Capítulo 8 CAPITULO 8

Capítulo 8

(Perspectiva de Maya)

El silencio dentro de la cabaña se volvió de pronto más denso que el aire de la mañana. Aurelio me sostenía entre sus brazos, pero la ligereza que suele seguir a un momento tan íntimo se evaporó en un segundo. Sentada sobre su regazo, con la ropa desordenada y la piel aún tibia por el esfuerzo, busqué en su rostro alguna pista de lo que estaba a punto de soltar. Su mirada oscura estaba fija en la mía, cargada de una seriedad que me hizo apretar la tela de su camisa entre los dedos.

—Maya —comenzó, con esa voz baja y áspera que siempre me eriza la piel—, anoche hubo una cena en la villa. Mi padre reunió a varios de sus socios más importantes y trajo a sus hijas.

Un nudo se me formó en la garganta. Intenté moverme para ponerme de pie, para arreglarme la falda y marcar la distancia que de pronto sentí que nos separaba, pero sus manos se afianzaron en mi cintura, impidiéndome el paso.

—Escúchame —pidió, manteniendo la firmeza—. Mi padre tiene una idea fija en la cabeza desde hace meses. Quiere que forme una familia. Para él no se trata solo de un matrimonio; se trata de lo que llama la dinastía de la familia Reyes. El complejo de maquinaria, las tierras, las inversiones... según sus cuentas, todo necesita un heredero directo que mantenga el apellido y la posición social intacta. Exige que siente cabeza de inmediato y que busque a una mujer de nuestro supuesto nivel.

Me quedé completamente en silencio. Lo observé hablar, estudiando el movimiento de su mandíbula, la arruga que se le formaba entre las cejas y esa rigidez en los hombros que solo le salía cuando mencionaba al viejo. Por un instante, la realidad me golpeó con la fuerza de una bofetada. Las piezas que me faltaban encajaban a la perfección: las palabras de Irina en el autobús, la llamada apresurada del domingo, la insensibilidad de su mundo frente al mío.

Tragué saliva, buscando la compostura que me quedaba, y forcé una sonrisa amarga mientras bajaba la mirada hacia su pecho.

—Lo entiendo, Aurelio —dije en voz baja, tratando de que mi voz sonara indiferente, aunque por dentro sintiera que me desarmaba—. Siempre supe que esto entre nosotros era algo pasajero. Sé perfectamente de dónde vengo y dónde estoy parada. Tú necesitas a alguien de tu nivel, una mujer con la que la diferencia no sea tan abismal, alguien que pueda sentarse en la mesa de tu padre sin que la miren con desprecio. No tienes que darme explicaciones; yo sabía en lo que me metía.

Aurelio no me dejó terminar. Estiró la mano, tomó mi mentón con delicadeza y me obligó a alzar la cara para mirarlo directamente a los ojos.

—Cállate —murmuró, apagando mis palabras con una ternura inesperada que me desarmó por completo—. No digas estupideces, Maya. No te traje aquí para despedirme de ti ni para decirte que voy a hacer lo que mi padre quiere.

Parpadeé, confundida, mientras él deslizaba los pulgares por mis pómulos, acariciándome la piel con una suavidad que chocaba de frente con el hombre rudo y controlador de siempre.

—Ayer, en medio de esa cena, frente a los socios y a las mujeres que mi padre intentó ponerme enfrente, les dejé claro a todos que no estaba disponible —continuó, fijando su mirada en la mía con una intensidad abrasadora—. Les dije que estoy saliendo con alguien. Y la razón por la que quiero hablar contigo es porque voy a llevarte a la casa principal. Quiero presentarte formalmente ante mi padre como mi novia. Quiero algo serio contigo, Maya. No me importa lo que piense él, ni lo que diga la gente del pueblo.

El corazón se me disparó contra las costillas con una fuerza salvaje. La sorpresa me dejó sin aliento, suspendida en un vacío donde las palabras de Aurelio resonaban una y otra vez. ¿Su novia? ¿Presentarme ante su padre, el hombre más poderoso y temido de la zona? Mi mente se volvió un torbellino de pánico, incredulidad y un calor extraño que me llenó el pecho. No sabía cómo reaccionar, así que me quedé completamente callada, mirándolo con los ojos abiertos de par en par, analizando si aquello no era más que otra jugada de su mente calculadora.

