Capítulo 3 CAPITULO 3

Capítulo 3: La loma de las confesiones y el peso del hogar

Miro la puerta abierta del copiloto de la enorme camioneta pickup. La voz grave de Aurelio todavía vibra en el aire de la tarde, firme y serena, sin dejar espacio para objeciones. Me quedo parada a la orilla del asfalto un segundo que se siente eterno, apretando la correa de mi bolso contra el pecho. Subir a su vehículo significa volver a entrar a su terreno, pero mirar hacia la carretera y pensar en llegar directamente a mi casa me provoca un nudo opresivo en el estómago. Con un suspiro imperceptible, rodeo la camioneta, subo al asiento de piel y cierro la puerta, dejando el ruido del tráfico afuera.

Aurelio no dice nada de inmediato. Acomoda sus manos grandes y pulcras sobre el volante y pone la marcha con suavidad. Su presencia sigue teniendo esa carga imponente de un hombre de 35 años que domina cada espacio que ocupa. El motor diésel ruge bajo y la camioneta avanza, pero en lugar de tomar el camino directo hacia mi calle, gira en la esquina y empieza a subir por la pendiente de la loma que está apenas a una cuadra de mi casa. Es un camino elevado, flanqueado por vegetación verde y árboles altos, donde la tranquilidad se siente casi absoluta.

Aparca la camioneta a la orilla de la loma, apaga el motor y se gira ligeramente en su asiento para mirarme de frente. Sus ojos oscuros, grandes y profundos, recorren la línea de mi rostro, bajando un segundo por mi cuello hasta el escote en V de mi blusa negra antes de fijarse en mis ojos.

—Aquí estamos tranquilos —dice con esa voz pausada que me hace erizar la piel—. Tenía ganas de platicar contigo sin la prisa de la mañana.

Un hormigueo de nervios me recorre la columna. Aunque ya estuve a solas con él de la forma más íntima posible, su cercanía me sigue provocando una timidez tremenda. Aprieto las manos sobre mi regazo y intento disimular mi nerviosismo regalandole una pequeña sonrisa, de esas que me salen de manera natural cada vez que no sé cómo reaccionar.

—Está bien... pero no puedo tardarme mucho —murmuro, mirando el reloj de mi muñeca—. Mi familia me espera.

—Tendrás tiempo —responde él, inclinando la cabeza con una mueca ligera que suaviza la firmeza de su mandíbula—. Quiero conocerte, Maya. Sé que te llamas Maya, sé dónde trabajas y a qué hora sales, pero no sé casi nada de ti.

Siento que las mejillas se me encienden al escucharlo decir mi nombre con tanta familiaridad.

—¿Y qué quieres saber? —pregunto, soltando una risita nerviosa que no puedo contener.

Aurelio apoya el codo en el volante y me mira con una curiosidad madura y centrada, sin quitarme la vista de encima.

—Cosas sencillas para empezar. ¿Qué te gusta hacer cuando no estás encerrada en esa frutería? ¿Qué hace Maya en su tiempo libre?

Me acomodo en el asiento, buscando las palabras mientras juego con el dobladillo de mi Blusa.

—Me encanta leer —contesto, y esta vez mi sonrisa es más amplia y sincera, porque hablar de libros siempre me reconforta—. Me gusta perderme en las historias, pasar horas con un libro en las manos. Es como viajar a otros lugares sin moverme de donde estoy.

Aurelio asiente despacio, escuchándome con una atención impecable que me sorprende. No hay rastro de prisa en él; parece dispuesto a quedarse escuchándome todo el tiempo del mundo.

—Interesante... Una mujer silenciosa que prefiere los libros a las fiestas —comenta, y el tono de su voz tiene un matiz de aprobación que me hace palpitar el pecho—. ¿Y qué tipo de historias te gustan? ¿Romance, misterio?

—De todo un poco, pero las historias intensas, las que te atrapan desde la primera página y te hacen sentir mil cosas a la vez, son mis favoritas.

—Lo me imaginaba —dice él, y una chispa de picardía cruza por sus ojos oscuros—. Tienes una mirada viva, muy expresiva, de esas que leen a la gente sin decir mucho. A ver, dime otra cosa... ¿cuál es tu color favorito?

—El verde —respondo de inmediato, sin dudarlo un segundo—. Me gusta mucho el verde. Me recuerda a la naturaleza, a la frescura del campo, a la vida. Siento que transmite paz.

—El verde te iría muy bien —murmura él, recorriendo con la vista el contraste de mi piel clara y mi cabello rizado sobre la tela negra de mi ropa—. Tienes un contraste precioso.

