Ciento diez

La casa estaba demasiado silenciosa. No era el silencio reconfortante de las mañanas de domingo, cuando el olor a café se esparcía por las habitaciones y Noah tarareaba desafinado mientras dibujaba en la mesa. Esto era diferente. Era un silencio afilado como una navaja, un silencio que decía más que...

Inicia sesión y continúa leyendo