Ochenta y siete

Para cuando salimos del estacionamiento del restaurante donde estábamos, la tormenta se había vuelto bíblica. Los limpiaparabrisas luchaban contra las cortinas de lluvia que golpeaban el vidrio, y cada relámpago parecía que podría partir el cielo en dos. Declan tenía una mano aferrada al volante y l...

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