Treinta y ocho

La luz que entraba por mi ventana me daba directamente en la cara. Pero me encantaba el sol de la mañana. Mañana, luz, perezosa.

El brazo de Declan estaba sobre mi cintura, su mano descansando en mi cadera. No me había soltado en toda la noche. Aún dormía, respirando lenta y regularmente detrás de ...

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