Capítulo 5 5

Cande

—Hablamos luego, Cande. Cuídate —la escuché esnifar.

—Adiós, mamá —me despedí de ella y colgué la llamada.

Me limpié las lágrimas.

Habíamos tenido una charla bastante emocional. No sé en qué momento empezamos a hablar de cuando yo era una niña y terminamos llorando de esta manera, por la nostalgia. Me sequé las lágrimas, pensando en todo lo que dejé atrás. Sabía bien que cuando tuviera mi título en manos, todo este esfuerzo y este dolor de estar lejos, habría valido la pena. De hecho, en este mismo momento, todo valía, pues estaba más que orgullosa de cómo iba creciendo como persona.

Durante mis diecinueve años de vida, mi mamá siempre me dijo que su sueño de toda la vida ha sido estudiar, que cuando niña veía pasar a todos esos adultos jóvenes con carpetas en manos, caminando hacia la universidad más cercana de su pueblo, y que se imaginaba siendo como ellos, con el poder de decidir qué carrera estudiar, luchando por su futuro. Siempre se le iluminaban los ojos al contármelo, supongo porque le dolía no haber podido estudiar. Mamá se quedó embarazada de mí a los dieciséis años, y desde entonces, se dedicó a cuidarnos. Mis abuelos la obligaron a casarse con mi padre (por suerte, mamá y papá se amaban mucho) y ambos se dedicaron a cuidarnos y a trabajar en lo que fuera que trajera dinero a la casa, tuvieron que dejar los estudios, pues el tiempo que tenían era muy escaso.

Muy probablemente, por eso yo tenía tanta ilusión de recibirme, tal vez por eso siempre quise ser tan independiente, por sus historias (porque a pesar de que a mi padre no le gustara estudiar, siempre nos repitió la importancia que esto tiene, para poder vivir mejor), y porque sabía que a ellos les encantaba la idea de verme estudiando en la universidad. Claro, no era de su agrado no tenerme cerca, pero, por ahora, lo estábamos llevando bien, más allá de que alguna que otra vez mamá intentara que regresara y me anotara en una universidad de Vancouver. Era difícil la distancia e ignorar la costumbre de siempre haber tenido cerca a mi familia, pero con el tiempo todo iba a ser más fácil.

Mi objetivo era claro: recibirme lo antes posible, estudiar mucho y aprobar los exámenes. Pero, la verdad, en los últimos días, casi no podía dormir del estrés, era un constante pensar en los enormes apuntes, en los libros, en resúmenes, marcadores de colores y ganas de llorar. Iba algo atrasada y eso me ponía los pelos de punta. La semana había sido algo dura y lo que más me desanimaba era tener que trabajar en ese lugar.

Me preparé lo más rápido para no llegar tan tarde al trabajo. De tanto estrés y cansancio me había quedado dormida sobre la mesa, encima de esos endemoniados apuntes. Me apresuré en el camino, pero llegué al bar un par de minutos tarde.

Me bajé del autobús con muchos nervios, pues temía que me dijeran algo en el trabajo. Mi jefe podía ser un asco cuando quería y seguramente me reprendería por mi tardanza y no quería que me dejara en ridículo, como ya antes hizo, la primera vez que llegué tarde.

Doblé una esquina y me sorprendí de ver a Stefan, el chico al que entrevisté la noche anterior, fumándose un cigarrillo, con esa expresión seria que tanto me llamaba la atención.

—Cande, llegas tarde. No es propio de una empleada que quiere mantener su trabajo —dijo apenas me acerqué a la puerta, intentando ignorarlo.

Pero después de que me dijera eso, no podía simplemente ignorar su presencia. Tenía que responderle. Además, ¿quién se creía que era? Tal vez no me dijo nada para alarmarme, pero el comentario estuvo de más

—¿Tú qué haces aquí?

—¿Qué crees? Me han dado el puesto de guardia de seguridad —respondió con una sonrisa—. Y eso es gracias a que hablaste bien de mí con el jefe.

Sí, después de que él se fuera en su auto y me asegurara de que mi jefe ya no estaba viendo el partido de fútbol, subí las escaleras, toqué la puerta de su oficina y le hablé bien de Stefan con el jefe luego de la entrevista. Stefan dijo que necesitaba el trabajo y me sentí identificada con él porque yo también lo necesité una vez que llegué a Los Ángles, también fui lugar en lugar, intentando conseguir algo que me diera dinero para comer todos los días. Stefan tenía un aire algo raro, su postura y sus ojos eran intimidantes, pero era bromista, un tanto molesto, pero simpático, dentro de todo.

—Soy genial, lo sé —afirmé, queriendo pasar adentro—. Deberías estar dentro del bar, trabajando.

Stefan me bloqueó el paso.

—Estoy en un descanso, llevo un rato trabajando. Y, tú, deberías llegar temprano al trabajo, ¿no te parece?

—Cierra la boca, Stefan, solo me retrasé unos minutos —me defendí, sintiéndome algo irritada—. ¿Serás así de pesado ahora que somos compañeros de trabajo?

—A mí me da lo mismo si llegas tarde o no al trabajo, pero nuestro jefe sí que está algo molesto. Bajó de su oficina y no te vio en tu lugar y empezó a hacer preguntas de dónde estabas. Yo que tú, entro ahora mismo y voy a hablar con él.

¡Lo que me faltaba! Ya podía imaginarme la reacción molesta de ese viejo. Aparté a Stefan y entré al bar, donde rápidamente, los borrachos empezaron a verme descaradamente. Harta de este acoso.

—El jefe te está esperando en su oficina —dijo Caroline.

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