Capítulo 9 LA DEVOCIÓN DE LOS DEVOTOS

Todo se estaba saliendo de control. —No te rías, pedazo de ateo —siseó Priscila, pegando la espalda a la puerta mientras los golpes de los devotos hacían vibrar la madera—. Como esa gente descubra que mi hábito es cien por cien sintético y huele a suavizante de tres euros, me linchan con las sábanas...

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