del despacho principal se abrió de golpe antes de que Priscila pudiera soltar la réplica que tenía en la punta de la lengua.
Rodrigo apareció en el marco de la puerta. Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos y la corbata aflojada, revelando el inicio de un pecho firme y sugerente. Al ver a Priscila, una chispa oscura iluminó su mirada gris.
—Puntual, hermana —dijo Rodrigo con voz profunda, ignorando por completo la presencia de su prometida—. Pase, por favor.
—Rodrigo, ¿qué significa esto? —exigió Valeria, señalando a Priscila—. ¿Quién es esta mujer? ¿De qué convento la sacaste?
—Es mi nueva asistente, Valeria —respondió él sin mirarla, mientras hacía un gesto para que Priscila entrara—. Tiene mucho trabajo pendiente. Déjanos solos.
Valeria apretó los puños, regalándole a Priscila una mirada cargada de veneno antes de darse la vuelta sobre sus taconazos de aguja.
Priscila cruzó el umbral y Rodrigo cerró la puerta tras de sí, pasando el seguro con un chasquido metálico que resonó en todo el despacho.
“Estoy encerrada con el demonio en persona a cuarenta pisos de altura”.
—Bienvenida a tu nuevo infierno, monja pecadora —murmuró Rodrigo, acortando la distancia a pasos lentos.
—Tengo derechos laborales, señor Madrigal —replicó ella, dando un paso atrás hasta que el borde del enorme escritorio de caoba le tocó las caderas—. Y exijo un contrato sin acoso.
Rodrigo sonrió, apoyando las dos manos en el escritorio a cada lado de la cintura de Priscila, dejándola atrapada entre la madera y la calidez abrumadora de su cuerpo.
—En este despacho las reglas las pongo yo —susurró él, inclinándose hasta que su aliento cálido le rozó los labios—. Tu primera tarea es conseguir que la prensa olvide la historia de la monja milagrosa.
—¿Y la segunda? —desafió Priscila, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba violentamente bajo la mirada magnética del magnate.
—Intentar que no te bese antes de las cinco de la tarde.
—Esa tarea no figura en mi descripción de puesto, Madrigal, por favor, respete el hábito —respondió Priscila, apoyando las palmas de las manos contra el tórax firme de Rodrigo para frenar su avance.
La calidez del pecho de él atravesaba la tela fina de la camisa negra. Rodrigo no se movió un solo centímetro; al contrario, apoyó más su peso, disfrutando de la chispa de desafío en los ojos avellana de la joven.
—Puedo redactar un anexo a tu contrato en este mismo instante —murmuró Rodrigo, bajando la cabeza hasta que el roce de sus alientos se volvió inevitable.
“Este hombre no es un empresario, es un peligro público para la salud mental.”
El estridente timbre del teléfono sobre la mesa de caoba cortó el aire como un hachazo. Priscila aprovechó la distracción para escabullirse por un lado, alisándose la falda de su túnica religiosa con manos temblorosas.
Rodrigo soltó una maldición entre dientes y descolgó el auricular sin quitarle la mirada de encima.
—¿Qué ocurre? —repuso con voz áspera.
—¡Tío! —la voz de Lucas resonó a través del altavoz con una histeria desbordante—. ¡Tengo noticias! ¡He conseguido la lista completa de las novicias que ingresaron esta semana en la diócesis de Madrid! Voy para tu despacho ahora mismo.
Ambos se voltearon a ver…
