Capítulo 3 Vaso
El vaso se quedó temblando entre mis dedos.
No sabía qué era peor: haber derramado el agua sobre aquel traje que probablemente costaba más que todo lo que había en mi apartamento o descubrir que el hombre frente a mí era precisamente la persona a la que había venido a conocer.
William Blake.
Lo había visto en fotografías de revistas y en algunos anuncios económicos que aparecían en televisión, pero ninguna fotografía le hacía justicia.
Era mucho más imponente en persona.
Alto, de hombros anchos y postura perfectamente recta. Llevaba un traje negro impecable, una camisa blanca y una corbata oscura. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado, aunque algunos mechones habían caído ligeramente sobre su frente. Su mandíbula marcada y sus ojos oscuros hacían que pareciera todavía más serio de lo que había imaginado.
Y ahora esos ojos me observaban como si quisiera descubrir exactamente qué clase de idiota acababa de arruinarle el traje.
Tragué saliva.
—Yo...
Bajé la mirada hacia su traje.
Una enorme mancha de agua recorría desde su pecho hasta una parte de su abdomen.
—Lo siento muchísimo.
William no respondió.
—De verdad, no lo hice a propósito.
Continuó mirándome.
—¿Siempre recibes así a las personas que vienen a entrevistarse contigo? —preguntó finalmente.
Su voz era grave, tranquila y bastante fría.
Parpadeé.
—¿Cómo sabe que vine a una entrevista?
Una de sus cejas se levantó.
—Porque llevas una identificación de visitante y estás en mi empresa a las siete de la mañana.
Miré hacia mi pecho. Tenía la pequeña tarjeta que Sara nos había entregado.
—Ah.
Qué brillante respuesta, Ileana.
—Además —continuó—, escuché tu conversación con tu amiga.
Abrí los ojos.
—¿Nos estaba escuchando?
—No. Simplemente estaba caminando hacia mi oficina y ustedes estaban hablando bastante fuerte.
Sentí que el rostro me ardía.
—Bueno... lo siento por el agua.
—Eso ya lo dijiste.
—Entonces no sé qué más decir.
Por primera vez pareció ligeramente sorprendido por mi respuesta.
Quizás esperaba que me arrodillara y le pidiera perdón por haber tocado su precioso traje.
Yo también estaba nerviosa, pero no iba a dejar que me tratara como una criminal por derramar un vaso de agua.
—¿Tienes idea de cuánto cuesta este traje?
Lo miré de arriba abajo.
—No.
—Mucho más de lo que probablemente puedas pagar.
Aquello me molestó.
Entrecerré los ojos.
—No pienso pagarlo.
William se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—No pienso pagarlo porque fue un accidente. Si quiere descontármelo del salario cuando empiece a trabajar, puede hacerlo.
—¿Cuando empieces a trabajar?
—Si me contrata.
—¿Y por qué estás tan segura de que voy a contratarte?
—No lo estoy.
—Entonces acabas de ofrecer pagarme algo que no sabes si podrás pagar.
—No. Le estoy diciendo que si me contrata, puede descontármelo.
William me observó unos segundos.
No sabía qué estaba pensando, pero su expresión cambió ligeramente.
—¿Cuál es tu nombre?
—Ya debería saberlo.
—Quiero escucharlo de ti.
Respiré profundamente.
—Ileana Smith.
—¿Ileana Smith?
—Sí.
—La chica del orfanato.
Sentí una punzada en el pecho.
—Sí.
Su mirada se volvió más seria.
—¿Y tu amiga?
—Ana Crowd.
Asintió.
—Sara me habló de ustedes.
—Entonces sabe que venimos por el trabajo.
—Sé exactamente por qué están aquí.
—Bien.
Me quedé esperando.
Él miró nuevamente su traje mojado.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A mi oficina.
—¿Para despedirme antes de contratarme?
William soltó un suspiro.
—Todavía no te he contratado.
—Ah.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Yo permanecí quieta unos segundos.
—¿Vienes?
—Sí.
Lo seguí.
Mientras caminábamos por el enorme pasillo, sentía las miradas de los empleados sobre nosotros. Algunos fingían estar ocupados con sus computadoras, mientras otros miraban discretamente el traje mojado de su jefe.
Quería desaparecer.
Cuando llegamos a las puertas de su oficina, William las abrió.
Entré detrás de él.
Era una oficina enorme.
Tenía ventanales que ocupaban casi toda la pared y permitían ver la ciudad desde una altura impresionante. Había un escritorio de madera oscura, algunos muebles elegantes y una pequeña sala de reuniones.
William dejó su saco sobre una silla.
—Siéntate.
