Capítulo 6 Feliz
No sé cuánto tiempo permanecí mirando la mano de William después de estrecharla.
Su piel estaba tibia y su agarre era firme. Sin embargo, lo que realmente me había dejado sin palabras no era el contacto, sino el peso de la decisión que acababa de tomar.
Me iba a casar.
No por amor.
No porque estuviera enamorada.
No porque quisiera compartir mi vida con él.
Iba a casarme porque necesitaba dinero y porque una pequeña niña necesitaba una familia.
Eso era todo.
O al menos eso intentaba repetirme.
William soltó mi mano y metió las suyas en los bolsillos de su pantalón.
—No tienes que hacerlo si cambias de opinión.
—Ya dije que sí.
—Lo sé. Solo quiero que tengas claro que todavía puedes arrepentirte.
—¿Y usted puede arrepentirse?
Me miró.
—No.
—Entonces estamos en las mismas condiciones.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque tú todavía puedes salir de esto sin consecuencias. Yo no.
Aquella respuesta me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué significa eso?
William miró hacia la puerta de la sala para asegurarse de que Carla no estuviera cerca.
—Mi familia lleva meses presionándome. Mi abuelo está enfermo y quiere asegurarse de que el patrimonio quede en buenas manos. Si no cumplo sus condiciones, perderé parte del control de las empresas.
—¿Y cuánto dinero perdería?
—No se trata solo de dinero.
—Para alguien como usted, sí debe ser importante.
William negó con la cabeza.
—Es mi apellido.
—No entiendo.
—Algún día lo harás.
No insistí.
Ya había demasiadas cosas que todavía desconocía.
—¿Cuándo nos casamos?
—En una semana.
Abrí los ojos.
—¿Una semana?
—No tenemos mucho tiempo.
—¡William!
—¿Qué?
—¡No puedo casarme en una semana!
—¿Por qué no?
—Porque necesito preparar todo.
—¿Qué necesitas preparar?
—¡Mi ropa! ¡Mis documentos! ¡Mi universidad! ¡Ana!
—Todo eso puede solucionarse.
—Para usted todo puede solucionarse con dinero.
Se quedó callado.
Sabía que había dado en el punto exacto.
—No estoy acostumbrada a que las cosas se solucionen así —añadí.
—Entonces tendrás que acostumbrarte durante este año.
—No quiero convertirme en alguien como usted.
Su mirada se endureció.
—No te lo estoy pidiendo.
—A veces parece que sí.
Nos quedamos mirándonos.
Entonces escuchamos la voz de Carla.
—¡Tío William!
William abrió la puerta.
—¿Qué sucede?
La niña apareció corriendo.
—Margaret dice que puedo llevarme una cosa a mi nueva casa.
William se agachó.
—¿Qué cosa?
Carla señaló hacia la sala.
—Mi osito.
—Por supuesto.
La niña corrió por él.
Yo la observé.
Era imposible no sentir cariño por ella.
Tal vez porque entendía demasiado bien lo que significaba perder a los padres.
Cuando Carla regresó, llevaba un pequeño oso de peluche marrón contra el pecho.
—Este es Bruno.
—Es muy bonito —le dije.
—Me lo regaló mi papá.
La sonrisa de la niña desapareció.
Me agaché frente a ella.
—Entonces Bruno tiene que ir contigo.
—Sí.
—Y puedes llevarlo a nuestra casa.
Carla me miró.
—¿Nuestra?
Me di cuenta demasiado tarde de mis palabras.
—Sí.
Ella sonrió.
—¿Voy a vivir contigo?
Miré a William.
Él asintió.
—Sí, pequeña.
Carla dio un pequeño salto.
—¡Entonces voy a tener una habitación!
—Claro.
—¿Y tú vas a dormir allí?
—Sí.
—¿Y tú también? —preguntó mirando a William.
—Sí.
La niña sonrió todavía más.
—Entonces vamos a ser una familia.
Sentí un nudo en la garganta.
William también pareció quedarse sin palabras.
Carla tomó mi mano y luego la de él.
—Los tres.
Nos miramos.
Por un instante, aquello pareció demasiado real.
Una familia.
Algo que ninguno de los dos había planeado realmente ser.
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Regresamos a la ciudad al caer la tarde.
Durante el camino, Carla se quedó dormida en el asiento trasero abrazada a su oso.
