Capítulo 9 CAPITULO 9

Capítulo 9

(Perspectiva de Maya)

El olor a cítricos frescos, tierra húmeda y humedad de primera hora siempre ha sido el alma de la frutería de Isis. Sin embargo, este lunes el aire se sentía distinto, denso y suspendido en una especie de irrealidad. Cuando la camioneta pick-up negra de Aurelio aceleró perdiéndose en el tráfico de la avenida principal, me quedé parada en la acera durante varios segundos, sintiendo cómo el calor de su último beso todavía me escocía dulcemente en los labios. Un escalofrío me recorrió la espalda, no de frío, sino de ese vértigo abrasador que da el darse cuenta de que las cosas han cambiado de forma irreversible.

Giré sobre mis talones y caminé hacia el interior del negocio. Los guacales de madera repletos de jitomate, papas, naranjas y plátanos estructuraban el pasillo central, pero al fondo, junto a la báscula de hierro, me esperaba Isis. Tenía los brazos cruzados sobre su mandil de mezclilla gastado, la ceja derecha ligeramente alzada y esa mirada penetrante que no necesitaba de gritos para desarmar a cualquiera.

—A ver, jovencita —empezó Isis, rompiendo el silencio mientras se acomodaba un mechón de cabello cano detrás de la oreja—. ¿Me vas a explicar qué fue eso o tengo que adivinar cómo terminaste bajándote de la camioneta del hombre más codiciado y peligroso del pueblo con esa cara de atontada?

Me mordí el labio inferior, buscando torpemente una palabra con la cual empezar. El pulso me latía en las sienes.

—Isis... yo... —balbuceé, sintiendo cómo las mejillas me ardían.

—No me digas «Isis yo» con cara de corderito degollado —interrumpió, aunque el tono de su voz se suavizó en cuestión de segundos. Se acercó a mí, me tomó suavemente del hombro y me guio hacia la parte trasera del mostrador, donde guardábamos el termo con café caliente—. Entra de una vez. Antes de que abras la boca para darme explicaciones, te me me vas a tomar media taza de café, porque traes la cara pálida y los ojos desorbitados.

Obedecí sin chistar. Me senté en el banquito de madera desgastado y sostuve la taza entre las manos, sintiendo el calor del vapor subirme al rostro. Isis se sirvió un poco para ella, dio un sorbo corto y me miró de frente, fija, directa.

—Ahora sí, Maya. Háblame con la verdad. Sabes que para mí eres como una hija y que me muero si te pasa algo malo. ¿Qué es lo que está pasando entre tú y Aurelio Reyes?

Tragué veneno y café. La sola mención de su nombre en voz alta, dicho por alguien que no fuera él o yo, hizo que todo cobrara un peso aplastante.

—Estamos saliendo, Isis —solté en un hilo de voz, fijando la mirada en el líquido oscuro de la taza—. Todo empezó de una forma muy rara, tú sabes que yo me lo cruzaba en la carretera... pero hoy me dijo que quiere algo serio conmigo. Quiere presentarme formalmente con su padre como su novia.

Un silencio pesado cayó sobre la trastienda. El único sonido era el zumbido lejano del refrigerador de los jugos y el bullicio que comenzaba a formarse en la calle. Isis dejó su taza sobre la mesa de madera con una lentitud calculada. Su rostro se despojó de la sorpresa y adoptó una rigidez preocupada, madura, llena de una experiencia que a mí me faltaba.

—Maya... mi niña —suspiró, pasando su mano áspera por mi mejilla—. Tú sabes cuánto te quiero y cómo me duele verte sufrir en esa casa con tus padres. Siempre he querido que encuentres la forma de volar, de terminar tus estudios de enfermería y de salirte de ese infierno. Pero te estás metiendo en la boca del lobo.

—Él no es malo conmigo, Isis —me apresuré a decir, sintiendo la necesidad instintiva de defender a Aurelio—. Es dominante, sí, y a veces me asusta lo mucho que parece controlar todo a su alrededor, pero me cuida. Hoy me pidió que fuera su novia de una forma... de una forma que nunca nadie lo había hecho.

—Ese es el problema, Maya —dijo Isis, inclinándose hacia mí con severidad—. Un hombre como Aurelio Reyes no cuida como cuidamos nosotras; esos hombres poseen. Tienen dinero, tienen poder y están acostumbrados a que todo el mundo les agache la cabeza. Y no solo es él. ¿Tienes idea de quién es su padre? Ese viejo es un buitre, Maya. Un hombre que maneja el pueblo a su antojo y que no va a permitir que su único heredero, el hombre que maneja el complejo de maquinaria pesada, ponga sus ojos en una muchacha humilde que trabaja despachando fruta y estudiando los domingos.

