Capítulo 5 Ana

No dije una palabra durante todo el camino de regreso al apartamento.

Ana tampoco.

El ruido de la ciudad entraba por la ventana del taxi, pero yo apenas lo escuchaba. Tenía la mirada perdida en los edificios que pasaban frente a mí mientras mi cabeza repetía una y otra vez las palabras de William.

Necesito una esposa.

Todavía parecía imposible.

¿Quién en su sano juicio aceptaría algo así?

Un matrimonio falso.

Un año viviendo con un hombre al que apenas conocía.

Una niña que tendría que llamar hija.

Y después, un divorcio.

Todo a cambio de una cantidad de dinero que podía cambiar mi vida.

—No me gusta esto —dijo Ana finalmente.

La miré.

—A mí tampoco.

—Entonces no lo hagas.

—Es fácil decirlo.

—No, Ileana. Es exactamente lo que debemos hacer. Decir que no.

—¿Y después qué?

—Seguimos trabajando.

—¿Y cuándo termine el contrato?

Ana guardó silencio.

—Tenemos que pagar la universidad —continué—. Tenemos que pagar el apartamento. Tenemos que comer. Necesitamos ropa, transporte, libros...

—Lo sé.

—No tenemos familia a la que acudir.

—También lo sé.

Suspiré.

—No quiero volver al orfanato.

—Yo tampoco.

—Entonces entiendes por qué estoy considerando la propuesta.

Ana bajó la mirada.

—Sí.

El taxi se detuvo frente al edificio.

Pagamos y entramos.

Subimos las escaleras lentamente.

Cuando abrimos la puerta del apartamento, dejamos nuestras cosas sobre el sofá.

Ana caminó directamente hacia la cocina.

—Voy a preparar algo.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer.

—Después.

Me dejé caer sobre el sofá.

Saqué nuevamente el documento que William me había entregado.

La cifra estaba allí.

Una cantidad que nunca había tenido en mis manos.

Podría pagar cuatro años de universidad.

Podría comprar un apartamento pequeño.

Podría ahorrar.

Podría darle a Ana suficiente dinero para que ella también estudiara.

Podría dejar de preocuparme por el día siguiente.

Pero el dinero no era gratis.

Tenía que casarme con William Blake.

Y no podía olvidar algo.

Él había dicho que no quería una esposa por amor.

Quería una esposa por conveniencia.

Una mujer que pudiera presentarle a su familia.

Una mujer que interpretara el papel de su esposa durante un año.

Y yo tendría que fingir ser feliz.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Ana.

—En Carla.

Ella se sentó junto a mí.

—¿Por qué?

—Porque ella también es una huérfana.

Ana no respondió.

—¿Te imaginas? —continué—. Quizás ella está creciendo en algún lugar como nosotras.

—Pero nosotros no sabemos nada de ella.

—Exactamente.

—William dijo que necesita una familia para adoptarla.

—Sí.

—¿Y si todo es mentira?

La miré.

—¿Crees que William inventaría a una niña?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Ana suspiró.

—Hay algo que no me gusta.

—¿Qué?

—La forma en que habló de ella.

—¿Cómo?

—Parecía preocupado.

—Eso es bueno.

—No necesariamente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si la situación de Carla es tan complicada, ¿por qué necesita una desconocida para resolverla?

Me quedé pensativa.

Tenía razón.

Había demasiadas cosas que no sabíamos.

—Mañana le preguntaré.

—¿Y si no quiere responder?

—Entonces no aceptaré.

Ana me tomó de la mano.

—Prométemelo.

La miré.

—Te lo prometo.

---

Esa noche no dormí.

Me quedé mirando el techo durante horas.

Pensaba en mis padres.

Tenía pocos recuerdos de ellos.

Una fotografía.

La voz de mi madre cantándome antes de dormir.

Las manos de mi padre levantándome para sentarme sobre sus hombros.

Después, nada.

