Capítulo 4 4
Cande
Levanté la mirada y me encontré a un muchacho de ojos azules, el azul más hermoso que vi en mi vida. Su cabello era algo ondulado y negro y los tatuajes en sus brazos resaltaban más el color de sus ojos. Su postura era algo intimidante, y tenía aires de chico malo. Me di cuenta de que lo miré por varios segundos antes de responderle. Aunque ni siquiera sé qué es lo que me quiso decir.
Me observó esperando una respuesta.
—Perdona, ¿qué?
—El dueño de la discoteca. Quiero hablar con él.
—En este momento está arriba ocupado. Pidió que no lo molestemos. ¿Qué necesitas?
—Vengo a la entrevista de trabajo. Tengo una ahora —explicó.
Así que él era el chico al que tenía que entrevistar para el puesto de guardia de seguridad hoy. No era la hora para una entrevista (el reloj ya marcaba más de las nueve de la noche), ni tampoco era adecuado que yo lo entrevistase, pero no me quedaba otra opción. Así es… quien iba a entrevistarlo era yo, por órdenes de mi jefe, quien aparentemente estaba muy ocupado en su oficina, seguramente bebiendo una botella de Vodka mientras miraba el partido de fútbol. Yo no sabía hacer entrevistas, no sabía qué preguntar, así que tendría que improvisar. Me ponía un poco nerviosa hacerlo.
—Oh, tú eres… —intenté recordar su nombre—. ¿Eres…?
—Me llamo Stefan —respondió.
Me gustaba su nombre. Y su acento.
¿Era inglés? ¿O australiano? Siempre me confundía el acento. Sea como sea, su acento era muy seductor.
—Sí, ven, pasa por aquí —le hice una seña para que me siguiera.
Entramos al cuarto de descanso, donde también teníamos nuestros casilleros para dejar nuestras mochilas. Un pequeño escritorio con sillas para las entrevistas estaba situado en el medio. Un sofá verde viejo, con algunas rajaduras, pero algo cómodo, yacía en el otro extremo de la habitación. Stefan se sentó frente a mí cuando se lo indiqué.
—Espera… ¿Tú eres quien hará la entrevista? —me miró extrañado.
—Sí —respondí, viéndolo extraña. Me senté y dejé mis brazos sobre la mesa después de buscar en el cajón su currículum—. ¿Por qué?
—Pensé que solo servías bebidas.
—Hasta hace unas horas, yo pensaba exactamente lo mismo, pero a mi maldito jefe le gusta darnos trabajos que no nos corresponden porque él está lo suficientemente ocupado viendo su partido de fútbol en su oficina.
—¿Al menos te pagará por hacer entrevistas y servir tragos?
—No. No que yo sepa.
Stefan no respondió, solo asintió, con esa misma expresión seria con la que cruzó la discoteca.
—Entonces... Stefan Swift... —leí su nombre en la hoja—. Aquí dice que antes has trabajado como guardia de seguridad en dos bares y una discoteca en Londres, Inglaterra.
Afirmó con la cabeza.
—Bueno… Empecemos ¿Por qué viniste a Canadá?
—Eso es un poco personal, ¿no crees?
Me encogí de hombros.
—Tú mismo lo dijiste, hasta hoy al empezar mi turno, yo también creía que solo servía bebidas, pero mi jefe me ha encargado esta entrevista. No tengo idea de qué preguntarte —admití. A juzgar por el calor que subía a mis mejillas, creo que mis mejillas ya estaban coloradas—. Pregunto lo primero que se me viene a la mente. Tú solo contenta.
Stefan, alejando su expresión seria, me obsequió una leve sonrisa que me puso nerviosa
—Bueno… Para ahorrarte el tiempo aquí en la entrevista, que claramente no tienes ganas de hacer, ¿por qué simplemente no dejamos esta entrevista y tú le dices al jefe que te he convencido y que él tiene que considerar darme el trabajo? Te ahorrarías quedarte aquí.
Sonreí. Por supuesto, él la quería demasiado fácil.
—No quiero tener un guardia de seguridad deshonesto en el lugar en el que trabajo.
Sonrió levemente una vez más. Qué lindo era.
—¿Deshonesto? —enarcó una ceja—. No me conoces. No soy deshonesto
—Exacto. —Miré los leves moretones en sus brazos y, aunque no fuera asunto mío, no pude evitar preguntarme qué le había pasado. Quizá se metió en una pelea. Stefan tenía ese aire de meterse en líos. Sí, lo sé, está mal juzgar por las apariencias.
Su voz me sacó de mi pequeña sumisión. Eso me pasaba por ser tan jodidamente indiscreta.
—¿Los músculos de mis brazos te llaman la atención? —Su tono era de arrogancia—. Sí, lo sé, tengo buen físico.
Rodé los ojos.
Cómo odiaba que las personas fueran así. Y justo me había tocado entrevistar a un chico así.
—Arrogante.
—Solo digo la verdad, y no es arrogancia, se llama alta autoestima —respondió, con esa mirada que podía atravesar mis ojos y hacerme sentir incómoda. Me removí en mi asiento—. Entonces... —miró el nombre bordado en mi camisa—. Cande —pronunció, saboreando mi nombre. Su acento era algo adictivo—. ¿Tengo el trabajo?
¿Así de rápido?
—No, eso no lo decido yo.
Mis ojos volvieron a ser atraídos por el reloj caro de su muñeca. Sí, realmente se veía caro.
—¿Piensas asaltarme por el reloj? Digo, por cómo lo miras, comienzas a asustarme. —Y otra vez la arrogancia en su tono.
Lo miré de mala gana. Al parecer, era muy bromista. Y yo que pensaba que era demasiado serio.
