Capítulo 6 CAPITULO 6

Capítulo 6

(Perspectiva de Aurelio)

El vapor del agua caliente apenas lograba disipar la presión que sentía acumulada en el cuello. Me abroché los botones de la camisa blanca frente al espejo del vestidor, ajustándome los puños con la parsimonia de quien se prepara para entrar a un campo de batalla diplomático. Frente a mi reflejo, la imagen era la de siempre: el heredero impecable, el hombre de treinta y cinco años al que su padre pretendía moldear como la pieza final de su imperio industrial. Pero bajo la tela del pantalón de vestir y la loción costosa, mi mente seguía en aquella banca del parque, en el calor de los labios de Maya y en la textura de sus rizos entre mis dedos.

Terminé de ponerme el saco oscuro y bajé las escaleras. El murmullo de voces y el chocar de copas de cristal ya resonaban en el vestíbulo principal. La villa, iluminada por los ventanales altos que daban hacia los jardines y los corrales traseros, olía a madera barnizada, arreglos florales frescos y al festín que Lupe y el personal de cocina llevaban horas preparando.

Mi padre, erguido cerca de la chimenea de la sala principal con una copa de whisky en la mano, me vio bajar. Su mirada calculadora recorrió mi traje, evaluando cada detalle con aprobación silenciosa antes de hacer me una seña para que me acercara.

—Justo a tiempo, Aurelio —dijo en voz baja pero firme, apoyando una mano sobre mi hombro mientras los primeros invitados terminaban de acomodarse—. Los señores Alarcón y el ingeniero Mendoza ya están en el comedor. Recuerda lo que nos jugamos hoy con la licitación del nuevo tramo carretero. Y mantén los ojos abiertos; no todos los días se reúne a familias de este nivel en una sola mesa.

No me moleste en responder. Asentí de forma apenas perceptible y me dirigí hacia la mesa del comedor principal, una pieza imponente de caoba tallada donde ya se distribuían los invitados.

A la derecha de mi padre se acomodó don Hilario Alarcón, uno de los inversionistas más pesados del estado, acompañado de su esposa y de su hija mayor, Valeria. Valeria rondaba los veintiocho años, llevaba un vestido entallado de color esmeralda y mantenía una postura estudiada, pulida por años de educación en colegios privados de la capital. Del otro lado se ubicó el ingeniero Mendoza junto a su hija Sofía, una joven de veinticinco años, de sonrisa ensayada y ojos inquietos que no tardaron en fijarse en mí en cuanto me senté a la cabecera.

Lupe y las muchachas del servicio comenzaron a repartir el primer tiempo: un crema fina de flor de calabaza acompañada de vino blanco. El sonido de los cubiertos al rozar la porcelana dio inicio a una conversación dominada por las cifras, las toneladas de maquinaria, el precio del acero y los proyectos de expansión en la zona sur.

—Aurelio ha tomado el control operativo de la planta con una firmeza envidiable, Hilario —comentó mi padre, alzando su copa hacia mi dirección con una sonrisa ensayada—. Ha sabido mantener a raya a los sindicatos y optimizar los tiempos de trabajo. Solo le falta un pequeño detalle para consolidar completamente su posición.

—La estabilidad familiar, por supuesto —intervino don Hilario, soltando una risotada profunda mientras cortaba un trozo de pan—. Un hombre al frente de semejante monstruo de empresa necesita una buena mujer al lado. Alguien que entienda el peso del apellido y la responsabilidad social.

Valeria aprovechó el pie de su padre para inclinar levemente el torso hacia mi lado de la mesa, apoyando los codos con delicadeza sobre el mantel.

—Mi papá tiene toda la razón, Aurelio —dijo Valeria, modulando la voz con una suave insinuación mientras me sostenía la mirada—. De hecho, le estaba comentando a mi madre que el ritmo de trabajo en el complejo debe ser agotador. Me encantaría que un día de estos me dieras un recorrido privado por las instalaciones. Podríamos comer algo después en la ciudad... a solas, claro. Digo, para que me cuentes cómo logras manejar tanta responsabilidad sin perder la calma.

—El complejo no es un lugar muy cómodo para visitas de cortesía, Valeria —respondí con tono seco pero educado, tomando un sorbo de agua—. Hay demasiado polvo, el ruido de los motores es constante y el peligro en los talleres no es apto para paseos casuales.

Sofía, al notar el rechazo sutil hacia Valeria, no dejó pasar la oportunidad de intervenir. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y soltó una pequeña risa modulada que buscó llamar la atención de todos en la mesa.

—Ay, pero no seas tan duro, Aurelio —añadió Sofía, clavando sus ojos claros en los míos con una coquetería evidente—. No todo en la vida tiene que ser trabajo y maquinaria dura. Un hombre tan ocupado como tú necesita espacios para desconectarse. Yo acabo de regresar de mi maestría en Guadalajara y la verdad es que encuentro el pueblo un poco aburrido. Me vendría increíble tener un guía con tu madurez para salir a cenar o hacer algo diferente los fines de semana. Dicen que los hombres de tu edad saben perfectamente cómo tratar a una mujer.

La insinuación flotó en el aire con absoluta claridad. Los padres sonrieron de forma complaciente, intercambiando miradas de complicidad con mi padre, quien asentía lentamente mientras saboreaba su bebida. Para ellos, la escena no era más que el cortejo natural entre familias de la misma escala social; un trámite elegante para sellar alianzas comerciales a través de un matrimonio conveniente.

Sin embargo, a mí la conversación me producía un hastío insoportable. Cada frase ensayada, cada risa falsa de Valeria y Sofía solo lograban resaltar la autenticidad de la joven que horas antes me miraba con recelo y duda en la banca de un parque. Maya no tenía vestidos de diseñador ni una maestría en el extranjero, pero poseía un orgullo feroz, una mirada transparente que me desafiaba y una piel que despertaba en mí una posesividad que ninguna de las mujeres en esta mesa podría entender jamás.

Lupe entró en ese momento a retirar los platos del plato fuerte —un lomo en salsa de ciruela que apenas probé— para servir el café y los digestivos. El silencio se hizo por un instante mientras el aroma a café recién pasado llenaba el comedor.

—Bueno —dijo el ingeniero Mendoza, reclinándose en su silla—, creo que la juventud debería aprovechar la noche. Las muchachas están encantadas contigo, Aurelio. Deberían ponerse de acuerdo de una vez para salir este fin de semana. Un hombre soltero, con tu liquidez y a tus treinta y cinco años, no debería pasar tanto tiempo solo.

Mi padre aclaró la garganta, interviniendo con la autoridad que acostumbraba imponer en cualquier reunión.

—Exactamente. Aurelio sabe perfectamente que la empresa necesita una proyección de seriedad. Un matrimonio sólido con la familia adecuada es el paso lógico que estoy esperando que tome este mismo año. Ya hemos hablado de esto, ¿verdad, hijo?

Todas las miradas de la mesa se posaron sobre mí. Valeria me sonrió con suficiencia, dando por sentado que el peso de la presión familiar me obligaría a ceder. Sofía mantenía la taza de café cerca de los labios, esperando mi respuesta con ojos brillantes. Mi padre me miraba fijamente, exigiendo implícitamente una confirmación que sirviera de compromiso frente a sus socios.

Dejé la taza sobre el plato de porcelana con un golpe seco que resonó en la mesa. Me acomodé en el respaldo de la silla, crucé las manos sobre el regazo y los miré a todos con la frialdad con la que cierro un trato en mi oficina.

—Les agradezco la intención y los halagos —empecé a decir en voz alta, manteniendo un tono pausado y firme que acalló cualquier murmullo—. Pero no hay necesidad de hacer planes para el fin de semana, ni de buscarme compañía.

Valeria frunció levemente el ceño, mientras el ingeniero Mendoza acomodaba sus lentes con gesto de duda.

—¿Y eso por qué, Aurelio? —preguntó don Hilario, medio en broma.

—Porque actualmente estoy saliendo con alguien —solté sin rodeos, manteniendo la vista fija en la cabecera opuesta de la mesa.

El impacto de las palabras cayó como una piedra en agua tranquila. Valeria se erguí de golpe en su asiento, perdiendo la sonrisa de inmediato y cruzándose de brazos con molestia. Sofía dejó caer la cuchara del café contra el plato, mirando hacia su padre con el rostro desencajado por la sorpresa. Don Hilario y el ingeniero Mendoza intercambiaron una mirada incómoda, desconcertados por la contundencia de mi declaración.

Pero el cambio más drástico ocurrió a mi izquierda.

Mi padre se quedó en completo y absoluto silencio. La copa de coñac que estaba a punto de llevarse a los labios se detuvo a mitad de camino. La calidez ensayada de su rostro se borró en un segundo, transformada en una máscara de piedra. Sus ojos oscuros se clavaron en mí con una severidad helada, procesando la afrenta pública que acababa de cometer contra sus planes. Para él, que yo mencionara a otra mujer —una mujer fuera del círculo que él había seleccionado fríamente— significaba una grieta directa en su control.

El silencio en el comedor se volvió sofocante, denso, cargado de una tensión que nadie se atrevía a romper. Lupe, que observaba desde el marco de la puerta de la cocina, dio un paso atrás discretamente, conociendo de sobra el carácter destructivo de mi padre cuando era desafiado.

—¿Alguien? —murmuró finalmente mi padre, con una voz tan baja y rasposa que parecía un gruñido contenido—. No sabía que tuvieras compromisos de ese tipo, Aurelio.

—Ahora lo sabes —respondí sin bajar la mirada, sosteniéndole el pulso frente a todos sus invitados—. Mi vida personal está resuelta. Así que sugiero que mantengamos la conversación enfocada estrictamente en los negocios del complejo y en las licitaciones que nos ocupan.

Don Hilario, intentando salvar la incomodidad del momento, soltó una tos falsa y se apresuró a tomar la palabra.

—Por supuesto, por supuesto... Los negocios son lo primero. Hablemos de la maquinaria para el tramo sur —dijo apresuradamente, buscando los planos sobre una mesa lateral.

La cena continuó durante una hora más, pero el ambiente cálido del inicio se había evaporado por completo. Valeria y Sofía apenas volvieron a dirigir me la palabra, limitándose a contestar con monosílabos helados, mientras sus padres intentaban esquivar el tema familiar con torpeza. Mi padre no volvió a pronunciar una sola palabra dirigida a mí en todo lo que restó de la velada; se limitó a beber su coñac en silencio, con la mandíbula apretada y la mirada fija en la nada, maquinando su siguiente movimiento.

Cuando los invitados finalmente se despidieron y la gran puerta de madera de la villa se cerró tras de ellos, la casa quedó envuelta en un silencio pesado. Me desabroché el primer botón de la camisa y me giré para subir a mi habitación, pero la voz de mi padre resonó a mis espaldas, seca como un latigazo.

—Aurelio.

Me detuve en el primer escalón sin darme la vuelta por completo.

—No sé quién sea esa muchacha —dijo caminado despacio hacia la base de la escalera, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón—, ni me interesa saber de qué hueco la sacaste. Pero te advierto una cosa: no voy a permitir que un capricho tuyo eche a perder años de alianzas estratégicas. Mañana quiero un informe completo en mi escritorio sobre el estado de la empresa... y más vale que pongas tus prioridades en orden antes de que yo tenga que ponerlas por ti.

Le sostuve la mirada durante tres segundos eternos. No le di la satisfacción de mostrar enojo ni duda.

—Buenas noches, papá —dije simplemente.

Subí las escaleras a paso firme, dejando a mi padre solo en el vestíbulo. Al entrar a mi recámara, cerré la puerta con seguro, me quité el saco y lo tiré sobre el sillón. Me acerqué al ventanal que daba hacia la carretera distante, donde solo se veían las luces lejanas del pueblo sumido en la oscuridad. Saqué mi teléfono personal del bolsillo y busqué su contacto.

Sabía perfectamente que Maya debía estar durmiendo en su cuarto, intentando juntar fuerzas para afrontar otra semana de trabajo en la frutería y discusiones con sus padres. Pero tener la certeza de que mi padre ya consideraba su existencia como una amenaza solo avivó el fuego que llevaba dentro. La distancia entre los dos, la diferencia de edad y la sombra de mi familia no iban a detener lo que ya había comenzado. Si mi padre pretendía jugar a la guerra por el control de mi vida, no tenía idea de hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para proteger lo único que

realmente había elegido por voluntad propia.

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