Capítulo 2 CAPITULO 2

Capítulo 2: El rastro en la piel y el refugio del trabajo

El calor en el interior de la camioneta es denso, casi palpable. El aire dentro del vehículo está cargado con el rastro inconfundible de lo que acaba de suceder entre los dos: el aroma a piel tibia, a sudor compartido y a esa intimidad intensa que nos envolvió por completo hace apenas unos instantes. Mi cuerpo entero aún vibra con una sensibilidad a flor de piel; siento una especie de latido sordo y constante en mi centro, un recordatorio físico y profundo de haberme entregado a él.

Lentamente, intento incorporarme sobre el asiento de piel. Me siento un poco mareada, abrumada por la marejada de emociones que me recorre la mente y el cuerpo. Aurelio, al notar mi torpeza para moverme, se acerca con una delicadeza que contrasta brutalmente con su figura imponente. Sus manos grandes y calientes, las mismas que hasta hace un momento me sujetaban con una fuerza posesiva, me ayudan a vestirme. Desliza con cuidado la tela delgada de mi blusa negra sobre mi torso y me ayuda a acomodar el pantalón negro ajustado subiéndolo por mis piernas y caderas. Su tacto, incluso ahora que estamos volviendo a la realidad, me saca chispas en la piel.

Al terminar de vestirme, un calor sofocante me sube por el cuello. La combinación del esfuerzo físico, la temperatura de la mañana que empieza a elevarse y el torbellino interno de nervios hace que mi largo cabello rizado se sienta pesado y abrasador sobre mis hombros. Necesito despejarme el rostro y el cuello de inmediato.

Con las manos temblorosas, recojo toda la masa espesa y kilométrica de mis rizos hacia la parte superior de mi cabeza. Sin espejo, únicamente guiándome por el tacto, doy vueltas a la melena hasta formar un moño alto. Al terminar de sujetarlo, la masa de cabello es tan densa y abundante que el moño se ve enorme, rebasando por completo la proporción de mi propia cabeza. Siento el aire fresco de la loma tocar por primera vez la piel expuesta de mi nuca y mi escote en V, donde aún persisten pequeñas marcas rojas por la barba de Aurelio.

Me termino de ajustar bien la ropa, aliso las arrugas del pantalón sobre mis muslos y me acomodo en el asiento del copiloto. Miro la pantalla del tablero de la camioneta y un escalofrío de pánico me recorre la espalda: los números digitales marcan que ya pasaron de las ocho de la mañana.

—Aurelio, por favor, avánzale —le digo, tratando de disimular la prisa y el temblor en mi voz—. Llévame a mi trabajo, se me hizo tardísimo. Ya son más de las ocho.

Aurelio me mira de reojo mientras enciende el motor diésel, el cual vuelve a rugir con esa potencia baja y firme. No muestra ni una sola chispa de prisa o nerviosismo. Su rostro maduro de 35 años mantiene una compostura implacable, relajada, como si el tiempo fuera algo que le pertenece a él y a nadie más.

—No tienes de qué preocuparte, Maya —dice, pronunciando mi nombre con una voz grave, pausada y cargada de una seguridad tan aplastante que, en lugar de tranquilizarme del todo, hace que algo se me encienda en el pecho—. Tu jefa no te va a decir nada.

Lo miro sorprendida, parpadeando despacio. ¿Cómo puede estar tan seguro? La certeza y el tono de autoridad con el que pronuncia esas palabras me desarman por completo, haciéndome sentir pequeña a su lado, pero al mismo tiempo provocando una turbulencia de emociones que no logro descifrar: una mezcla de enojo, fascinación y una extraña sumisión que me enerva la sangre.

—Gracias, Aurelio, pero de todas formas quiero ir a mi trabajo —le contesto, esforzándome por sonar firme y marcar una línea que mantenga mi independencia intacta.

Él solo esboza una pequeña sonrisa, esa mueca fina que suaviza la dureza de su mandíbula, y mete la velocidad. La camioneta pickup empieza a descender despacio por el camino de terracería de la loma, dejando atrás la banca de madera, el gran árbol de ceiba y el rincón donde dejé de ser la chica que era hace apenas una hora.

El trayecto hacia la frutería transcurre en un silencio denso. Yo mantengo la vista fija en la ventana, viendo cómo los árboles de la carretera y los talleres de maquinaria vuelven a pasar frente a mis ojos, pero esta vez todo el entorno se siente distinto, distorsionado por la sacudida interior que acabo de vivir.

Mi empleo es en una frutería grande, estructurada como una tienda de autoservicio a pie de carretera, con pasillos iluminados, exhibidores llenos de verdura fresca, fruta acomodada en pirámides perfectas y cajas registradoras al frente. Al entrar a la vía comercial, la camioneta de Aurelio se detiene justo enfrente del establecimiento.

Una oleada de pena y vergüenza me golpea de lleno al ver que afuera, junto a los grandes estantes de madera de la entrada, ya se encuentra mi jefa supervisando la descarga de unas cajas. Aprieto el bolso contra mi pecho, sintiendo cómo el rostro se me llena de calor. Llegar tarde en el vehículo del hombre más influyente de la zona no es precisamente la manera en que planeaba empezar mi día.