—Él dijo que no le importa lo que diga su padre —murmuré, recordando la firmeza con la que Aurelio me había sostenido el mentón en la cabaña.

—A él no le importará hoy, porque está encandilado contigo —sentenció Isis, tomándome las dos manos con fuerza—. Pero cuando las cosas se pongan feas, el golpe no va a caer sobre él. Va a caer sobre ti. Tu posición aquí es muy vulnerable, Maya. No tienes un apellido que te respalde, no tienes dinero y tu familia... bueno, de tu familia mejor ni hablamos, porque bien sabes de lo que son capaces si huelen una moneda. Solo te pido una cosa: no te entregues con los ojos cerrados. Mantén los pies en la tierra. Si vas a entrar a esa villa, entra con la frente en alto, pero lista para defenderte, porque esos hombres te van a querer comer viva.

Las palabras de Isis se me clavaron en el pecho como alfileres. No era despecho ni envidia; era el miedo genuino de una madre que sabe que su hija está jugando cerca del fuego. Asentí en silencio, incapaz de rebatirle nada, y le di un abrazo apretado, refugiándome por un minuto en su hombro antes de que el trabajo del día nos obligara a tragar las penas.

La jornada laboral comenzó formalmente a las siete y media de la mañana. La frutería de Isis no daba tregua los lunes; era el día en que llegaban los camiones de carga pesada directo desde los huertos del sur y la rutina exigía un despliegue físico brutal.

Primero nos tocó descargar los guacales de madera que los choferes iban dejando sobre la acera. Levanté cajas pesadas de mangos, papas y melones, sintiendo los músculos de los brazos tensarse bajo la blusa crema. Cada vez que me agachaba o hacía un esfuerzo, el recuerdo del encuentro en la cabaña me recorría la piel: la marca sutil de sus dedos en mis caderas, la sensibilidad en mi centro y el cansancio dulce que me dejó el orgasmo. Trabajar así, con el cuerpo resentido y la mente volando a la loma, era una tortura deliciosa.

Poco antes de las diez de la mañana, el flujo de clientes se volvió constante. Atendí a las amas de casa del pueblo, pesando kilos de jitomate en la báscula colgada del techo, despachando cebollas, separando las naranjas para jugo y limpiando con un trapo húmedo los mostradores de madera para que todo luciera impecable. Mis manos se tiñeron del polvo dulce de las frutas y del olor penetrante del cilantro fresco.

Entre cliente y cliente, mis ojos se escapaban involuntariamente hacia la avenida. Cada vez que el rugido de un motor fuerte resonaba en la calle, el corazón se me frenaba pensando que podría ser la pick-up de Aurelio. ¿Estaría en su oficina revisando papeles? ¿Estaría discutiendo con su padre sobre el informe de la empresa? La incertidumbre me devoraba por dentro, pero al mismo tiempo, el trabajo pesado me servía como un ancla para no perder el piso del todo.

Lavé los pisos de concreto con escoba y jabón a mediodía, acomodé las sandías en la parte baja para evitar que se golpearan y ayudé a Isis a hacer el recuento de la caja. A pesar de que ella mantuvo una actitud profesional durante el resto del día, sus miradas constantes hacia mí estaban cargadas de una protección silenciosa, como si cada fruta que yo acomodaba fuera un recordatorio de la brecha enorme entre la vida de pueblo que llevaba y la mansión de dos pisos a la que Aurelio pretendía llevarme.

Dieron las dos de la tarde. El calor dentro del local era sofocante y el polvo de la calle se pegaba a mi frente sudorosa. Me lavé las manos en el tazón de la trastienda, me desamarré el mandil y me retoqué un poco el cabello frente al espejo roto del baño. Estaba terminando de abrocharme el bolso cuando el sonido característico de la camioneta frena justo en el acotamiento de enfrente.

Salí al mostrador. Aurelio ya estaba abajo del vehículo, esperándome recargado contra la portezuela con la camisa de vestir ligeramente remangada en los antebrazos y esa presencia imponente que hacía que la gente que pasaba por la acera bajara la mirada o murmurara a sus espaldas.

Miró a Isis directamente a los ojos, inclinando la cabeza con un respeto distante pero claro. Isis le sostuvo la mirada durante tres segundos eternos, midiendo al hombre frente a ella, antes de darle una palmadita en el brazo a mi hombro y susurrarme al oído:

—Acuérdate de lo que te dije, Maya. Cuidado.

