Capítulo 5 Un cambio
—Oh… sí —admitió Isabella, un leve rubor tiñendo sus mejillas—. Son de un color bastante peculiar. Si tuvieras la oportunidad de verlos bajo la luz del sol… resaltarían aún más sus tonalidades inusuales.
—¡Ya sé exactamente qué vestido logrará realzar esa belleza tan singular de tus ojos! —exclamó Niles de pronto, su voz resonando con una repentina inspiración, interrumpiendo el suave comentario de Isabella.
La energía que emanaba del hombre se transformó de manera instantánea, como si una dosis concentrada de adrenalina hubiera sido inyectada directamente en su torrente sanguíneo. Retomó su búsqueda con un entusiasmo renovado y palpable, recorriendo con diligencia el estante de ropa de un extremo al otro, sus ojos escudriñando cada prenda en busca de la pieza perfecta. Al no encontrar aquello que buscaba con tanta vehemencia, se desplazó casi corriendo hacia la siguiente hilera de vestidos, revisando meticulosamente cada etiqueta, separando las telas con una precisión obsesiva que denotaba su profesionalismo y pasión por la moda, murmurando entre dientes nombres de diseñadores reconocidos, como si invocara su inspiración.
—El que me mostraste al principio es… —intentó decir Isabella, buscando reconducir la situación, pero Niles, absorto en su búsqueda, levantó una mano sin siquiera dirigirle una mirada, indicándole que guardara silencio.
—¡No! No, no… —negó con vehemencia, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Tiene que estar aquí, es imposible que no esté. Ese vestido es simplemente perfecto para ti. Llegó hace apenas una semana, forma parte de la nueva colección que nos enviaron… es lo último de Dolce & Gabbana, una verdadera joya.
Isabella estaba a punto de insistir, de expresar su opinión, pero el jadeo eufórico que escapó de la boca de Niles la detuvo en seco, captando su atención por completo. Se llevó instintivamente la mano a los labios al verlo estirarse con agilidad para alcanzar un vestido que colgaba en lo más alto del perchero, fuera de su alcance normal.
La preciada prenda cayó con una suavidad casi reverencial entre las manos expertas de Niles, que la recibieron con sumo cuidado.
La parte superior del vestido era de un dorado deslumbrante, confeccionada con un encaje delicado y exquisito, con un favorecedor escote de corazón que prometía proyectar una imagen de elegancia y provocación en proporciones equilibradas. De la cintura hacia abajo, la tela negra profunda caía con gracia en una cascada de tela ligera y vaporosa que parecía flotar ingrávida hasta rozar el suelo de mármol.
Niles lo sostenía con una reverencia casi religiosa, como si se tratara de una obra de arte invaluable, digna de ser exhibida en un museo.
—Este… —dijo con un tono de voz impregnado de reverencia y admiración—. Este es, sin duda, el indicado.
Lo acercó a Isabella con extremo cuidado, como si temiera romper su fragilidad.
—Resaltará a la perfección su piel pálida, creando un contraste fascinante… y realzará de manera espectacular el color único de sus ojos… —se detuvo por un instante, mirándola con una atención minuciosa—. ¿Es una peluca lo que llevas puesta?
Isabella asintió con la cabeza, confirmando su suposición.
—Entonces habrá que retirarla de inmediato —decidió con firmeza—. Su cabello natural tiene que verse, no hay otra opción. Todo el conjunto lo exige, pide a gritos la naturalidad de su cabello.
—Es… —Isabella hizo una breve pausa, como si temiera romper la magia del momento con sus palabras—. Es perfecto, no puedo imaginar nada mejor.
Niles sonrió con una satisfacción evidente.
—Perfecto —repitió, saboreando la palabra—. Y estoy seguro de que usted sabrá lucirlo impecablemente, con la gracia y elegancia que merece.
"si supiera de donde me ha recogido su jefe, no diría lo mismo" pensó ella.
Colgó cuidadosamente el vestido en un tubo alto para evitar que rozara el suelo y pudiera dañarse, y comenzó a moverse por la habitación con una precisión y rapidez sorprendentes, abriendo cajones, cerrándolos con suavidad, seleccionando piezas de ropa y accesorios sin detenerse ni un segundo, como un autómata impulsado por una fuerza invisible.