El elogio directo hace que vuelva a bajar la mirada, sintiendo un calor intenso en las mejillas. Para desviarle la atención a mis nervios, lo miro fijamente y me atrevo a hacer la pregunta que me ha estado dando vueltas en la cabeza durante todo el día.

—Aurelio... hay algo que me da mucha curiosidad desde la mañana.

—Dime.

—¿Cómo sabías a qué hora entraba a trabajar? Y no solo eso... hoy en la tarde sabías perfecto que ya había salido. ¿Por qué estabas esperándome cerca de la tienda? ¿Cómo sabes tanto sobre mis horarios?

Aurelio no se inmuta. Mantiene la calma absoluta, recostándose un poco más en su asiento mientras me mira con una fijeza penetrante que me deja sin aliento.

—Me gusta investigar lo que me interesa, Maya —contesta con una tranquilidad tan aplastante que me deja completamente aturdida.

Me quedo helada en mi sitio, parpadeando despacio. La palabra investigar retumba en mis oídos con una fuerza extraña. Saber que un hombre como él, un hombre de 35 años, dueño de un imperio de maquinaria, se ha tomado el tiempo de averiguar mis rutinas, mis pasos y mis horarios solo porque le intereso, me provoca un escalofrío helado que se mezcla con un torrente irreprimible de fascinación.

—¿Investigarme? —alcanzo a musitar, con la voz un poco temblorosa.

—Cuando algo llama mi atención de la manera en que tú lo hiciste desde el primer día que te vi pasar frente al complejo, me aseguro de saber con quién trato —explica, extensiblemente tranquilo—. No me gusta dejar las cosas al azar. Y tú me interesas desde hace mucho tiempo.

Un silencio denso y cargado de electricidad se instala entre los dos. Sus palabras me abruman, pero no puedo evitar sentirme extrañamente protegida y deseada bajo el peso de su mirada. Para romper la tensión que me quema por dentro, miro hacia el frente por la ventana de la camioneta. Desde este punto de la loma se alcanza a ver el techo de mi casa a solo una cuadra de distancia.

Él nota hacia dónde miro y rompe el silencio con una pregunta que da en el blanco con una precisión quirúrgica.

—Hoy te quedaste en tu trabajo hasta las seis de la tarde, cuando tu turno termina a las tres. Te he visto hacerlo otros días también. ¿Por qué prefieres pasar tres horas extra en una tienda de autoservicio en lugar de irte a tu casa?

La pregunta me golpea en el pecho como un puñetazo invisible. Trago saliva, sintiendo que la sonrisa se me borra de la cara por completo.

—No me gusta estar en mi casa —admito en un susurro, mirando mis manos entrelazadas—. En mi casa solo hay problemas. Prefiero estar trabajando, entretenida en cualquier cosa, antes que llegar a un lugar donde solo hay discusiones y tensiones.

Aurelio escucha cada palabra sin interrumpirme, con una gravedad serena en el rostro. Su mirada se vuelve aún más profunda, como si estuviera descifrando cada una de las heridas que intento ocultar.

—Entiendo —dice suavemente—. A veces el hogar no es el lugar donde uno encuentra paz.

—Así es... —suspiro, alzando la vista para mirarlo—. Por eso me quedo más tiempo. Pero ya es tarde, ya son casi las seis y media y si no llego ahora, las cosas van a estar peores.

Aurelio asiente despacio, respetando mi límite.

—Está bien, Maya. No te voy a entretener más por hoy.

Extiende su mano grande y tibia, tomando la mía por un segundo para darle un apretón suave pero firme que me recorre todo el cuerpo.

—Gracias por llevarme, Aurelio —le digo, dedicándole una última sonrisa nerviosa.

—Nos vamos a ver pronto —afirma él con la misma certeza que me enloquece.

Bajo de la camioneta sintiendo las piernas un poco débiles. El aire fresco de la tarde me toca el rostro mientras escucho la puerta de la camioneta cerrarse y el motor diésel ponerse en marcha para alejarse lentamente por el camino de la loma.

Camino a pie el tramo corto que me separa de mi casa. Cada paso que doy hacia la entrada se siente pesado, como si arrastrara cadenas invisibles. La neblina mental en la que he estado sumergida todo el día vuelve a hacerse presente, pero ahora lleva añadida la eco de las palabras de Aurelio: Me gusta investigar algo que me interesa. La frase sigue dando vueltas en mi cabeza, provocándome un remolino interior entre el nerviosismo y una extraña atracción.

Llego a la fachada de mi casa, abro la puerta de la entrada y el ambiente pesado del hogar me recibe de inmediato.

