Capítulo 6 6

Puse los ojos en blanco, dejé mi mochila en el cuarto de descanso y fui escaleras arriba a ver al jefe. La puerta estaba abierta, y cuando me vio, me hizo señas para que me metiera.

—Lamento mucho la demora, había tráfico —inventé.

—Es la segunda vez que llegas tarde, Candela —su tono fue serio. Si algo me molestaba mucho, era esta actitud de mierda que tenía. Me reclamaba haber llegado tarde, era estricto con ello, pero no se preocupaba en sacar a esos borrachos cuando se pasaban de la raya conmigo, o con cualquiera de sus empleadas. Ni hablemos del horario inadecuado en el que citaba a personas para entrevistas de trabajo. ¿Ahora venía a hacerse el estricto? Por favor, qué asco me daba ese tipo.

Está bien que él podía poner las reglas que quisiera en su bar, porque, al fin y al cabo, era el dueño, pero no era correcto cuando muchas veces se le olvidaba que existía algo que se llamaba moral. Era un idiota. Esto era un poco injusto.

—Cande —corregí—. Solo es Cande, jefe. Y lo lamento, no volverá a pasar —aseguré, con ganas de decirle otra cosa poco amable. Lo peor de todo es que tenía que quedarme callada, guardarme mis opiniones, o terminaría despedida—. Lo que pasó es que me quedé dormida estudiando y… —No logré terminar de formular la oración porque él me interrumpió.

—A mí no me importa nada lo que hayas estado haciendo. Tu deber es llegar a tiempo y trabajar tus horarios correctamente. Serás quien se quede a limpiar y a cerrar el bar hoy, tómalo como tu castigo.

¿Castigo?

En ese momento quise decirle demasiadas cosas, pero otra vez me mordí la lengua. Cómo no me esforcé más en el instituto para que la universidad me diera una beca completa.

—A la tercera, vas a terminar despedida. Yo no tengo compasión, Candela —advirtió, cruzándose de brazos. Y diciendo mal mi nombre.

Ni Candelaria, ni Candela. Solo era Candela y a la gente le costaba entender eso.

Sonreí fingidamente.

—Por supuesto, señor.

Maldito.

Cuando bajé las escaleras, noté la mirada de Stefan sobre mí, quien ya se encontraba a un lado de la entrada, vigilando que todo estuviera bien en el bar. Apartó sus ojos de mí un momento después, y qué bueno, porque sus ojos eran algo intimidantes y me sentía muy avergonzada por el trato de mi jefe. A pesar de que Stefan no escuchó lo que me dijo, mi cara era lo suficientemente transparente para dar a entender que algo pasó y que estaba incómoda.

—Cande ¿qué fue lo que ha pasado? ¿Qué te dijo el jefe? —Quiso saber Caroline, sirviéndole una bebida al cliente, una vez que llegué a su lado—. Por favor, no me digas que ese hombre te despidió.

—No, pero aclaró que a la tercera me deja sin trabajo.

Me propuse olvidarme de lo que pasó y ponerme a hacer mi trabajo. Hoy el bar estaba llenísimo, a cada rato entraba algún nuevo cliente, tanto hombres como mujeres, y era algo nuevo, puesto que siempre era puro hombre. Apenas había pasado una hora desde que llegué y ya me sentía agotada, sin ganas, por lo que me dijo el jefe y también tenía que ver el que no había logrado dormir bien en los últimos días.

—Buenas noches. ¿Qué le sirvo? —le pregunté al cuarentón que recién llegaba. Por cómo se veía y olía, pude deducir que él ya venía tomado de su casa o de algún otro bar y venía a este por más alcohol.

—Quiero whisky.

Tomé un vaso y agarré la botella de whisky para servirle a mi cliente y dejé la botella sobre la barra. El hombre me miró durante todo el proceso, y no con deseo, sino con irritabilidad, como si fuese su peor enemiga. Tengo que admitir que me dio un poco de miedo. Miré a Stefan, quien estaba ocupado mirando a una mesa de hombres, atento por si pasaba algo.

—No, no me entiendes. Un vaso de whisky, no. Quiero que me des la botella —exigió.

—No vendemos por botella —respondí—. Es por vaso, señor —expliqué, pero el hombre no parecía entenderlo ni importarle.

Tomó la botella de alcohol que había dejado sobre la barra y me observó desafiante.

—No, en serio, señor, no vendemos por botella —volví a explicar, cansada, intentando sacarle la botella de la mano, pero él hacía fuerza para que yo no lograra mi objetivo.