Isabella se acercó al vestido con cautela. La yema de sus dedos rozó suavemente el delicado encaje dorado. Sintió la textura intrincada y lujosa bajo su piel, maravillándose con su suavidad. Localizó la etiqueta oculta entre los pliegues de la tela y la sacó un poco para poder verla con claridad, pero Niles apareció de inmediato, apartándola con suavidad y firmeza.
—No, no —negó con una sonrisa traviesa—. No se vale mirar el precio, arruinaría la magia.
Ella lo miró con una expresión de confusión en su rostro. Y entonces, una pregunta inesperada surgió en su mente: ¿Está acostumbrado a que su jefe levante mujeres de esta manera, a vestirlas y prepararlas para llevarlas a eventos importantes? ¿Es algo habitual en su trabajo?
—Después no querrá moverse de su lugar por miedo a estropearlo o mancharlo —continuó, tratando de distraerla de sus pensamientos intrusivos y reconducir la conversación—. Si el señor Beckett la ha elegido personalmente para acompañarlo esta noche, es porque ha visto algo especial en usted, algo que lo ha cautivado. Así que siéntase libre de disfrutar de la experiencia, de relajarse y dejarse llevar. Disfrute de cada momento.
Isabella tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo formándose en su garganta.
Niles abrió más cajones con diligencia y, al regresar, le entregó una elegante bolsa.
—Tiene media hora para prepararse. El baño está justo por esa puerta. La ayudaré a cambiarse y a peinarse en un abrir y cerrar de ojos, no se preocupe.
Miró su ropa con discreción, evaluándola con ojo crítico, antes de tenderle otra bolsa.
—Espero que no le tenga mucho aprecio a esa ropa… porque se va a botar, no la necesitará más.
—Oh… no… es… —Isabella se detuvo, sin saber qué decir exactamente—. Solo será esta noche, así que por favor, no me haga irme desnuda cuando todo termine —bromeó, intentando contener la creciente ansiedad que le apretaba el pecho con fuerza.
—No tiene de qué preocuparse en absoluto —respondió Niles con una naturalidad tranquilizadora—. Antes de irse, se le entregará, por cortesía del señor Beckett, un pack completo de ropa de marca, con todo lo que pueda necesitar. Informal, formal, calzado, accesorios, vestidos… Todo lo que trae puesto ahora no es nada comparado con lo que recibirá al final de la noche.
Le extendió de nuevo la bolsa con una sonrisa amable.
—Solo dígame sus gustos y preferencias. Yo haré la elección por usted, basándome en lo que mejor se adapte a su estilo… y esos zapatos también serán reemplazados.
Isabella suspiró profundamente y asintió con la cabeza, resignada.
Veinticinco minutos después, Niles daba los últimos toques a su cabello, trabajando con precisión y delicadeza. Se sorprendió gratamente al descubrir lo largo, negro y ondulado que era su cabello natural, una vez que la peluca fue retirada. El recogido elegante en la nuca dejaba al descubierto su cuello y hombros, realzando el escote del vestido con una elegancia peligrosa, insinuante y sofisticada.
Le entregó un par de aretes de diamantes deslumbrantes.
—Ya es hora de que se vea en el espejo.
La condujo con suavidad hasta un espejo de cuerpo completo, guiándola con cuidado. Isabella levantó un poco el vestido para no tropezar y caminó hasta colocarse frente al espejo. Se quedó inmóvil al verse reflejada, contemplando su propia imagen con incredulidad.
—¿…Soy yo realmente? —susurró, con la voz apenas audible, antes de soltar una risa nerviosa que denotaba su sorpresa y asombro.
—Impecable. Única —dijo Niles con una sonrisa orgullosa—. Disfrute su noche, señorita Isabella. Baile, ría, converse, déjese llevar… esta es su única noche para brillar.
Algo se le apretó en el pecho, una mezcla de emoción y melancolía. Nunca se había visto así en su vida. Nunca se había sentido así, tan elegante y segura de sí misma.