Obedecí.
Él se quitó la corbata y comenzó a desabotonarse el saco.
Aparté la mirada.
—¿Qué clase de entrevista es esta?
—Una entrevista para conocer tus capacidades.
—Pensé que el trabajo era de sirvienta.
—Lo es.
—Entonces no sé qué capacidades necesita una sirvienta.
Me miró.
—Muchas más de las que imaginas.
Me quedé callada.
William caminó hacia un pequeño armario y sacó una camisa limpia.
—Puedes comenzar explicándome por qué quieres trabajar aquí.
—Necesito dinero.
Su expresión no cambió.
—Eso es evidente.
—Quiero estudiar en la universidad.
—¿Qué carrera?
—Administración de empresas.
Por primera vez pareció interesado.
—¿Administración?
—Sí.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Porque quiero tener mi propia empresa algún día.
William se quedó mirándome.
—¿Una empresa?
—Sí.
—¿Y crees que limpiando mi casa vas a conseguirlo?
—No. Pero pagando mis estudios sí.
Hubo un silencio.
—¿Tienes experiencia trabajando?
—No formalmente.
—¿Sabes cocinar?
—Sí.
—¿Limpiar?
—Viví trece años en un orfanato. Créame, sé limpiar.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Fue tan rápida que pensé que quizá la había imaginado.
—¿Sabes cuidar niños?
Fruncí el ceño.
—No mucho.
—¿Te gustan?
—Los niños.
—Sí.
—Supongo.
—¿Supongo?
—Nunca tuve hermanos pequeños.
William se sentó frente a mí.
—¿Qué sabes de mí?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿De usted?
—Sí.
—Que es rico.
—Eso ya lo sabes.
—Que es dueño de varias empresas.
—Continúa.
—Que es joven.
—¿Algo más?
Dudé.
—Que es un mujeriego.
Su mirada cambió.
—¿Eso dicen?
—Lo dicen las revistas.
—Y tú lees revistas.
—No. Mi amiga sí.
—Claro.
—Pero no me interesa su vida personal.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
—Porque la mayoría de las personas que se acercan a mí lo hacen por mi dinero.
Lo miré fijamente.
—Yo no.
—¿No?
—No.
—Estás aquí porque necesitas dinero.
—Sí, pero eso no significa que quiera el suyo.
William apoyó los brazos sobre el escritorio.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Que quieras dinero, pero no quieras mi dinero.
—Quiero ganármelo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Entonces alguien tocó la puerta.
—Adelante —dijo William.
La puerta se abrió y apareció Sara.
—Señor Blake, la señorita Crowd está esperando afuera.
William asintió.
—Hazla pasar.
Sara salió y unos segundos después apareció Ana.
—¡Ileana!
Su mirada cayó sobre el traje de William.
—¿Qué pasó?
—Un accidente —respondí rápidamente.
Ana me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Le derramaste agua al señor Blake?
—Sí.
William carraspeó.
—Señorita Crowd, tome asiento.
Ana obedeció inmediatamente.
—Perdón, señor.
William la observó.
—¿También sabe cocinar?
—Sí.
—¿Limpiar?
—Sí.
—¿Cuidar niños?
Ana abrió la boca.
—Sí.
La miré sorprendida.
Ella me lanzó una mirada rápida.
William parecía estar analizando cada respuesta.
—¿Por qué quieres trabajar aquí?
—Porque necesito dinero para estudiar.
—¿Qué quieres estudiar?
—Diseño de modas.
William asintió.
—Interesante.
Luego tomó un documento de su escritorio.
—Tengo entendido que ambas fueron criadas juntas.
—Sí —respondimos al mismo tiempo.
—¿Son amigas?
—Hermanas —dijo Ana.
La miré y sonreí.
William bajó la vista hacia el documento.
—Entonces tengo una propuesta.
Me enderecé.
—¿Qué propuesta?
—Una de ustedes trabajará en mi residencia.
Ana y yo nos miramos.
—La otra trabajará aquí, en la empresa.
—¿Y cuál de las dos hará qué? —preguntó Ana.
—Todavía no lo he decidido.
Sara intervino.
—Señor, creo que sería mejor que...
—Sara.
La mujer se calló.
William volvió a mirarnos.
—Mañana deberán presentarse ambas a las siete. Allí decidiré quién se queda en la empresa y quién va a mi residencia.
—¿Y cuánto pagará? —pregunté.
Ana me miró como si estuviera loca.
William, en cambio, pareció divertido.
—Directa.
—Necesito saber si vale la pena.
—El salario será superior al mínimo.
Mis hombros se relajaron.
—¿Cuánto?
William mencionó una cifra.