En la sala, mi madre está recostada en el sillón principal, con el control remoto en la mano, concentrada en una serie de televisión que suena con volumen alto. Ni siquiera se gira a mirarme cuando entro; solo mantiene la vista fija en la pantalla. Mi padre aún no ha llegado del trabajo.

Mis tres hermanos menores están repartidos por la casa. Mi hermana Pamela, que tiene dieciséis años y es dos años más chica que yo, está tirada en la cama de su habitación con el celular en la mano, riéndose de alguna pantalla. Mi hermano Joseph, de quince años, tres años menor que yo, está en el pasillo jugando con su teléfono, ensimismado en un juego de carreras. Y mi hermana pequeña, Osiris, de diez años, ocho años menor que yo, está en el suelo de su cuarto rodeada de juguetes pero con la atención completamente puesta en una tableta electrónica. Todos están en sus propios mundos, aislados en sus pantallas, ignorando la tensión flotante de la casa.

Camino directo hacia mi habitación para dejar mi bolso. El cuerpo me pide un descanso desesperado. Me meto al baño, me quito la ropa y dejo que el agua fría caiga sobre mi piel durante unos minutos para tratar de espantar el cansancio y el calor que todavía siento en la cara.

Al salir del baño, vestida con ropa cómoda de casa, camino hacia la cocina para buscar algo de comer. No he probado bocado desde el pequeño almuerzo que compré con Aurelio por la mañana. Reviso el refrigerador y decido prepararme algo rápido y sencillo: armo un sándwich con lo que encuentro y me sirvo un vaso de leche fría.

Me siento a la mesa de la cocina a comer en silencio. Apenas doy el segundo bocado al sándwich cuando mi madre entra a la cocina. Se detiene junto a la barra, me mira de arriba abajo sin la menor muestra de afecto y, con un tono autoritario y seco, me suelta lo primero que se le viene a la mente:

—Qué bueno que llegas. Tienes muchas cosas que hacer aquí. Te hace falta lavar toda la ropa acumulada de tus hermanos y tienes incluso que ponerte a limpiar la sala y la cocina bien, porque está todo hecho un desastre.

La miro durante un segundo. Siento una punzada de amargura en la garganta, pero no le contesto nada. No vale la pena discutir; solo provocaría una pelea a gritos que me agotaría aún más. Simplemente asiento con la cabeza de manera sumisa y sigo comiendo mi sándwich en silencio.

Estoy tan acostumbrada a esto. Estoy tan acostumbrada a ser tratada como la criada de mi propia familia, a cargar con las responsabilidades del hogar mientras los demás se desentienden por completo. Es la historia de todos los días.

Termino mi vaso de leche, me levanto de la mesa y me pongo a trabajar de inmediato. Junto las montañas de ropa sucia de mis hermanos, lleno las tinas, lavo prenda por prenda a mano y en la lavadora, tallando con fuerza mientras mi mente intenta evadirse de la realidad. Luego tomo la escoba y el trapeador para limpiar a fondo el piso de la sala, muevo los muebles, recojo el desorden de los platos y tallo las barras de la cocina hasta que no queda una sola mancha.

El trabajo doméstico es pesado y agotador. Pasó horas enteras limpiando, sudando bajo el calor de la noche, mientras mi familia sigue metida en sus habitaciones o frente a la televisión sin mover un solo dedo para ayudarme.

Cuando por fin termino de recoger el último rincón de la casa, miro el reloj de la pared: son casi las doce de la noche. Mi cuerpo está destruido por el cansancio físico, y mi piel vuelve a estar pegajosa por el sudor del esfuerzo.

Camino a paso lento hacia el baño por segunda vez en la noche. Abro la llave de la regadera y me meto bajo el chorro de agua fría. Siento un alivio inmenso cuando el agua recorre mi espalda, limpiando el sudor, la grasa y el cansancio acumulado de esta jornada larguísima. Me lavo el cabello rizado con cuidado, dejando que la espuma se lleve todo el peso del día.

Al salir, me seco despacio, me pongo una pijama fresca y camino hacia mi habitación. La casa por fin está en silencio; todos duermen.

Me meto entre las cobijas de mi cama y apago la luz. La oscuridad del cuarto me envuelve por completo. Me acomodo de lado, sintiendo el dolorcito sordo en mis músculos y el agotamiento aplastante que me cierra los ojos. Pero justo antes de entregarme al sueño, en la quietud de la noche, la imagen de Aurelio vuelve a cruzar por mi mente: su sonrisa madura, la fuerza de sus manos, la firmeza de su voz diciéndome Me gusta investigar algo que me interesa, y el recuerdo imborrable de su cuerpo sobre el mío en la loma.

Con esos pensamientos dándome vueltas en el alma, m

e acurruco en la almohada y me quedo profundamente dormida.

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