Capítulo 6 UN BESO RESCATADOR

La risa coqueta de Rodrigo era algo que no se podía ocultar, siempre acompañada de un brillo en sus ojos que revelaba su carácter encantador y una ligera inclinación de cabeza que atrapaba la atención de todos a su alrededor.

—Acompáñame a la caja fuerte del archivo —ordenó Rodrigo en cuanto Valeria desapareció por el pasillo—. Hay un expediente de la fundación que necesitas revisar hoy mismo.

Priscila lo siguió sin protestar, agradeciendo la oportunidad de alejarse de la puerta principal. Al fondo del despacho, tras una biblioteca giratoria, se ocultaba una pequeña habitación blindada sin ventanas. El espacio era reducido, apenas dos metros cuadrados flanqueados por estantes metálicos repletos de carpetas.

—Aquí dentro no cabe ni un ratón —murmuró Priscila, apretándose contra un anaquel para dejarle paso.

Rodrigo ingresó para marcar el código en el teclado digital. En cuanto cruzó el umbral, una corriente de aire provocada por el sistema de ventilación empujó la pesada puerta de acero. El portón se cerró con un chasquido seco y metálico.

El sistema de cierre automático se activó de inmediato. Las luces principales se apagaron, sumiendo el habitáculo en penumbras, apenas iluminado por la tenue luz roja de emergencia.

—Genial —sopló Priscila, probando la manivela interna—. Se ha bloqueado. Llama a tu secretaria por el móvil.

Rodrigo no respondió.

Priscila se giró al no obtener réplica. La postura dominante del magnate se había esfumado por completo. Rodrigo permanecía apoyado contra la pared metálica, con las palmas de las manos presionadas contra el acero frío. Su respiración se había vuelto rápida, áspera y desordenada.

—¿Madrigal? —inquirió ella, dando un paso hacia él.

Él se arrancó el nudo de la corbata con un tirón desesperado, abriéndose los dos primeros botones de la camisa. Hilos de sudor frío le perlaba la frente y sus ojos grises, antes calculadores y seguros, vagaban desorbitados por el reducido techo de la estancia.

"Está teniendo un ataque de pánico. El tipo duro es claustrofóbico".

—El espacio… se ajusta —raspó Rodrigo con la voz completamente quebrada, apretando los dientes mientras el pecho le subía y bajaba violentamente—. No hay… aire.

—Oye, mírame —pidió Priscila, tomándolo de los antebrazos—. Es una puerta blindada, pero tiene conducto de ventilación. Hay oxígeno de sobra.

Rodrigo no la escuchaba. El encierro y el trauma reciente del accidente de coche, donde quedó atrapado, habían colapsado su control. Sus manos temblaban mientras intentaba tomar aire.

—No puedo… respirar, Priscila —jadeó él, clavando los dedos en los hombros de ella con un agarre desesperado.

—Madrigal, mírame a los ojos —insistió ella, elevando la voz—. ¡Rodrigo!

Él parpadeó, atrapado en una asfixia psicológica. Priscila entendió que necesitaba un impacto directo, un cortocircuito que cambiara su frecuencia mental instantáneamente.

Sin pensarlo dos veces, Priscila sujetó el rostro de Rodrigo con ambas manos, se empinó sobre los talones y le selló la boca con un beso hambriento y decidido.

El choque fue instantáneo.

Rodrigo se congeló. El sabor dulce y cálido de Priscila irrumpió en sus sentidos como una descarga eléctrica. Ella no le dio tregua: profundizó el contacto, moldeando sus labios con una firmeza sensual, atrapando la lengua de él entre los suyos en un baile ardiente y provocador.

El pánico de Rodrigo se disipó en un suspiro ahogado. La necesidad de aire fue suplantada de golpe por una necesidad mucho más salvaje.

Sus brazos reaccionaron por instinto, rodeando la cintura de Priscila para pegarla violentamente contra su cuerpo. La arrastró hasta encajar sus caderas contra el borde de un anaquel, devorándole la boca con un hambre atrasada que hizo gemir a la joven en medio de la penumbra.

