Capítulo 5 CAPITULO 5

(Perspectiva de Aurelio)

Desde la altura del complejo de maquinaria, el mundo parece moverse a otro ritmo, pero mis ojos siempre terminaron buscando el mismo punto. La primera vez que la vi fue el día que regresé a tomar el mando de la empresa. El calor era sofocante, el polvo de la carretera se pegaba a las máquinas y ahí iba ella, caminando por la acera de enfrente hacia la frutería. Tenía ese cabello rizado, denso y larguísimo rebotándole en la cintura con cada paso, y una figura que no pasaba desapercibida para nadie.

Escuchaba a los trabajadores del taller chiflar y gritarle vulgaridades al verla pasar. "Te miras bien, mamasita", le soltaban sin filtro. Yo solo me quedaba en la entrada de la oficina, observándola en silencio, ajustándome el reloj. Un par de veces nuestras miradas se cruzaron a la distancia, pero para ella yo solo era un hombre más entre el ruido del complejo; no vio nada especial en mí esa vez. Para mí, en cambio, se volvió una fijación.

Poco después vino la rabia. Una tarde vi a Omar, uno de los peones del taller, caminando a su lado. Venían juntos desde el pueblo, riendo, y el imbécil se ofreció a acompañarla caminando hasta una cuadra antes de su casa. Verlos juntos me cegó de coraje. La idea de que ese tipo tocara lo que yo ya consideraba mío me revolvió el estómago. Al día siguiente estuve a punto de firmar el despido de Omar sin darle explicaciones, pero antes de liquidarlo lo encaré. El mucho, temblando del susto, me juró que solo eran amigos, que habían estudiado juntos desde hacía años y que no había nada más entre ellos. Me tragué el enojo, pero desde ese día aumenté la vigilancia.

Usar los binoculares desde la loma no fue un impulso; fue una estrategia. Durante tres meses memoricé cada uno de sus movimientos, sus horarios, su cansancio al salir de la casa de sus padres y la forma en que el sol le daba en la piel. Sabía perfectamente qué día abordarla.

Cuando por fin la subí a la camioneta y la llevé a la loma, la urgencia me ganó. Tenerla en el asiento del copiloto, sintiendo su respiración agitada y su confusión, hizo que todo el control que suelo tener sobre mis negocios se desintegrara. La tomé con una desesperación cruda, rápida e intensa, marcándole la piel para que entendiera que ya no había vuelta atrás. Necesitaba que sintiera el peso de mi presencia tanto como yo llevaba sintiendo el de la suya.

Y ahora, el problema es mi padre. Lleva meses insistiéndome con que busque una esposa, con que siente cabeza y le dé estabilidad a la familia antes de traspasarme el resto de las propiedades. Quiere una boda por conveniencia, una mujer de nuestro círculo. Irina ni se imagina que el "tío necio" del que le habla a Maya me tiene la paciencia colmada con ese tema.

Por eso hoy la busqué en la ciudad. Necesitaba verla, sacarla de su rutina y llevarla al parque. Estábamos sentados en esa banca comiendo cuando me limpió la cátsup de la barba con esa inocencia tan suya. Me venció el deseo y la besé. Responder a mi boca y sentir cómo cedía me sacó ese gemido rudo del pecho, un sonido que delató lo mucho que me desarmaba.

Pero el momento se rompió cuando mi teléfono empezó a sonar en el bolsillo. Vi el nombre en la pantalla y quise ignorarlo, pero la insistencia era insoportable. Al contestar, la voz dura de mi padre al otro lado de la línea no me dio margen de maniobra: me ordenó presentarme de inmediato porque esa misma noche habrá una cena importante con varios socios de la empresa y exige que esté presente a su lado.

Tragué veneno, guardé el teléfono en el bolsillo y respondí con la frialdad de siempre:

—Sí, papá. Voy ensevida para allá.

Terminamos de comer en la banca bajo una tensión sutil. Aproveché unos minutos más a su lado, observando sus gestos mientras la tarde comenzaba a caer, antes de ponerme de pie para llevarla de regreso. El trayecto en la camioneta fue tranquilo, pero al acercarnos a su colonia me indicó que me detuviera una cuadra antes. Insistió en que no quería que su mamá la viera llegar en mi vehículo ni generar sospechas en su casa. A regañadientes, detuve el motor y asentí, viéndola caminar hasta perderse en la esquina.

Manejé directo hacia la villa donde vivo. Es una mansión grande, hermosa, de dos pisos, rodeada de áreas verdes y corrales con animales de granja que a mis padres siempre les ha gustado mantener; yo nunca he tenido ningún inconveniente con eso. Al cruzar el umbral de la casa me recibió Lupe, la empleada doméstica que ha trabajado con la familia desde que yo era un bebé.

—¡Hasta que llegas, mi niño! —me dijo con cariño, guiándome hacia la cocina.

Me sirvió un plato caliente de pasta Alfredo. Mientras comía, Lupe se apoyó en la barra con una sonrisa complaciente y me soltó el chisme de la casa:

—Tu papá no solo organizó esto por negocios, ¿eh? Trae a sus socios, pero también vienen las hijas de esos señores a conocerte. Así que ponte guapo y échales un ojo a las muchachas que van a venir hoy.

—No digas tonterías, Lupe —negué con la cabeza, soltando una ligera sonrisa—. No pienso casarme por el momento. Estoy conociendo a alguien más.

Lupe abrió los ojos de par en par, dio un grito de felicidad ahogado y se llevó las manos al pecho. La escena me hizo soltar una carcajada a mandíbula abierta, relajando los hombros por primera vez en todo el día.

En ese momento, los pasos firmes de mi padre resonaron en el pasillo. Entró a la cocina con expresión seria, cortando el ambiente de golpe.

—En una hora llegan los socios, Aurelio. Quiero que estés listo —dijo con tono autoritario.

Asentí en silencio sin entrar en discusiones. Dejé el cubierto en el plato, subí las escaleras hacia mi habitación y me encerré para ducharme y al

istarme para la cena.

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