Bajo del vehículo apenada, manteniendo la mirada baja y tratando de acomodarme el enorme moño de cabello que se balancea sobre mi cabeza con cada paso que doy. Espero, con los hombros tensos, el inevitable regaño por mi retraso.

Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, el reclamo nunca llega. Mi jefa levanta la vista, ve la enorme camioneta, mira a Aurelio a través del cristal y le dedica un saludo respetuoso y asintiendo con la cabeza de manera casi deferente. Luego gira hacia mí y, con un tono totalmente normal, desprovisto de cualquier enojo, simplemente me dice:

—Buenos días, Maya. Pásale, entra a acomodar la mercancía.

Me quedo helada un segundo, sin entender nada, pero no pregunto. Murmuro un saludo rápido y me adentro a toda prisa en el interior del local, escuchando a mis espaldas cómo el motor de la camioneta de Aurelio acelera y se aleja de la orilla de la carretera.

El día transcurre dentro de una neblina mental. Mis manos se mueven por inercia: acomodo manojos de verdura, limpio las repisas de la frutería, cobro a algunos clientes que pasan por las cajas registradoras, pero mi mente no está ahí. Mi cabeza es un hervidero de preguntas que se repiten una y otra vez en un bucle atormentador.

¿Cómo fue posible? ¿Cómo es que en la primera vez que conozco bien a este hombre, en el primer día en que cruzo más de dos palabras con él, le entregué mi virginidad?

Me paso las manos por la cara, sintiendo la piel arder cada vez que el recuerdo de la loma vuelve a mi memoria. Recuerdos vívidos y punzantes de sus manos recorriendo mi cuerpo claro, del contraste de su piel canela con la mía, de la fuerza con la que me sujetaba de las caderas dentro de la camioneta y de la forma en que su boca me hizo perder el control por completo. No logro comprender por qué todo sucedió tan rápido, por qué no puse resistencia, por qué mi cuerpo respondió con tanta hambre a un desconocido. Me siento confundida, dividida entre la culpa de haber actuado de forma tan impulsiva y el eco imborrable del placer que experimenté.

El tiempo dentro de la tienda de autoservicio se estira de manera agónica. Mi turno laboral termina oficialmente a las tres de la tarde. A esa hora, la mayoría de mis compañeros juntan sus cosas y salen apresurados para regresar a sus casas, pero yo no. A mí me gusta quedarme más tiempo.

Hago todo lo posible por retrasar mi salida. Me pongo a reorganizar estantes que no necesitan limpieza, barrenaba los pasillos traseros y ayudo a inventariar cajas en la bodega. Lo último que quiero en este mundo es llegar temprano a mi casa y tener que ver a mi familia. La convivencia en mi hogar es una pesadilla constante, un entorno asfixiante lleno de discusiones, reproches y tensiones acumuladas que me consumen la energía. Para mí, cualquier lugar es mejor que estar bajo ese techo, y prefiero mil veces estar encerrada trabajando que enfrentar la hostilidad de mi propia casa.

Así se me van las horas. El sol de la tarde empieza a bajar, tiñendo el cielo de un tono anaranjado oscuro y fresco.

Cuando los relojes del local marcan las seis de la tarde, me doy cuenta de que ya no puedo postergar más lo inevitable. Ya no hay más mercancía que mover ni excusas para quedarme. Con un suspiro pesado, me suelto el moño alto para dejar que mi cabellera rizada vuelva a caer sobre mi espalda, me acomodo la correa del bolso y me despido de mis compañeros.

Salgo de la tienda de autoservicio decidida a caminar. Necesito el trayecto a pie para despejarme la mente, para tratar de procesar la confusión que me ha acompañado durante todo el día antes de llegar a la tormenta de mi hogar.

Doy apenas unos diez o quince pasos sobre el acotamiento de la carretera, con la cabeza gacha y el viento de la tarde agitándome el cabello, cuando escucho el carraspeo característico de un motor pesado. Levanto la vista, desorientada, y me doy cuenta de algo que me hace detener en seco: a solo unos cuantos metros de la tienda, estacionada a la orilla del camino, se encuentra nuevamente la imponente camioneta pickup de Aurelio.

A través de la ventana abierta del copiloto, lo veo a él. Lleva el brazo izquierdo apoyado sobre el marco de la puerta. Al notar que lo estoy mirando, levanta la mano y me hace una seña clara con el dedo para que me acerque.

Mi corazón da un vuelco violento dentro de mi pecho. Con los pies pesados y una mezcla de nerviosismo y expectativa, me acerco despacio a la puerta del vehículo. Aurelio me mira desde arriba, con esa mirada oscura, grande y profunda que parece leer cada uno de mis pensamientos sin el menor esfuerzo.

—Sube, te llevo a tu casa —me dice con tono tranquilo, directo y sin dar espacio a una negativa.

Me quedo parada a la orilla del asfalto, mirando la puerta abierta del copiloto, sabiendo que subirme de nuevo a esa camioneta significa volver a entrar en su terreno, pero también consciente de que es el único refugio que tengo en este momento para aplazar, aunque sea unos

minutos más, mi llegada a casa.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo