Capítulo 7 CAPITULO 7
Capítulo 7
(Perspectiva de Maya)
Es lunes por la mañana y el ambiente en mi casa amaneció tan pesado como de costumbre. Las indirectas de mi madre y los portazos antes de las seis me obligaron a salir antes de tiempo. Llevo puesta una blusa sencilla de botones color crema y una falda ajustada hasta la rodilla, de esa tela delgada que se pega con el viento matutino. Ajusto mi bolso sobre el hombro y comienzo a caminar a paso rápido por la orilla del camino, con la mente vuelta un caos por todo lo que descubrí ayer con Irina sobre la familia de Aurelio y la llamada repentina de su padre.
El sonido crujiente de las llantas sobre la grava me saca de mis pensamientos. La camioneta pick-up negra frena bruscamente a mi lado, levantando una ligera nube de polvo. La portezuela del copiloto se abre desde adentro y la figura imponente de Aurelio se inclina hacia mí.
—Súbete, Maya. Te llevo a la frutería —dice con esa voz profunda, sin margen para réplicas.
Me detengo en seco, pero esta vez doy un paso hacia atrás, apretando la tira de mi bolso.
—No, Aurelio. Me voy caminando —respondo, tratando de que no me tiemble la voz.
Él frunce el ceño, sujetando el volante con fuerza.
—No vas a caminar con este sol. Súbete de una vez.
—¡Dije que no! —exijo, cobrando valor mientras lo miro a los ojos—. Estuve pensando toda la noche en lo que pasó ayer... en lo de Irina, en la llamada de tu padre y en nosotros. Esto no está bien, Aurelio. Lo que pasó no fue correcto. Yo solo tengo dieciocho años y tú eres un hombre hecho y derecho, de treinta y cinco. Tú mereces a alguien mayor, a una mujer de tu nivel, no a una niña con problemas.
La expresión de Aurelio se vuelve dura como la piedra.
—¿De qué estás hablando, Maya?
—Tengo miedo —confieso, sintiendo un nudo en la garganta—. Tengo miedo de que solo estés jugando conmigo, de que sea un capricho tuyo para entretenerte mientras resuelves los asuntos con tu familia. No quiero volver a subirme a esa camioneta.
No le da tiempo ni de responder. Con un movimiento brusco, Aurelio apaga el motor, abre la portezuela del conductor y se baja. Su tamaño imponente me acorrala en cuestión de segundos. Se nota el enojo reprimido en la forma en que respira y en la tensión de su mandíbula. Sin darme espacio para huir, me toma con fuerza de los brazos, rodeando mi cintura con un agarre firme e implacable.
—¡Suéltame, Aurelio! —chillo, intentando zafarme, pero para él mi fuerza no es nada.
Me carga sin esfuerzo y me mete de golpe al asiento del copiloto. Antes de que pueda intentar salirme por la otra puerta, se inclina sobre mí, bloqueando cualquier salida con su cuerpo, jala el cinturón de seguridad con rudeza y lo abrocha con un clic definitivo. Cierra la puerta de un portazo, rodea el vehículo y se sube al volante, poniendo la camioneta en marcha a toda velocidad.
—¡Que me dejes bajar! —exclamo, tirando del cinturón y golpeando el tablero con el puño—. ¡No puedes obligarme a ir contigo!
Aurelio no dice una sola palabra. Mantiene la mirada fija en el camino, conduciendo directamente hacia el desvío que lleva a la villa, la enorme propiedad de su familia. Me aterro al ver hacia dónde nos dirigimos e intento patalear, forcejeando con las manos para quitarle la llave o desviarle el volante.
Al darse cuenta de mi resistencia desesperada, Aurelio estira su mano derecha sin pensarlo. Su palma ancha y cálida se posa con firmeza sobre mi muslo, deteniendo el movimiento de mi pierna.
—Estate quieta, Maya —murmura en un gruñido bajo.
—¡Quita la mano! —le exijo, intentando empujarlo.
En lugar de retirarla, su mano empieza a desplazarse. Desliza sus dedos lentamente por la tela de mi falda, subiendo por la parte interna de mi pierna con una presión calculada y constante. Un escalofrío violento me recorre la espina dorsal. Intento juntar las rodillas para frenarlo, pero el peso de su brazo me lo impide. La piel se me pone de gallina y el enojo empieza a mezclarse con un calor traicionero que se me instala en el vientre.
Su mano sigue subiendo sin prisa hasta llegar a mi centro por encima de la tela. Aprieta con suavidad pero con una posesividad que me arrebata el aliento por completo. Un ahogo se me atora en la garganta y la resistencia de mis brazos se desvanece de golpe.
—Aurelio... —suspiro, perdiendo la firmeza en la voz.