Priscila se separó apenas un milímetro, manteniendo los labios rozando los de él, con la respiración entrecortada de ambos fundiéndose en el ambiente.

—¿Sigues pensando en la pared? —murmuró ella con una sonrisa pícaramente agitada.

Rodrigo clavó sus ojos grises en ella, cargados de una devoción oscura y ardiente.

—¿En cuál pared? —contestó él con voz profunda, volviendo a presionar sus labios con tal intensidad que parecía capaz de derretir el acero de la habitación. Estaba convencido de que ella ya no escaparía.

El instinto de supervivencia de Rodrigo mutó en algo mucho más peligroso: hambre pura.

Sus manos acorralaron las caderas de Priscila y la levantaron sin esfuerzo sobre el anaquel metálico, haciendo crujir la estructura. El pánico al encierro había desaparecido por completo, sofocado por una oleada de adrenalina y posesión brutal. Sus labios se estrellaron contra la garganta de ella con una ferocidad que le arrancó un jadeo involuntario.

—Te equivocaste de antídoto, monja —raspó Rodrigo contra su piel, devorándole la curva del cuello mientras la apretaba contra su torso rígido—. Me has despertado.

"He prendido fuego al bosque y no tengo un solo extintor a mano".

El contacto era aplastante. La mano de él se deslizó bajo la tela, rozando la piel desnuda del muslo con un calor abrumador que encendió todas las alarmas en la cabeza de Priscila. El magnetismo del magnate se había vuelto un huracán desenfrenado.

—¡Madrigal, alto! —exclamó Priscila, clavando las palmas de las manos contra el rostro de él para frenar su avance.

Rodrigo alzó la cabeza despacio. Sus ojos grises, oscurecidos hasta parecer carbón, brillaban con una fijeza salvaje. La respiración de él le quemaba los labios.

—Fue tu boca la que empezó esta guerra —murmuró él, sujetándole las muñecas con una sola mano y aprisionándolas contra el anaquel, encima de su cabeza. El dominio era absoluto—. No me pidas piedad ahora.

—¡Fue una maniobra de primeros auxilios! —protestó Priscila, encarando a la fiera—. ¡Estabas a punto de hiperventilar como un pollo!

—Y ahora estoy a punto de cometer un sacrilegio —repuso el empresario, inclinándose con una lentitud tortuosa.

—Pues te aguantas —espetó Priscila, girando la cara en el último milisegundo—. No soy una de tus conquistas ejecutivas ni tu santa de la carretera. Se acabó la sesión, Rodrigo. Suéltame.

La firmeza tajante de su negativa congeló el avance de Rodrigo. Él apretó la mandíbula, procesando la barrera que ella acababa de levantar. Nadie le decía que no. Nadie lograba frenarlo en seco cuando la sangre le ardía de esa manera.

Un pitido electrónico agudo rompió la tensión casi táctil que envolvía la estancia.

El panel numérico de la puerta parpadeó en verde. La cerradura magnética cedió con un chasquido pesado y la puerta de acero se entreabrió un par de centímetros, dejando entrar un haz de luz halógena del pasillo.

—¡Señor Madrigal! —resonó la voz de la secretaria desde el exterior—. ¡El sistema ha detectado el bloqueo del archivo! ¿Se encuentra bien?

Priscila aprovechó el instante para zafarse del agarre, deslizándose del anaquel de un salto rápido. Se recolocó la falda con un gesto brusco, intentando sofocar el bochorno de sus mejillas.

Rodrigo dio un paso atrás muy despacio, pasándose los dedos por el cabello desordenado para recuperar la compostura. Su mirada gris se clavó en Priscila con una promesa implícita que le puso los pelos de punta.

—Estamos perfectamente —respondió Rodrigo con voz profunda, empujando la puerta de acero para abrirla del todo—. La señorita Alarcón acaba de aplicarme un protocolo de emergencia… impecable.

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