El accidente había ocurrido cuando yo tenía cinco años.

Había perdido mi hogar.

Había perdido mi familia.

Y durante trece años había aprendido a sobrevivir.

Ahora tenía una oportunidad de conseguir algo que jamás había tenido.

Una familia.

Aunque fuera falsa.

Miré hacia la cama de Ana.

Ella dormía profundamente.

Quizás yo estaba siendo egoísta.

Quizás estaba pensando demasiado en el dinero.

Pero también había una niña.

Carla.

Una pequeña que no había elegido estar sola.

Recordé su fotografía.

Sus ojos parecían tristes.

Cerré los ojos.

—Solo será un año —susurré.

Pero ni siquiera yo estaba convencida.

---

A la mañana siguiente me levanté temprano.

Ana ya estaba despierta.

—¿Dormiste?

—Un poco.

—Yo tampoco.

Nos preparamos para ir nuevamente a la empresa.

Esta vez no llevábamos ropa de entrevista.

Nos habían dicho que comenzábamos oficialmente nuestro trabajo.

Cuando llegamos, Sara nos recibió.

—El señor Blake las está esperando.

—¿Ya llegó? —pregunté.

—Sí.

Nos condujo hasta su oficina.

William estaba sentado frente a su escritorio.

Había varios documentos frente a él.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ana se sentó.

Yo permanecí de pie.

—Quiero hablar contigo a solas, Ileana.

Ana me miró.

—Estaré afuera.

Salió.

William señaló la silla.

—Siéntate.

Lo hice.

—¿Pensaste en mi propuesta?

—Sí.

—¿Y?

Respiré profundamente.

—Tengo algunas preguntas.

—Hazlas.

—Quiero conocer a Carla.

William asintió.

—Eso puede arreglarse.

—Quiero saber por qué necesita una familia.

—Sus padres murieron.

—¿Cómo?

William bajó la mirada.

—En un accidente.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Qué clase de accidente?

—Un accidente automovilístico.

Me quedé callada.

—¿Y usted la conoce desde cuándo?

—Desde que nació.

—¿Es familia suya?

—No exactamente.

—Entonces, ¿por qué quiere adoptarla?

William permaneció en silencio.

—Porque se lo prometí a alguien.

—¿A quién?

—A su madre.

Su respuesta me dejó sin palabras.

—¿Usted conocía a su madre?

—Sí.

—¿Eran amigos?

—Algo así.

No parecía querer hablar más.

—¿Y por qué no la adoptó antes?

—Porque no podía.

—¿Por qué?

—Por mi estilo de vida.

—¿Su vida de mujeriego?

William levantó la mirada.

—Entre otras cosas.

—Entonces ahora quiere cambiar.

—Quiero demostrar que puedo hacerlo.

—¿Por su familia?

—Sí.

—¿Y por Carla?

—También.

Lo observé.

Por primera vez pude ver algo diferente en su expresión.

No era frialdad.

Era culpa.

—¿Ella sabe que usted quiere adoptarla?

—Sabe que quiero cuidarla.

—¿Cuántos años tiene?

—Cinco.

—¿Dónde vive ahora?

—Con una tutora.

—¿La niña sabe que perdió a sus padres?

—Sí.

Sentí un nudo en la garganta.

—Quiero conocerla antes de aceptar.

William asintió.

—Hoy.

Lo miré sorprendida.

—¿Hoy?

—Después del trabajo.

—Está bien.

—¿Algo más?

—Sí.

Tomé aire.

—Si acepto, quiero ciertas condiciones.

William levantó una ceja.

—¿Condiciones?

—Sí.

—Dime.

—Quiero continuar estudiando.

—Por supuesto.

—No voy a abandonar la universidad.

—No te lo pediré.

—Quiero que Ana pueda conservar su trabajo.

—Si ella quiere.

—Y quiero poder disponer de mi dinero.

—El dinero será tuyo.

—Sin condiciones.