Al notar cómo mi cuerpo cede y deja de luchar, Aurelio desvía levemente la mirada del camino para fijarla en mí, con los ojos oscurecidos por el deseo. Con un movimiento diestro de sus dedos, alza la orilla de mi falda hasta la cintura, dejando mis piernas expuestas. Desliza la mano por debajo del encaje de mis bragas, haciéndolas a un lado sin ceremonias, y posa sus dedos directamente sobre mi piel húmeda y caliente.
Dejo de resistir por completo. La rabia, el miedo y las dudas de hace un momento se disuelven bajo el contacto directo de sus yemas. Abro las piernas en el asiento de forma involuntaria, entregándome al ritmo pausado y profundo con el que comienza a masajear mi centro. Un gemido suave se me escapa de los labios mientras me echo hacia atrás contra el respaldo, apretando el cinturón de seguridad con los dedos mientras la camioneta frena al fin.
Llegamos a la villa. Sin decir palabra, frena junto a una pequeña cabaña de madera apartada de la casa principal. Apaga el motor, rodea la camioneta y me baja de un tiron violento pero protector. Sin pensarlo dos veces, me lleva a rastras hacia el interior de la cabaña. Cierra la puerta de un golpe y el cerrojo retumba en el silencio del lugar.
Me recuesta de golpe sobre el pequeño sofá de piel. Sin darme tiempo a respirar, se arrodilla entre mis piernas, abre más mi falda y se inclina de lleno sobre mi centro. Siento la presión directa de sus labios y cómo succiona mi clítoris con devoción y rudeza, jugando con él con la punta de la lengua. Un gemido agudo y descarado sale de mi boca, resonando en la habitación. Puedo sentir claramente cómo él sonríe contra mi piel al escucharme.
Este hombre me tiene completamente loca. Ha hecho conmigo lo que ha querido desde el primer día y lo peor de todo es que se lo permito; dejo que juegue con mi cuerpo y con mi mente sin oponer una resistencia real.
Aurelio se levanta un poco, me mira fijamente a los ojos y, sin romper el contacto visual, comienza a desabrocharse el pantalón con manos ágiles. Al bajarse la prenda, veo su miembro completamente duro, grueso y goteando un hilo de líquido transparente. Sin pensarlo ni un segundo más, se posiciona y entra en mí de un solo empuje, comenzando a follarme duro, con embestidas salvajes, como si se tratara de castigarme por haber dudado de él en la carretera.
En un movimiento rápido, me toma con fuerza de la cintura y me alza por completo. Se sienta él sobre el sillón y, de un solo impulso, me acomoda horcajadas sobre su regazo. Entra en mí de golpe otra vez, llenándome por completo mientras sigue follándome desde abajo. Inclina su rostro hacia mi pecho y me muerde los senos por encima de la tela de la blusa; el agarre de sus dientes me duele, pero ese dolor despierta en mí un placer aún más intenso. Siento un dolor agudo en mi centro por la dureza de sus embestidas, pero es infinitamente mejor el placer abrumador que me recorre las entrañas.
—Aurelio... para —le digo entre gemidos ahogados, tratando de sostener me de sus hombros.
Pero él no me hace caso. Sigue moviéndose con un ritmo implacable y empiezo a sentir un cosquilleo abrasador que nace en mi estómago y baja desbocado hacia mi centro. La sensación me domina tanto que comienzo a mover la cadera sobre él de una manera que jamás pensé que podría hacerlo, buscando más de su contacto. Aurelio me mira desde abajo y me sonríe con una mezcla de triunfo y orgullo.
Estoy a punto de llegar al orgasmo cuando él se estira, me besa con una fuerza posesiva que me deja sin aire y murmura contra mis labios:
—Eres mía, Maya.
—Sí... soy tuya —asiento sin dudarlo, rindiéndome por completo.
Siento cómo el orgasmo me golpea con violencia. Dejo de moverme por unos segundos mientras mi cuerpo se contrae alrededor del suyo en una ola de espasmos. Aurelio da un par de estocadas más, intensas y profundas, y se corre dentro de mí con un gruñido grave, llenándome por completo.
Nos quedamos en silencio durante varios minutos, intentando recuperar el aliento sobre el sofá mientras el calor del encuentro comienza a asentarse. Él acomoda mi cabello revuelto detrás de la oreja y desliza sus manos por mi espalda.
De pronto, se incorpora un poco, me mira con una seriedad absoluta y su voz recupera ese tono sobrio y firme:
—Maya... quiero hablar contigo de algo importante.
Eso que acaba de decir me deja completamente atónita. La respiración se me corta en la garganta y la culpa regresa de golpe. ¿Qué es lo que me quiere decir? ¿Tiene que ver con la cena de ayer con su padre, o acaso ha decidido ponerle
fin a esto antes de que vaya más lejos?