Pasaron varios segundos en los que solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el viento suave rozando la madera de la cabaña. Aurelio me sostuvo la mirada sin pestañear, esperando una respuesta que no lograba formular.

Al final, me zafe sutilmente de su agarre en el mentón y solté una pequeña risa ahogada, llena de nerviosismo.

—Ni siquiera me has pedido que seamos novios —le dije, alzando una ceja mientras un rubor cálido me subía por el cuello—. ¿Cómo es que ya estás planeando presentarme ante tu padre como tal si ni siquiera me has preguntado nada a mí primero?

Una sonrisa franca y hermosa se le dibujó en el rostro, transformando por completo la dureza habitual de sus facciones. Aurelio soltó una carcajada baja, me apretó contra su cuerpo y se inclinó para darme un beso tierno, pausado y profundo, totalmente distinto a la furia con la que me había tomado minutos atrás. Sus labios se movieron sobre los míos con una lentitud que me hizo cerrar los ojos y derretirme entre sus brazos, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo el suelo debajo de mis pies era firme.

—Tienes razón —susurró contra mi boca, sin alejarse demasiado—. Maya... ¿quieres ser mi novia?

—Sí —respondí de inmediato, dejando que mis dedos se enredaran en su cabello duro—. Sí quiero, Aurelio.

Nos tomó unos minutos más arreglarnos la ropa. Me abroché la blusa crema, me acomodé la falda e intenté peinar los rizos rebeldes que el encuentro había dejado desordenados. Aurelio me ayudó con la delicadeza de un gigante que teme romper algo frágil, acomodándome el cuello de la blusa antes de darme un último beso en la frente.

Salimos de la cabaña y subimos de nuevo a la camioneta pick-up. El trayecto hacia el pueblo se sintió completamente diferente al de la mañana. Ya no había tensión ni forcejeos; solo el calor de su mano derecha sosteniendo la mía sobre el asiento, apretándola con firmeza cada vez que nos deteníamos en un cruce.

Aurelio condujo directamente hacia la frutería. En lugar de dejarme a una cuadra o en una esquina escondida como solía pedirle para no levantar sospechas, avanzó sin frenar hasta estacionarse justo enfrente del negocio.

A través del ventanal de la frutería vi a Isis acomodando unas cajas de cítricos. Al escuchar el motor de la camioneta, se giró para mirar hacia la calle y sus ojos se abrieron con sorpresa al verme bajar del vehículo. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia la entrada, Aurelio rodeó la camioneta, me tomó suavemente de la cintura, se inclinó y me dio un beso largo y dulce en los labios, a plena luz del día, dejando en claro ante cualquiera que estuviera mirando que ya no nos escondíamos de nadie.

Isis se quedó congelada en el marco de la puerta, observando la escena con la boca abierta y los brazos cruzados.

—Paso por ti a la hora de la salida —me dijo Aurelio al oído, acariciándome la mejilla antes de soltarme—. Vamos a ir a comer y después hablaremos de cuándo iremos a la villa.

—Está bien. Aquí te espero —respondí con una sonrisa que no me quepa en el rostro.

Él abordó la camioneta, me dedicó una última mirada y aceleró por la avenida principal. Me quedé parada en la acera viendo cómo el vehículo se alejaba hasta perderse en el tráfico. Todo se sentía demasiado perfecto, tan dulce y lleno de promesas que me provocaba un vértigo constante en el estómago. La idea de pasar de ser la chica invisible de la carretera a la novia formal de Aurelio Reyes parecía un sueño del que temía despertar en cualquier momento.

Giré sobre mis talones y caminé hacia el interior de la frutería. Isis me esperaba con los brazos en jarra y una ceja levantada, alternando la mirada entre la calle y mi cara completamente sonrojada.

—A ver, jovencita —empezó Isis, con esa voz protectora que siempre me daba tranquilidad—, ¿me vas a explicar qué fue eso o tengo que adivinar cómo terminaste bajándote de la camioneta del hombre más codiciado y peligroso del pueblo con esa cara de atontada?

Me mordí el labio inferior, sintiendo que el corazón me daba vuelcas de pura felicidad, sin imaginar que detrás de tanta dulzura y promesas perfectas, la sombra de la familia Reyes y los planes del viejo ya comenzaban

a tejerse a nuestras espaldas.

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