Capítulo 5 TENTACIÓN PURA

Priscila sintió que el suelo de mármol se abría bajo sus pies. ¿En qué demonios se había metido?

—¡Es tu sobrino! —siseó en un susurro desesperado, abalanzándose hacia la mesa de Rodrigo—. ¡El mismo loco que me arrastró por el barro! Si entra y me ve el rostro, se acaba la comedia. No quiero más problemas.

Rodrigo colgó el teléfono despacio, contemplando el pánico genuino que iluminaba las facciones de Priscila. Una sonrisa siniestra y llena de diversión se dibujó en su rostro.

—¿Así que la falsa monja le teme a un chico de veinte años? —se burló él, rodeándole la cintura con un brazo decidido.

—¡No me vaciles, Madrigal! —chilló ella entre dientes, intentando soltarse de su agarre—. ¡Si me descubre, le diré a tu padre que me estás extorsionando! Ya sé quién es él.

Los pasos apresurados de Lucas y el sonido de sus nudillos contra la puerta exterior del despacho anunciaron su llegada inminente.

—¡Tío, abre! ¡Traigo los papeles!

Sin darle tiempo a reaccionar, Rodrigo la arrastró hacia la puerta disimulada del vestidor privado de su despacho. La empujó hacia el interior y se coló tras ella, deslizando el panel de madera hasta cerrarlo por completo.

El espacio era reducido, impregnado del aroma a ropa limpia y al perfume penetrante de Rodrigo. La penumbra era casi absoluta.

Priscila quedó de espaldas contra los trajes colgados, mientras el cuerpo de Rodrigo la presionaba de frente, atrapándola sin espacio para respirar. La pelvis de él chocaba directamente contra la suya, y la respiración pausada del magnate le quemaba la piel del cuello.

—Si respiras demasiado fuerte, te va a oír —susurró Rodrigo a milímetros de su oreja. Su mano derecha descendió por el costado de Priscila, posándose con firmeza sobre su cadera.

“Me va a dar un ataque al corazón. O un infarto. O algo peor con este hombre”.

La puerta del despacho se abrió de repente.

—¿Tío? —se escuchó la voz de Lucas desorientada—. Qué raro… si la secretaria dijo que estaba aquí dentro.

En el vestidor, Priscila se aferró a la cintura de la camisa de Rodrigo para mantener el equilibrio. La proximidad entre ambos era asfixiante, cargada de erotismo y peligrosamente desesperada. Rodrigo inclinó la cabeza, rozando sus labios contra el latido acelerado del cuello de ella, provocándole un gemido ahogado que Priscila tuvo que contener mordiéndose la lengua.

El vestidor parecía hacerse más pequeño con cada respiración. Rodrigo sujetaba con firmeza la cadera de Priscila, impidiendo cualquier intento de escape, mientras el calor de su cuerpo traspasaba la ropa sin contemplaciones. —Soy claustrofóbico, pero tu aroma me calma.

Fuera, los pasos de Lucas resonaron sobre la tarima de la oficina.

—Qué raro… —murmuró el chico desde el otro lado de la pared metálica—. Me pareció oír un ruido por la zona de los armarios.

Priscila clavó las uñas en las solapas de la camisa negra de Rodrigo. El corazón le percutía contra las costillas a un ritmo frenético.

Rodrigo aprovechó el inmovilismo para deslizar los labios por el cuello de ella, rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. Un escalofrío helado y abrasador a la vez recorrió el espinazo de Priscila.

“Este hombre es un demonio manipulador. Me va a hacer perder el conocimiento antes de que nos descubran”.

Para evitar que soltara un gemido que los delatase, Rodrigo presionó suavemente su pulgar sobre el labio inferior de Priscila, obligándola a guardar silencio mientras su mirada gris brillaba en la penumbra con una fascinación oscura.

—Se los dejaré en la mesa —suspiró Lucas al fin—. Ya me llamará cuando vuelva.

La puerta del despacho volvió a cerrarse con un chasquido firme.

El silencio regresó a la estancia. Priscila esperó cinco segundos eternos antes de empujar el tórax de Rodrigo con ambas palmas, exigiendo distancia.

—Suéltame ya, Madrigal —siseó, respirando con dificultad.

Rodrigo no cedió de inmediato. Mantuvo su agarre en la cadera, inclinándose apenas un milímetro más hasta que su boca rozó la comisura de los labios de ella en un contacto eléctrico.

—Tienes la mala costumbre de dar órdenes en mi territorio —murmuró él, con la voz grave y rasposa por la cercanía.

—Y tú la mala costumbre de no entender la palabra ‘no’ —replicó Priscila, zafándose finalmente y deslizando la puerta corredera del vestidor.

Salió a la luz del despacho, acomodándose la falda con manos temblorosas. Rodrigo emergió tras ella, impecable, ajustándose los puños de la camisa como si no hubiera estado a punto de provocar un desastre hace diez segundos.

Sobre el escritorio descansa la carpeta de cartón que Lucas había llevado. Priscila la miró de reojo con auténtico pánico.

—Ahí están las listas de los conventos —recordó él, rodeando la mesa con elegancia—. Si abro esa carpeta, apuesto que no encuentro tu foto en ninguno de ellos.

—Es chantaje puro y duro —masculló Priscila, cruzándose de brazos—. ¿Hasta cuándo piensas tenerme con la soga al cuello?

—Hasta que decida qué hacer contigo, pecadora.

El pestillo del despacho giró desde el exterior antes de que Priscila pudiera responder.

Valeria Fontán entró sin llamar, sosteniendo una libreta de piel y un par de carpetas de la junta directiva. Sus ojos calculadores viajaron desde el rostro acalorado de Priscila hasta la actitud de absoluta suficiencia de Rodrigo.

—Rodrigo, los ejecutivos de la filial italiana están abajo —anunció Valeria, endureciendo la voz al notar el leve desorden en la corbata de él—. Y tu nueva asistente tiene la cara roja como un tomate. ¿Ocurre algo que deba saber?

Priscila dio un paso atrás, componiendo su mejor mueca profesional.

—Estábamos… repasando el protocolo de donaciones para la fundación, señorita Fontán —improvisó Priscila en un tono plano—. El señor Madrigal exige demasiada precisión.

—Exijo excelencia —corrigió Rodrigo, clavando la mirada en Priscila con una sonrisa cargada de intención—. Valeria, dile al equipo que bajo en cinco minutos. Priscila se queda a organizar mi agenda de la tarde.

Valeria estrechó los ojos, midiendo la distancia entre ambos con una sospecha helada.

—Por supuesto —respondió la rubia, acercándose a Rodrigo para acomodarle la corbata con ostentación delante de Priscila—. Recuerda que cenamos con mis padres a las ocho, mi amor. No te retrases por tonterías de oficina.

Priscila sintió un pellizco absurdo e involuntario en el estómago al ver el gesto.

“Perfecto. El magnate tiene prometida, un sobrino detective y a mí me espera una pila de papeles en el pasillo. Que alguien me devuelva a cualquier convento”.

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