—Eres muy molesto, ¿te lo han dicho?
—Eres mala disimulando miradas, ¿te lo han dicho? —contraatacó—. Tal vez debería decirle a nuestro jefe que intentaste robar mi reloj.
Agrandé un poco los ojos.
—¿Cuándo intenté hacer eso? Mentiroso. Además, ¿en serio? ¿Nuestro jefe? Tú no trabajas aquí aún. No te hagas ilusiones
—Exacto. Aún.
Increíble.
—¡Bueno, sí que eres arrogante! No te ilusiones, el jefe es un idiota. Puedes ser demasiado bueno para el trabajo, pero él puede contratar a un idiota en lugar de a ti.
Sonrió, mostrando sus perfectos dientes. Stefan tenía una sonrisa muy linda.
—No suelo serlo —contestó, volviéndose serio de repente. Vaya, también había cambios repentinos de humor en él—. Pero de verdad espero trabajar aquí.
Esa es una pregunta que se hace en las entrevistas.
—Oh, bien, esa es una buena pregunta: ¿por qué quieres trabajar aquí?
—Porque soy nuevo en el país, en la ciudad, y tengo que trabajar. Necesito el dinero —contestó, obvio.
—Bueno, el jefe te llamará si te cree apto para el trabajo.
Stefan se inclinó hacia adelante, tomando mi mano derecha y haciendo una leve presión.
—En serio necesito el trabajo —repitió, con esa mirada seria, combinada con una pequeña pizca de preocupación y ¿desesperación?
Me tomó unos segundos dejar de ver sus ojos y quitar mi mano de debajo de la suya. Stefan observó mi acción.
—Disculpa.
—Ah, eres arrogante, pero te disculpas —bromeé. Creo.
La verdad no sabía mucho de Stefan, pero su mirada de necesito el trabajo y su tono preocupado me recordó a mi entrevista, que, por cierto, fue mi primera. Me llamaba mucho la atención sus ojos profundos, azules, penetrantes, sobre todo ese acento australiano que le quedaba divino con su voz. Probablemente al trabajo iban a dárselo a Stefan, porque él fue el único que se interesó en el puesto de guardia de seguridad. En esta discoteca las peleas eran frecuentes, siempre terminaba algo roto, como los vasos, botellas, o la cara de algún borracho y de vez en cuando teníamos que llamar a la policía porque no podíamos poner orden en la discoteca, ni siquiera el propio jefe. Tenía entendido que los tres anteriores guardias renunciaron por cantidad de peleas en la semana, ellos terminaban bastante heridos al intentar separar a los contrincantes. Si Stefan quería este trabajo tenía que saber lo que le esperaba. Pero era muy probable que él se lo quedara, aunque no iba a decírselo, no quería hacer que se ilusionara.
Stefan salió del cuarto de descanso cuando se lo indiqué y salí detrás de él, dispuesta a advertirle sobre las peleas. Hice una mueca de disgusto cuando noté la cantidad de nuevos clientes que llegaron a la discoteca mientras yo estuve dentro de esa habitación con Stefan. Esta iba a ser una noche larga y terminaría agotada. Maldición.
—Estás preciosa, nena —me dijo un tipo, un cincuentón, cuando pasé por al lado de la barra. Sostenía un vaso de whisky y me observaba descaradamente, con deseo.
—Y tú qué asco das. ¿Qué te crees? Así no conquistas a nadie —respondió Stefan, sorprendiéndome. Su tono fue bastante agresivo. El tipo lo miró, al igual que Stefan a él, y el primero terminó por apartar la mirada, incómodo.
Intercambié miradas con mi compañera Caroline y luego seguí caminando, detrás de Stefan, quien ya estaba cruzando la puerta trasera de la discoteca, por esa en la que salíamos solo los empleados Prácticamente él ya actuaba como si trabajara aquí. Me apresuré y salí al exterior, abrazándome por el fresco viento de la noche.
—¡Stefan! —lo llamé, deteniendo su paso.
—Cande —se dio la vuelta. Él tenía una manera peculiar de decir mi nombre. Me agradaba mucho.
Seguía sorprendida porque me había defendido. Nadie solía hacerlo. Por lo general, todos los que entraban en esa discoteca, eran unos asquerosos y malditos inmorales que no les importaba que cosas así pasaran. Pero Stefan había intervenido. Vio una situación que no era correcta, y decidió hacer algo. No se quedó callado como la mayoría hace siempre.
Era arrogante, pero me caía bien.
—Gracias por eso —sonreí de lado. Él solo asintió—. Deberías saber que aquí las peleas son muy frecuentes, y por lo general, quien más termina herido es el guardia de seguridad —hice una mueca.
—Oh… ¿Intentas ahuyentarme? Te advierto que no me da miedo.
—No —dije rápidamente—. Yo te estoy advirtiéndote, para que sepas en donde te estás metiendo si te llaman para el trabajo —proseguí.
Stefan se pasó la mano por su pelo oscuro, desordenándolo un poco.
—Con eso tampoco me asustas. Estoy acostumbrado a las peleas —contestó, rodeando un hermoso auto negro, aparentemente caro. ¿En serio él necesitaba el trabajo? Tenía muchas cosas muy caras—. Hasta pronto, Cande.
Se metió en su coche y se marchó.
Me quedé allí parada un momento, viendo cómo se marchaba. Dijo que estaba acostumbrado a las peleas. ¿Quién está acostumbrado a ellas? Por sus cicatrices y lo que dijo, creo que él era alguien se metía mucho en problemas.
Él tenía algo en esa mirada oscura. Sus ojos me llamaban mucho la atención. Me daban ganas de conocer sus secretos.
