Capítulo 6 Una fiesta

La limusina se detuvo suavemente.

—Llegamos —anunció Beckett, con una voz que intentaba ocultar una tensión apenas perceptible.

Antes incluso de que el chófer, un hombre de mediana edad con el rostro curtido por años de servicio, pudiera reaccionar, Beckett ya estaba abriendo la puerta. Se bajó del auto con una agilidad sorprendente, rodeando el vehículo con paso decidido. Sus zapatos de cuero resonaban levemente contra el pavimento. Llegó al lado de Isabella y, con un gesto inusual, abrió él mismo la puerta para ella.

El chófer, acostumbrado a la rutina y la discreción, no pudo evitar una expresión de sorpresa. Era una escena atípica. No era común, en absoluto, ver a su jefe, un hombre reservado y poderoso, realizando una acción tan considerada. Mucho menos por una mujer, pensó, frunciendo ligeramente el ceño.

Durante el trayecto, el chófer había observado a través del espejo retrovisor. La mirada de Isabella, intensa y enigmática, le había cautivado. Y no había sido el único en notarlo. Beckett, con su aguda percepción, se había percatado del interés del chófer. Sin mediar palabra, simplemente subió la ventanilla polarizada, creando una barrera visual, marcando territorio de una forma sutil pero inconfundible. Un gesto posesivo, silencioso pero elocuente.

El chófer, al ver la ventanilla subir, torció los labios con una mezcla de resignación y derrota. Comprendió el mensaje.

Beckett, con una firmeza que transmitía seguridad, tomó la mano de Isabella. La ayudó a salir de la limusina con delicadeza. Juntos, comenzaron a subir las escaleras de la imponente mansión con precaución. Beckett marcaba el ritmo, atento a que ella no tropezara con el largo y elegante vestido que llevaba puesto. La brisa nocturna susurraba entre los árboles del jardín. La mansión permanecía en silencio desde el exterior. Era tarde, ciertamente. El denso tráfico de la ciudad vecina los había retrasado más de lo previsto, añadiendo una capa de impaciencia al ambiente.

Una vez dentro, se encontraron en un pasillo largo y majestuoso. La iluminación tenue resaltaba la opulencia del lugar. Techos altos adornados con intrincadas molduras, paredes adornadas con relieves impecables, estatuas antiguas que parecían observarlos desde las sombras con una mirada pétrea e inexpresiva. La atmósfera era de una elegancia imponente, casi intimidante. No había nadie a la vista en ese momento, pero a lo lejos, proveniente del interior de la mansión, se escuchaba la música. Una melodía elegante, viva, cargada de expectación y un sutil matiz de misterio.

Isabella, con un asombro contenido, observaba cada detalle del entorno. Su mano descansaba suavemente sobre el brazo de Beckett. Él notó cómo se tensaba ligeramente, cómo su respiración se volvía más consciente, más controlada. Podía sentir la ligera vibración de su cuerpo.

Contrólate, se dijo a sí misma en silencio.

No arruines esto. No abras la boca como una turista impresionada por la grandiosidad del lugar. Mantén la compostura.

—Es hermoso… —murmuró finalmente, con una voz suave que apenas rompía el silencio—. ¿Cuál es el motivo de la fiesta? ¿Qué celebraremos esta noche?

Beckett se detuvo frente a las puertas dobles, imponentes y altas, con un picaporte de metal pulido que brillaba bajo la luz tenue. Del otro lado, tras esas puertas, estaba todo el mundo. Y con ello, todo el circo social, toda la hipocresía y las falsedades que tanto detestaba.

Por un segundo fugaz, los recuerdos amargos de la mañana amenazaron con subirle por la garganta, sofocándolo. Una oleada de dolor y humillación lo invadió.

Clarissa Hill.

Hija de uno de los senadores más poderosos del país. Una familia influyente y despiadada.

Su prometida.

Cabalgando, sin ningún pudor, al tipo que modelaba calzones para una marca internacional. La imagen lo quemaba por dentro.

La sorpresa romántica que él había planeado meticulosamente, con tanto esmero, terminó convirtiéndose en su propia y pública humillación. Un golpe bajo que lo había dejado aturdido.

Se había marchado en silencio, intentando preservar algo de su dignidad, pero el silencio era un lujo que no existía para gente como ellos. La noticia, jugosa y escandalosa, se había propagado como pólvora a través de los canales sociales. ¿Qué le quedaba ahora? ¿Encerrarse en su casa frente a la playa, lamiendo sus heridas en soledad, o aparecer esta noche con una mujer hermosa del brazo y seguir adelante, desafiando las habladurías?

Había elegido lo segundo. Una decisión estratégica, una forma de enviar un mensaje.

Guardó todo el dolor y la rabia en algún lugar profundo de su ser, reprimiendo sus emociones. Esta noche no permitiría que eso lo consumiera. Esta noche no cargaría con el peso de la traición.

—Es el cumpleaños de un ex amigo —respondió finalmente, con una calma forzada que contrastaba con la tormenta interior.

Isabella abrió los ojos con sorpresa. No era la respuesta que esperaba. En su mente, había imaginado galas benéficas, subastas silenciosas, eventos de caridad… no algo tan simple y personal como una fiesta de cumpleaños.

No dijo nada más. Solo asintió levemente, como si dijera ah, claro, entiendo. Una respuesta educada pero sin compromiso.

Beckett interpretó su silencio. Entendió que ella había captado la ambigüedad de su respuesta. Empujó una de las puertas dobles con decisión.