Sentí que casi se me salían los ojos.
Era mucho más de lo que esperaba.
Con ese dinero podría pagar la universidad, el apartamento y todavía guardar una parte.
Ana parecía igual de sorprendida.
—¿Aceptamos? —preguntó ella.
William nos miró.
—Si quieren.
—Aceptamos —dije inmediatamente.
—Bien.
William tomó dos contratos y los dejó sobre la mesa.
—Léanlos antes de firmar.
Tomé uno.
—¿Hay alguna condición especial?
—Varias.
—¿Como cuáles?
—Puntualidad, discreción, obediencia a las instrucciones y absoluta confidencialidad sobre mi vida privada.
Levanté la mirada.
—¿Su vida privada?
—Sí.
—¿Tan complicada es?
—Más de lo que imaginas.
—No me interesa.
—Eso espero.
Firmé.
Ana también.
—Mañana a las siete —dijo William.
Nos levantamos.
Yo me giré para salir, pero él me llamó.
—Señorita Smith.
Me volví.
—¿Sí?
—Procura no derramarme nada más encima.
Lo miré fijamente.
—Procure no ponerse detrás de mí cuando estoy tomando agua.
Ana soltó una pequeña carcajada.
William levantó una ceja.
Yo sonreí apenas y salí de la oficina.
Una vez fuera, Ana me tomó del brazo.
—¡No puedo creerlo!
—¿Qué?
—¡Acabas de hablarle así al hombre más rico de la ciudad!
—¿Y qué?
—¡Es William Blake!
—Ya sé.
—Es guapísimo.
Rodé los ojos.
—Tú sí que eres imposible.
—¿Viste sus ojos?
—Ana.
—¿Qué?
—Venimos a trabajar, no a enamorarnos.
—Yo no dije que quisiera enamorarme.
—Pero lo pensaste.
Ella sonrió.
—Quizás.
Negué con la cabeza.
Salimos del edificio.
Mientras caminábamos hacia la parada de autobús, miré el contrato que llevaba en mis manos.
Había conseguido un trabajo.
Un trabajo que podría cambiar mi vida.
Por primera vez desde que había salido del orfanato sentí que quizás todo iba a estar bien.
Sin embargo, no podía imaginar que aquel contrato no sería el único acuerdo que William Blake terminaría ofreciéndome.
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Esa misma noche, mientras Ana preparaba la cena, yo revisaba nuevamente el contrato.
—¿Qué buscas? —preguntó.
—No sé.
—Ya lo leímos.
—Quiero asegurarme.
—No hay nada extraño.
Pasé una página.
Entonces vi una cláusula.
Fruncí el ceño.
—Ana.
—¿Qué?
—Aquí dice que el puesto puede ser modificado por decisión del empleador.
—Eso es normal.
—Sí, pero...
No terminé.
Un golpe en la puerta nos hizo mirar hacia la entrada.
—¿Esperabas a alguien?
—No.
Ana se acercó y abrió.
Del otro lado estaba Sara.
—Buenas noches.
—¿Sara? —pregunté sorprendida.
Entró.
—El señor Blake me pidió que viniera.
—¿Para qué?
Sara dejó un sobre sobre la mesa.
—Mañana, después de la entrevista, ambas deberán estar disponibles.
—¿Disponibles para qué?
—Eso no me corresponde decirlo.
—¿Es algo relacionado con el trabajo?
Sara me miró.
—Sí.
—¿Algo malo?
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Sara suspiró.
—Solo puedo decirte que el señor Blake tiene asuntos familiares que resolver y probablemente necesite confiar en alguien.
—¿En nosotras?
—Tal vez.
—Eso no tiene sentido.
Sara se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Una cosa más, Ileana.
—¿Sí?
—Si el señor Blake te hace una propuesta, piensa muy bien antes de responder.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué clase de propuesta?
Sara negó con la cabeza.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Y salió.
Me quedé mirando la puerta cerrada.
Ana se acercó.
—¿Qué quiso decir?
—No lo sé.
Tomé el sobre.
Pesaba más de lo normal.
Lo abrí lentamente.
Dentro había una fotografía.
La saqué.
Era una pequeña niña de unos cinco años, de cabello castaño y enormes ojos claros.
En la parte posterior de la fotografía había un nombre escrito.
Carla.
Fruncí el ceño.
—¿Quién es ella?
Ana se acercó.
—No tengo idea.
Debajo del nombre había una frase.
La leí en voz alta.
—“Necesitamos una familia.”
Nos miramos.
Y por alguna razón, sentí que aquella pequeña fotografía acababa de cambiar por completo el rumbo de mi vida.