—Sin condiciones.

—Y no quiero que nadie me trate como menos por haber crecido en un orfanato.

William me observó fijamente.

—Eso no dependerá de mí.

—Entonces quiero que deje claro frente a su familia que soy su esposa y merezco respeto.

Hubo un silencio.

—Aceptado.

—Y una última cosa.

—¿Qué?

—No voy a permitir que nadie haga sufrir a Carla.

Su mirada se suavizó.

—No lo permitiré tampoco.

—Entonces tenemos un acuerdo... posiblemente.

William se inclinó hacia atrás.

—¿Eso significa que aceptas?

—Quiero conocer a Carla primero.

—De acuerdo.

Se levantó.

—Entonces iremos juntos esta tarde.

Me puse de pie.

—¿Y mientras tanto?

—Trabajarás aquí.

—¿Qué tengo que hacer?

William sonrió ligeramente.

—De momento, evitar mojarme con agua.

Rodé los ojos.

—No prometo nada.

Por primera vez sonrió de verdad.

Y tuve que admitir algo.

Su sonrisa era peligrosa.

Muy peligrosa.

---

Durante el resto del día me asignaron algunas tareas administrativas.

Para mi sorpresa, no estaba limpiando pisos.

Sara me explicó que William había decidido que podía ayudar con algunos documentos, organizar archivos y atender ciertas cosas sencillas.

—¿Por qué me asignaron aquí? —pregunté.

—Porque el señor Blake lo decidió.

—¿Y no debería estar limpiando?

—No.

—Entonces, ¿para qué nos ofrecieron como sirvientas?

Sara me miró.

—Era la manera más sencilla de acercarlas a él.

Fruncí el ceño.

—¿Acercarnos?

—No debería haber dicho eso.

—Sara.

—Tengo trabajo.

Se marchó.

Aquello solo aumentó mis sospechas.

¿Por qué nos habían seleccionado?

¿Por qué precisamente a Ana y a mí?

¿Había sido casualidad?

No lo creía.

A media tarde, William apareció.

—¿Lista?

—Sí.

—Vamos.

Nos dirigimos hacia el estacionamiento.

Por primera vez subí a uno de sus autos.

Era enorme, elegante y silencioso.

El conductor nos llevó hasta las afueras de la ciudad.

Durante el trayecto, William permaneció callado.

Yo miraba por la ventana.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—Sí.

—No tienes que estarlo.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien va a conocer a una niña que quizás termine llamándote mamá.

William me miró.

—No tienes que obligarla.

—¿Y si lo hace?

—Entonces no la rechaces.

Su voz sonó diferente.

—¿La quieres mucho? —pregunté.

William tardó en responder.

—Sí.

—Entonces no entiendo por qué no la adoptó antes.

—Porque no estaba preparado.

—¿Y ahora sí?

—No sé.

Lo miré.

—Entonces estamos igual.

—¿Qué quieres decir?

—Yo tampoco estoy preparada para ser esposa.

Él soltó una pequeña risa.

—Eso es diferente.

—No para mí.

El auto se detuvo frente a una casa grande, pero sencilla.

William bajó primero.

Yo lo seguí.

Una mujer mayor salió a recibirnos.

—Señor Blake.

—Buenas tardes, Margaret.

La mujer me miró.

—¿Ella es?

William me observó.

—Ella es Ileana.

—¿La futura esposa?

Sentí que me quedaba sin aire.

—Todavía no —respondí.

Margaret sonrió.

—Entonces será mejor que entren.

La casa olía a galletas recién horneadas.

Caminamos por un pasillo hasta llegar a una sala.

Y entonces la vi.

Carla estaba sentada en el suelo jugando con una muñeca.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos se encontraron con los míos.

Me quedé inmóvil.

Era todavía más hermosa que en la fotografía.

La niña dejó la muñeca.

—Tío William.

Corrió hacia él.

William se agachó y la abrazó.