El bullicio del salón, intenso y vibrante, se apagó repentinamente.

No de golpe, pero sí lo suficiente como para que la diferencia se hiciera sentir. Beckett lo pensó con ironía: el panal de avispas acaba de notar que alguien movió la colmena. El silencio expectante era palpable.

Su figura alta y firme parecía cubrir a Isabella casi por completo, protegiéndola de las miradas inquisitivas. Aun así, los cuellos se estiraron, las cabezas se giraron. Las miradas buscaron con curiosidad y escrutinio. Las bocas comenzaron a murmurar en voz baja, creando un zumbido constante.

¿Quién es ella?

¿De dónde salió esta mujer?

¿Es la nueva conquista?

¿Así que Clarissa ya ha sido reemplazada tan rápido?

Desde el balcón, un músico, obedeciendo una orden silenciosa, hizo que la música volviera a subir de volumen, intentando disimular lo evidente, llenar el vacío incómodo y desviar la atención.

Isabella se sintió repentinamente expuesta, como si estuviera desnuda bajo el escrutinio de todos.

Las mujeres la miraban con una intensidad que parecía capaz de arrancarle la piel con los ojos. Los hombres, con una curiosidad más peligrosa, con una mezcla de admiración y deseo. Su seguridad vaciló por un instante… hasta que la mano de Beckett se entrelazó con la suya, brindándole apoyo, y la apretó sutilmente. Una caricia silenciosa, un mensaje reconfortante.

No estás sola. Estoy aquí contigo.

Él también se sentía incómodo, vulnerable. Ella lo notó en el leve fruncir de su ceño, en la fina capa de sudor que comenzaba a asomarle en la frente. El ambiente tenso lo afectaba.

—Disculpa —dijo una voz conocida, cortando la atmósfera cargada—. Ex amigo.

Rody Wallace apareció con una sonrisa ensayada, sosteniendo una copa de champán en la mano. Su mirada era astuta y observadora.

—Ya sabes cómo es la gente cuando huele sangre fresca —continuó, con un tono condescendiente—. Aman el chisme. Se deleitan con la desgracia ajena.

Entonces sus ojos se posaron directamente en Isabella. La examinó de arriba abajo con una intensidad palpable.

Ella dio un pequeño paso atrás, un movimiento instintivo de defensa. Beckett lo impidió con un gesto casi imperceptible, reafirmando su presencia.

—Vaya… —Rody sonrió más lentamente, con una expresión que revelaba su sorpresa—. Hermosa. Pero hermosa acompañante tienes esta noche, Cameron. Una mujer realmente deslumbrante.

—Feliz cumpleaños, Rody —respondió Beckett con una media sonrisa cargada de veneno, ocultando su creciente irritación—. Que sigas envejeciendo y llenándote de arrugas. Que la vida te siga tratando tan bien.

Rody agitó la mano con un gesto divertido, intentando restar importancia a las palabras de Beckett, pero no dejó de mirarla, intrigado y cautivado.

—Creo que es de mala educación mirar de esa manera, señor Wallace —intervino Isabella, con una compostura admirable.

Su voz fue suave pero firme, transmitiendo seguridad y confianza. Sus ojos brillaron con inteligencia y una chispa de desafío.

—Pero antes de que diga algo más… —sonrió con sinceridad—. Soy fan de su trabajo. De su pasión por la gastronomía. Ah, y feliz cumpleaños, por supuesto. Si hubiera sabido que era su propia fiesta, habría traído algo. Un detalle, aunque sea pequeño.

Beckett se tensó visiblemente.

La ira le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica cuando vio el interés genuino de Rody, la forma en que la miraba, el respeto en su voz. Tiró ligeramente del brazo de Isabella y dio un paso al frente, interponiéndose entre ellos.

—¡Vaya! —Rody esquivó la tensión con elegancia y una sonrisa forzada—. Gracias. Ese es uno de los cumplidos más sinceros que he recibido en mucho tiempo. Lo aprecio.

Miró a Isabella de nuevo, dedicándole una sonrisa encantadora.

—Espero algún día invitarte a probar el nuevo menú de mi restaurante. Sería un honor.

Luego volvió su atención a Beckett.

—Simplemente… —se encogió de hombros, intentando parecer despreocupado— sorprendido, ex amigo. Pasen, pasen. El banquete está al fondo. Tengo que seguir saludando a los demás invitados. Disfruten de la noche.

Beckett estaba a punto de hablar, de responder a la provocación. Estaba a punto de cerrar aquello, de poner fin a la conversación. Incluso estaba considerando la posibilidad de marcharse, de escapar de ese lugar tóxico.

Pero Isabella se adelantó con gracia y determinación.

—Gracias —dijo con una sonrisa impecable, irradiando encanto—. Que siga disfrutando su noche, señor Wallace.

Rody estuvo a punto de irse, dando por terminada la interacción.

Beckett respiró profundamente, preparándose para girar sobre sus talones, para alejarse de ese ambiente hostil.

Entonces Rody habló, con una sonrisa de lado, sin mirarlo directamente.

—Por cierto, Cameron… —sonrió de lado, con un tono que destilaba sarcasmo— Cuida y quédate con la mujer esta vez. Parece especial. No la dejes escapar.

Las palabras, pronunciadas con una intención clara, golpearon más fuerte de lo esperado, hiriendo su orgullo.

Beckett cerró la mandíbula con fuerza, reprimiendo su ira.

Isabella no dijo nada.

Pero apretó su mano un poco más, transmitiendo un mensaje silencioso de apoyo y solidaridad.

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