—Gracias, Niles. Fuiste el mejor en lo que haces.
Se giró impulsivamente y lo besó en la mejilla en señal de gratitud. Él se tensó al instante, sorprendido por su gesto espontáneo, llevándose la mano al lugar del beso antes de recuperar la compostura y su profesionalismo habitual.
—Debemos irnos ahora, el tiempo apremia —indicó, señalando el pasillo con un gesto discreto.
Regresaron por el mismo camino que habían recorrido antes, hasta unas imponentes puertas dobles de roble oscuro.
—Aquí termina mi trabajo. Fue un verdadero gusto ayudarla y ser parte de esta transformación.
—Gracias de corazón —respondió Isabella con una sonrisa sincera que iluminaba su rostro.
Cuando Niles desapareció, respiró hondo para calmar sus nervios. Tocó la puerta dos veces con los nudillos, anunciando su presencia.
—Adelante —respondió una voz desde el interior.
Cerró los ojos por un segundo, concentrándose en su objetivo.
Esta es tu noche, Isabella. La renta depende de esto. Es el boleto a una vida mejor. Concéntrate en lo que tienes que hacer.
Entró en la habitación con determinación.
Beckett estaba de pie frente a un mueble repleto de libros, con una pose relajada. Dejó un vaso de cristal sobre la mesa rústica sin mirarla directamente, manteniendo su atención fija en otra parte.
—Cierra la puerta, por favor. Tenemos que hablar antes de irnos.
Ella obedeció sin dudar. Cuando él se giró finalmente para indicarle que tomara asiento, se quedó completamente inmóvil, paralizado por la visión que tenía frente a él.
El impacto fue inmediato e innegable.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Abrió un poco más los ojos, observándola con una intensidad creciente. La recorrió con la mirada de pies a cabeza, deteniéndose en cada detalle de su apariencia.
Niles ha hecho una elección impecable, pensó para sí mismo.
Se aclaró la garganta con un ligero carraspeo, tratando de retomar el control de la situación y de sus propias emociones. Se acercó a ella con paso firme.
—Estás hermosa, Isabella —dijo, con la voz ligeramente ronca.
El ceño se le frunció al instante, como si se reprochara mentalmente haber expresado ese cumplido en voz alta. La frialdad regresó a su mirada, ocultando la sorpresa inicial. Los hombros se le tensaron ligeramente.
—Gracias —susurró ella, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas.
—Tenemos que irnos ahora, el tiempo es oro —miró su reloj de pulsera con un gesto impaciente.
—Espera un momento —dijo Isabella, deteniéndolo—. ¿Y si alguien pregunta de dónde soy o a qué me dedico? No quiero tener que decir: “llevo dos días trabajando como prostituta, ahí va empezando la cosa...”.
Beckett soltó una carcajada sincera, sorprendido por su franqueza.
—Vaya ingenio que tienes —dijo, sonriendo—. Di lo que quieras, inventa lo que se te ocurra. De todas formas, nadie presta atención a mi acompañante en este tipo de eventos. Solo quieren saber sobre mis proyectos, mi empresa, mi familia…
Se quedó callado por un segundo, pensativo.
—Solo será una noche, Isabella —continuó, con un tono de voz más serio—. Mañana regresarás a tu vida normal y yo a la mía. No volveremos a vernos después de esta noche.
Sacó un cheque en blanco y se lo extendió.
Isabella lo miró con incredulidad… estaba completamente en blanco, sin ninguna cantidad escrita.
—Tú pones el precio que consideres justo.
—¿Estás seguro de eso? —bromeó—. ¿No temes que pida un millón de dólares?
—Sé que valdrá cada centavo que pidas.
Sus ojos azules la atravesaron con una intensidad penetrante. Isabella se aclaró la garganta, sintiéndose ligeramente intimidada.
—Al terminar la noche… pondré la cantidad que considere adecuada. ¿Nos vamos ya?
Beckett la observó con una expresión de sorpresa en su rostro, como si estuviera evaluando su determinación.
—¿Estás realmente lista para esto, Isabella?
Ella arqueó una ceja en señal de confianza.
—Nací lista para esto, Beckett.