—Hola, pequeña.

Ella escondió el rostro en su cuello.

—Pensé que no vendrías.

—Te prometí que vendría.

La niña levantó la cabeza.

—¿Quién es ella?

William me miró.

Yo no sabía qué decir.

—Es Ileana.

Carla me observó.

—¿Es tu novia?

William se quedó callado.

—Es una amiga.

Carla frunció el ceño.

—No quiero otra mamá.

Sentí un nudo en la garganta.

William acarició su cabello.

—Nadie va a reemplazar a tu mamá.

La niña bajó la mirada.

—La extraño.

—Lo sé.

Me acerqué lentamente.

Me agaché para quedar a su altura.

—Hola, Carla.

Ella me miró.

—Hola.

—Soy Ileana.

—¿Te vas a casar con mi tío?

Abrí los ojos.

William suspiró.

—Carla...

—Solo pregunté.

La niña volvió a mirarme.

Yo sonreí.

—Quizás.

Ella pensó unos segundos.

—¿Te gustan los cuentos?

—Mucho.

—¿Y los animales?

—También.

—¿Y las galletas?

—Esas me encantan.

Carla sonrió por primera vez.

—Entonces puedes venir.

William me miró sorprendido.

—¿A dónde?

—A mi casa.

Sentí algo extraño en el pecho.

Aquella pequeña apenas me conocía y ya me estaba invitando a entrar en su mundo.

—Me gustaría.

Carla tomó mi mano.

—Ven.

Me llevó hasta una pequeña mesa donde tenía dibujos.

Había casas, flores y personas.

En uno aparecía una mujer, un hombre y una niña.

—¿Esta es tu familia? —pregunté.

—Era mi familia.

Mi sonrisa desapareció.

—La hice cuando mamá y papá todavía estaban vivos.

—Es muy bonito.

—Ella era mi mamá.

Señaló a la mujer.

—Y él era mi papá.

Después señaló a la niña.

—Yo.

Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.

—Eran muy bonitos.

—Sí.

Carla guardó silencio.

Luego me miró.

—¿Tú también tienes mamá?

Me quedé paralizada.

—No.

—¿Murió?

Asentí.

—Sí.

—¿Y tu papá?

—También.

Carla me observó con una expresión diferente.

—Entonces tú también estás sola.

No pude responder.

La pequeña tomó mi mano con más fuerza.

—Ya no.

La miré.

—¿Qué?

—Si te casas con mi tío, ya no estarás sola.

Mi corazón se estremeció.

William estaba detrás de nosotras.

Lo miré.

Él no dijo nada.

Pero su mirada me hizo comprender que aquella propuesta ya no era solamente sobre dinero.

Había una niña en medio.

Una niña que necesitaba cariño.

Y yo sabía perfectamente lo que significaba crecer sin una familia.

Miré nuevamente a Carla.

Quizás podía darle lo que yo nunca tuve.

Una familia.

Aunque fuera falsa.

Aunque solo durara un año.

Quizás un año podía ser suficiente para cambiar tres vidas.

Me puse de pie.

—William.

—¿Sí?

—Quiero hablar contigo.

Salimos al pasillo.

Cerré la puerta detrás de mí.

—Acepto.

William se quedó completamente quieto.

—¿Estás segura?

—No.

—Entonces...

—Pero lo haré.

Me miró fijamente.

—¿Por qué?

Miré hacia la puerta donde estaba Carla.

—Por ella.

William no respondió.

—Y por mí —añadí—. Porque quiero tener la oportunidad de construir una vida que nunca tuve.

William extendió la mano.

—Entonces tenemos un acuerdo.

Miré su mano.

Después la estreché.

—Tenemos un acuerdo.

Pero ninguno de los dos sabía que aquel apretón de manos sería el comienzo de un matrimonio que estaba destinado a ser falso...

hasta que los sentimientos comenzaran a volverse demasiado reales.

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