Ejercí más fuerza y él también. Todo pasó rápidamente: la botella terminó por quebrarse en mis manos y en las de aquel borracho. Hice un gesto de dolor, pues me había cortado un poco la mano y el whisky derrumbado tocó mi herida, haciéndola arder bastante. Quise soltar un pequeño grito, pero me contuve para no hacer más escándalo. Di un paso atrás, justo cuando él tomaba el vaso que le había dado y me derramaba el asqueroso whisky sobre la remera.

Me sentí humillada. Quise golpearle, y estaba a punto de perder el control.

Todos me observaban. Diablos, estaba muy avergonzada. No me había dado cuenta de que Stefan se había acercado a nosotros, hasta que vi cómo tomaba al tipo con fuerza y lo obligaba a ponerse de pie, como si se tratase de una bolsa de papel. Stefan tenía mucha fuerza. Y se veía enojado.

—¡Vete a la mierda! —ordenó seriamente, muy molesto—. Agradece que no puedo golpearte porque estoy en el trabajo, pero no vuelvas a venir aquí o lo haré —Llegué a oír que dijo—. Más vale que no me provoques.

—Maldita sea, ¿estás bien, Cande? —Caroline me miró con terror.

—Sí, Caroline —mentí.

Le obsequié una mirada a Caroline, indicándole que iría ir a cambiarme ahora mismo. Menos mal que siempre llevaba una remera de repuesto en caso de algún accidente. Noté que no solo había alcohol en la tela, sino que también sangre.

Me metí casi corriendo al baño con mi mochila y me saqué la remera para limpiarme el abdomen y los pechos con una toalla húmeda y ponerme la otra prenda. Para mi suerte, mi pantalón no estaba manchado. También me puse perfume, pues detestaba el asqueroso olor a whisky y este claramente estaba pegado a mí por ese idiota. Por último, con una mueca, lavé mi herida, la cual era profunda, pero su largo no medía más de 3 o 4 centímetros.

—Hijo de… —hoy había pasado un mal momento.

Salí del baño, con intención de dirigirme al cuarto de descanso, pues allí había un pequeño botiquín de primero auxilios que necesitaría para vendar mi mano. Me sorprendí al encontrarme a Stefan esperándome fuera del tocador de mujeres, con los brazos cruzados y su espalda apoyada en la pared. Al verme, descruzó sus brazos.

—¿Cómo estás? Vi sangre en tu mano.

—Bien, estoy bien —respondí, con vergüenza. Sabía que no debía sentirla, yo no tuve la culpa, pero aun así tenía pena. Era porque me humillaron.

Me apresuré de alejarme de él con rapidez y entré al cuartito. Stefan se metió conmigo y cerró la puerta tras él.

—Stefan, no hace falta que estés aquí, no ha pasado nada —le aclaré, algo molesta, pero no con él, sino con todo el asunto.

—¿No ha pasado nada? Tienes un corte en tu mano. Eso me dice lo contrario. —Se acercó a mí—. Tienes que desinfectar la herida. Yo puedo ayudarte.

—Pero yo puedo sola, Stefan. —Aparté mi mano cuando él la tomó. Stefan estaba siendo amable conmigo, pero mis ánimos esta noche no estaban de mi lado.

—Cande, déjame ayudarte —su tono fue serio.

Quise negarme una vez más, pero la intensidad de sus ojos me convenció. Stefan tomó el botiquín, lo abrió, buscó gasas, alcohol y cinta.

—Es un poco profunda —verificó.

—Ya sé, duele bastante —afirmé.

—Esto te va a arder un poco —avisó, tomando el alcohol y echándolo en mi herida. Cerré los ojos un momento, quejándome por lo bajo. Stefan limpió rápidamente la herida y vendó mi mano con una gasa, ajustándola con un poco de cinta—. ¿Mejor?

—Sí. —Sonreí levemente. La mano me dolía, maldita sea—. Gracias. Fuiste muy amable.

—Creía que pensabas que era un arrogante —comentó, con un ápice de sonrisa, con sus hermosos ojos clavados a los míos.

Por favor, en serio, qué ojazos tan bonitos y atrapantes.

—Sigo pensándolo —asentí con la cabeza, sonriéndole y caminando hasta la salida del cuarto.

—Cande —pronunció mi nombre antes de que tomara el picaporte de la puerta.

Volteé para verlo.

—Tu perfume… me encanta.

Por alguna razón, su comentario me robó una sonrisa.

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