Caminé hacia la camioneta. Aurelio me abrió la puerta del copiloto, me tomó de la mano para ayudarme a subir y me dio un beso corto pero firme en los labios antes de cerrar la portezuela. Al subir al lado del conductor, puso el vehículo en marcha sin perder el tiempo.

El plan era ir a comer algo tranquilo antes de enfrentar lo que venía, pero cuando la camioneta apenas llevaba recorridas dos cuadras rumbo al centro, mi teléfono celular comenzó a vibrar desbocado dentro del bolso. Lo saqué pensando que podría ser algún mensaje de la escuela de enfermería, pero en la pantalla parpadeaba el número de mi casa.

Un frío helado me recorrió el estómago. En mi casa casi nunca me llamaban a esa hora a menos que fuera para exigirme algún mandato o reclamarme por no haber llegado a preparar la comida.

—¿Pasa algo? —preguntó Aurelio de reojo, notando cómo me quedé paralizada con el teléfono en la mano.

—Es mi mamá —dije, sintiendo que la garganta se me secaba de golpe—. Tengo que contestar.

Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato a la oreja con la mano temblorosa.

—¿Bueno? —alcancé a decir.

La voz de mi madre no tardó ni un segundo en estallar al otro lado de la línea. No había un saludo, ni un gesto de cortesía. Era una vibración chillona, cargada de una ira histérica y una prisa descarada.

—¡Llegas a la casa en este preciso instante, Maya! —gritó mi madre, con un tono tan alto que estoy segura de que Aurelio alcanzó a escuchar el eco dentro de la camioneta—. ¡Te me regresas ahora mismo o voy a ir a buscarte a la frutería a sacarte a arrastrones por la calle! ¡Hazte presente ya!

Antes de que pudiera articular una palabra, la llamada se cortó con un tono sordo. Me quedé mirando el teléfono con la cara pálida y los labios temblando.

—¿Qué te dijo? —la voz de Aurelio cambió de golpe. La calidez con la que me había recibido se borró, reemplazada por esa autoridad dura y peligrosa que usaba en el complejo.

—Quiere que vaya a la casa... ahora mismo —murmuré, apretando el teléfono entre los dedos—. Sonó horrible, Aurelio. Algo pasó.

Aurelio no dudó un segundo. Dio un volantazo violento en el siguiente retorno, haciendo chillar las llantas sobre el asfalto, y tomó la ruta directa hacia mi colonia.

—Te acompaño —dijo con la mandíbula apretada, fijando la mirada en el camino.

—No —negué de inmediato, sintiendo un pánico salvaje—. No, Aurelio, por favor. Si te ven llegar a mi casa en esta camioneta, las cosas van a empeorar. No sabes cómo son ellos. Por favor, déjame una cuadra antes. Necesito saber qué pasa primero.

Aurelio apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba ceder, odiaba que le marcara límites, pero al ver el miedo genuino en mis ojos, soltó un bufido y asentí a regañadientes.

Frenó la camioneta una cuadra antes de mi calle, bajo la sombra de un árbol viejo.

—Voy a estar aquí —me advirtió, tomándome del brazo con firmeza—. Si en diez minutos no sales o si escucho un solo grito desde la calle, voy a entrar a esa casa y me da exactamente igual quién esté adentro. ¿Entendiste, Maya?

—Sí —asentí rápidamente. Le di un beso apresurado en la mejilla y me bajé corriendo de la camioneta.

Caminé a paso apresurado por la banqueta empedrada. Conforme me acercaba a la reja de mi casa, el estómago se me retorcía en un nudo insoportable. En la esquina de la calle vi parada a Doña Gertrudis, la vecina chismosa del barrio, esa mujer que se pasaba el día entero asomada por la ventana de su piso alto registrando quién entraba, quién salía y a qué hora. Al verme pasar, me dedicó una sonrisa maliciosa, burlona y llena de veneno, y en ese segundo lo entendí todo.

Doña Gertrudis me había visto subirme a la camioneta de Aurelio. Había visto la pick-up esperándome en las mañanas, había visto el beso enfrente de la frutería y no había dudado ni un minuto en ir a tirarle el chisme completo a mi madre para disfrutar del espectáculo.

Empujé la reja de hierro oxidado y crucé el pequeño patio delantero. La puerta principal de la casa estaba entreabierta. En cuanto puse un pie en la sala, el ambiente se sintió espeso, podrido por la rabia y la avaricia.

Mi madre estaba de pie junto a la mesa del comedor, con los brazos cruzados y el rostro desencajado por la furia. A su lado estaba mi padre, sentado en una silla de madera, con una cerveza a medio tomar y esa mirada pesada, resentida, de quien siente que la vida le debe algo.

