Capítulo 4 Capítulo 4
Es domingo por la mañana. El reloj apenas marca las cinco y el aire helado de la madrugada se cuela por mi abrigo mientras me encamino a la parada. Los domingos son mi único día de respiro de la frutería, pero no para descansar: es el día en que asisto a la escuela de enfermería. Tomo el autobús de las cinco y diez, la ruta que tarda hora y media en llegar a la ciudad donde estudio.
Me subo al camión casi vacío, busco un asiento junto a la ventana y me pongo los audífonos. Con el movimiento constante de la carretera y la música de fondo, la cabeza se me llena de pensamientos. Repaso lo sucedido ayer, la pesadez de regresar a la casa de mis padres y la mala vida que llevo con ellos, entre reproches y sombras de una rutina de la que me urge salir.
A media hora de llegar a la ciudad, el autobús se detiene en una parada intermedia y veo subir a Irina, mi compañera de clases. Me ve, le hago señas y de inmediato se sienta a mi lado.
—¡Hola, Maya! Pensé que no te alcanzaba —dice acomodándose el bolso.
Comenzamos a platicar sobre la semana y el cansancio acumulado. En un momento de desahogo, empiezo a contarle lo que me sucedió en la loma y la extraña dinámica en la que me he visto envuelta, pero me cuido de omitir el nombre de la persona. Aunque Irina vive a una hora de mi casa, tiene familia en el mismo pueblo donde yo vivo, así que prefiero guardarme ese detalle para evitar malentendidos o chismes.
Seguimos hablando de cosas triviales, de las tareas y del horario de clases, hasta que Irina cambia de tema de manera despreocupada.
—Ay, por cierto, no sabes el drama con mi familia. Mi tío Aurelio Reyes anda de un necio... Quiere a toda costa que su hijo se busque una esposa y siente cabeza lo antes posible.
El corazón me da un vuelco en el pecho. Me quedo rígida por un segundo antes de formular la pregunta.
—¿Tu tío Aurelio... es el que es dueño del complejo de maquinaria por donde yo vivo?
—Sí, ese mero —responde Irina sin darle importancia—. ¿Lo conoces?
Me quedo en completo silencio, mirando fijamente la ventanilla. Las piezas encajan de golpe en mi mente con una frialdad absoluta: me he acostado con el primo de mi amiga. Sin duda alguna, el mundo es demasiado pequeño y es algo que acabo de entender de la forma más cruda posible.
Llegamos a la escuela poco antes de las siete. El día transcurre entre carpetas, repasar anatomía y algunas prácticas sencillas de aplicación de inyecciones a las que casi no les presto atención; la mente la tengo atrapada en otro lado. Cuando dan las tres de la tarde, la jornada finalmente termina y salimos juntas hacia la parada.
Irina está a punto de abordar su autobús de regreso cuando diviso una figura conocida estacionada a lo lejos. Es una camioneta pick-up negra. Irina la señala rápido antes de subir al camión.
—Mira, esa es la camioneta de mi tío Aurelio. Qué raro verlo por acá —comenta mientras sube los escalones y se despide con la mano.
Hago como si no la hubiera visto. Camino a paso firme pasando de largo, fingiendo total indiferencia como si la camioneta no estuviera ahí. Doy diez pasos cuando escucho que la portezuela se abre y una voz firme me llama.
—Maya.
Volteo despacio. Aurelio me hace una seña clara con la cabeza para que me acerque. Sin dudarlo demasiado, cruzo la calle y me subo al asiento del copiloto.
—¿Qué haces aquí, Aurelio? —pregunto sin preámbulos, cerrando la puerta.
—Tenía que hacer unos trámites de la empresa y sacar unas piezas aquí en la ciudad. Me encontré contigo de casualidad —responde con total calma, poniendo el vehículo en marcha.
Lo miro de reojo con profunda duda. Me cuesta creerle. Siento que me ha investigado muchísimo más de lo que me imagino, que sabía perfectamente a qué hora salía de clases y dónde encontrarme.
Estamos por tomar la carretera para salir de la ciudad cuando él acelera y toma un desvío distinto.
—Quiero llevarte a conocer un lugar —dice sin mirarme.
—No, Aurelio —niego de inmediato, acomodándome en el asiento—. Tengo que llegar temprano al pueblo. Voy a la frutería.
—Hoy es domingo, Maya. No trabajas.
—Ya lo sé, pero me gusta pasar la tarde con Isis —respondo con firmeza—. Para mí ella es como mi madre y prefiero estar allá. Llévame de regreso.
Aurelio se niega a dar la vuelta y me mira de reojo.
—Hablé con Isis hace un rato —dice con tono tranquilo—. Le pedí chance de que estuvieras conmigo un par de horas.
Lo miro con absoluta incredulidad. Sin confiar del todo en sus palabras, saco mi móvil del bolso y le marco a Isis. Sorprendentemente, al contestar, Isis me confirma lo que Aurelio acaba de decir. Acepta que me quede con él un rato, pero me pone una sola condición firme: tengo que comer algo. Isis me conoce bien y sabe la pelea constante que tengo con la comida. No es que sea bulímica o anoréxica, simplemente siento que estoy un poco pasada de peso. Ella siempre alega que no es cierto, pero así me siento yo. Al parecer, Aurelio también está al tanto de esa inseguridad mía, porque durante el trayecto ha estado insistiéndome en que vayamos a comer.
Sin más razones para negarme, asiento en silencio y dejo que me lleve a conocer aquel lugar.
Nos detenemos en un parque hermoso, muy cerca de donde estábamos. Es un sitio abierto donde puedes interactuar con animales, prácticamente un zoológico interactivo. Empezamos a caminar juntos entre los senderos y, poco a poco, la conversación fluye de manera distinta; comienzo a conocer un poco más de su lado humano.
—Por cierto, conozco a Irina —le comento en un momento, observando su reacción.
Aurelio se detiene un segundo y me queda viendo de una forma rara, indescifrable.
—Me hizo un comentario sobre algo que quiere su padre... o tu padre —añado, intentando tantear el terreno.
Sin embargo, él le resta total importancia al asunto, desviando el tema con frialdad y sin engancharse en lo que le acabo de decir.
Nos acercamos a un puesto y nos sentamos en una de las bancas del parque a comer un hot dog. Lo observo mientras come y me da gracia ver cómo un poco de cátsup se le ha derramado en la barba. Sin pensarlo mucho y sin morbo alguno, estiro la mano y limpio la mancha directamente con mis dedos.
Aurelio se queda inmóvil, mirándome fijamente con esa intensidad oscura. Sin darme tiempo a reaccionar, se inclina y me da un beso. Al principio dudo en seguirle el ritmo, pero la presión de sus labios me vence y termino respondiendo a su beso exactamente con la misma entrega con la que él me busca. De pronto, escucho cómo un gemido rudo y profundo sale de sus labios. El sonido me toma tan de sorpresa que me asusto y me separo un poco.
En ese preciso instante, su teléfono comienza a sonar en su bolsillo. Aurelio lo saca, mira la pantalla y decide no contestar. Pero la insistencia del tono de llamada es tanta que no le queda más remedio que responder. No alcanzo a escuchar qué le dice la persona del otro lado de la línea. Solamente escucho su voz volverse dura:
—Sí, papá. Estaré allá en cuanto antes.
Cuelga la llamada de golpe, d
ejando un silencio denso entre los dos.