—Miren quién llegó —soltó mi madre con sarcasmo, dando tres pasos hacia mí con los ojos desorbitados—. La princesita del pueblo. La que se da el lujo de llegar tarde porque anda muy ocupada paseándose en camionetas del año.

—Mamá, no sé de qué estás hablando... —intenté decir, dando un paso hacia atrás, cerca de la puerta.

—¡No me hagas pendeja, Maya! —gritó mi madre, dando un golpe seco sobre la mesa que hizo temblar los platos—. Doña Gertrudis te vio. Te vio bajarte de la camioneta de los Reyes. ¡De Aurelio Reyes! El dueño del complejo de maquinaria, el hombre más rico de por aquí. Te vio besándote con él en la calle como una cualquiera.

Mi padre se levantó despacio de la silla, arrastrándola contra el piso, y me miró con una avaricia helada que me revolvió las entrañas.

—Así que te andas acostando con un hombre de dinero —dijo mi padre, acercándose con pasos lentos y pesados—. Y tú calladita, ¿verdad? Guardándote la ventajita mientras aquí en la casa apenas nos alcanza para pagar la luz y la comida. Con razón no querías soltar un peso de lo que te pagaba la vieja de la frutería.

—Yo no me estoy acostando con nadie por dinero —dije con la voz cortada por la impotencia y el coraje—. Lo que yo haga con mi vida privada no es asunto de ustedes.

—¡Claro que es asunto nuestro! —estalló mi madre, acorralándome contra la pared de la entrada—. Vives bajo este techo, usas el agua de esta casa y te hemos dado todo desde que naciste. Si te estás metiendo con un hombre de esos, lo mínimo que vas a hacer es pedirle dinero.

Se me cortó la respiración. La desvergüenza con la que lo decían me dejó atónita.

—¿Qué? —pregunté, no queriendo dar crédito a lo que acababa de escuchar.

—Lo que oíste, Maya —intervino mi padre, señalándome con el dedo lleno de grasa—. Ese tipo tiene millones. Para él, un fajo de billetes no es nada. Le vas a pedir dinero hoy mismo. Diles que tu familia tiene deudas, que tu papá necesita para arreglar la camioneta vieja o inventa lo que se te da la gana, pero a esta casa va a entrar dinero de ese señor. No vas a estar regalándote gratis con un viejo rico para que nada más se aproveche de ti.

Una rabia negra y profunda, acumulada durante años de humillaciones, maltratos y carencias en esa casa, me brotó desde el fondo de las entrañas. Se me quitaron los temblores, se me quitó el miedo y los miré a los dos con todo el desprecio que me era posible juntar en la mirada.

—Están locos —les dije en la cara, manteniendo la voz firme y helada—. No le voy a pedir ni un solo centavo a Aurelio. Yo no soy una prostituta y él no es mi cliente. Si creen que voy a usar a la persona que me quiere para mantenerles sus vicios y sus deudas, están muy equivocados. No voy a pedirle nada. ¡Primero me muero!

El silencio duró un segundo. Mi madre no soportó el desafío. La vena de su cuello se le hinchó de rabia al ver que la fuente de dinero que ya se habían imaginado se les escapaba de las manos por mi negativa.

Sin dudarlo un solo instante, alzó la mano derecha y me cruzó la cara con una cachetada salvaje y violenta.

El golpe resonó en toda la estancia con un chasquido seco. La fuerza del impacto me dobló la cabeza hacia la izquierda, haciéndome chocar contra el marco de la puerta. Un ardor abrasador me quemó la mejilla y la boca me supo a sangre de inmediato por el roce de mis dientes contra el labio.

—¡A mí no me le alzas la voz, muchacha malagradecida! —chilló mi madre, alzando la mano otra vez mientras mi padre solo observaba sin mover un solo dedo—. ¡Vas a hacer lo que te decimos o te saco a patadas de esta casa!

Me sostuve el rostro con la mano izquierda, sintiendo las lágrimas de rabia acumularse en mis ojos pero negándome a dejarlas caer. El dolor físico de la cachetada no era nada comparado con la humillación y el asco profundo que sentía por la gente que me había engendrado.

La puerta de la calle, que estaba entreabierta, se abrió de golpe con un estruendo brutal que hizo retumbar las paredes de concreto.

La figura gigantesca de Aurelio llenó el marco de la entrada, desprendiendo un aura de violencia y peligro tan

densa que el aire dentro de la casa pareció congelarse en un segundo.

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