Yo iba sentada junto a William.
No sabía qué decir.
—¿Estás arrepentida? —preguntó.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estás tan callada?
Miré por la ventana.
—Estoy intentando entender cómo mi vida cambió tanto en dos días.
William soltó una pequeña sonrisa.
—La mía también.
—Usted parece bastante acostumbrado a los cambios.
—No a este.
Lo miré.
—¿Nunca pensó en casarse?
—No.
—¿Nunca estuvo enamorado?
William guardó silencio.
—Esa es una pregunta personal.
—Ahora voy a ser su esposa. Tengo derecho a conocer algunas cosas.
—No.
—¿No?
—No estuve enamorado.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Eso es triste.
—No lo creo.
—¿Por qué?
—Porque el amor complica todo.
—Quizás también hace que valga la pena.
William me miró durante unos segundos.
—Hablas como alguien que sí cree en el amor.
—Supongo que sí.
—¿Nunca tuviste novio?
—No.
—¿Nunca estuviste enamorada?
Negué.
—No tuve tiempo para eso.
—¿Por qué?
—Porque estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir.
William bajó la mirada.
—Lo siento.
—No necesito lástima.
—No te tengo lástima.
—¿Entonces?
—Te admiro.
Me quedé sorprendida.
No esperaba aquella respuesta.
—Gracias.
Después de eso volvimos a quedarnos en silencio.
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Cuando llegamos al edificio donde vivíamos Ana ya estaba esperándonos.
Apenas vio a Carla, abrió los ojos.
—¡Dios mío!
Carla se escondió detrás de mí.
—Ella es Ana —le expliqué—. Mi mejor amiga.
Ana sonrió y se agachó.
—Hola, Carla.
—Hola.
—Soy Ana.
—¿Tú también vas a vivir con nosotros?
Ana me miró.
Yo negué con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Ana tendrá su propio lugar.
—Ah.
Carla pareció decepcionada.
Ana le acarició el cabello.
—Pero voy a visitarte todos los días.
—¿De verdad?
—Te lo prometo.
Carla sonrió.
William se acercó.
—Tenemos que irnos.
Ana lo miró.
—¿Ya está decidido?
—Sí.
—¿Y ella?
—Se mudará conmigo.
Ana volvió a mirarme.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Sí.
Esperé que me abrazara o me dijera algo, pero simplemente me tomó de las manos.
—Entonces voy a apoyarte.
—Gracias.
—Pero si este hombre te hace sufrir, te juro que...
William carraspeó.
—Estoy aquí.
Ana lo ignoró.
—...me encargaré de él.
Por primera vez vi a William sonreír.
—Ya veo por qué son amigas.
Carla soltó una pequeña risa.
—Ana es graciosa.
—Sí —respondí—. A veces demasiado.
William tomó algunas de nuestras cosas.
—Necesitamos irnos.
—¿A dónde? —pregunté.
—A mi casa.
—¿Ahora?
—Sí.
—Pero mis cosas...
—Mañana enviaré a alguien por ellas.
Miré el pequeño apartamento.
Había vivido allí apenas dos días.
Y ya tenía que dejarlo.
Me acerqué a Ana y la abracé.
—Cuídate.
—Tú también.
—Nos veremos mañana.
—Sí.
Carla también abrazó a Ana.
—No te olvides de mí.
—Jamás.
Subimos al auto.
Esta vez Carla se sentó en medio de nosotros.
Durante el trayecto habló sin parar.
Nos contó sobre su muñeca, su osito, su antigua casa y las galletas que le gustaban.
Yo la escuchaba con atención.
William también.
Era extraño verlo así.
El hombre frío que había conocido en la empresa parecía desaparecer cuando estaba con ella.
En su lugar aparecía un hombre paciente.
Cariñoso.
Protector.
Tal vez había juzgado demasiado rápido.
Después de casi una hora llegamos a una enorme residencia.
La casa parecía sacada de una película.
Tenía un jardín enorme, una fuente en la entrada y grandes ventanales.
Carla bajó del auto emocionada.
—¡Llegamos!
William tomó su mano.
—Sí.
Yo bajé detrás.
Una mujer de unos cincuenta años salió a recibirnos.
—Señor Blake.
—Victoria, ella es Ileana.
La mujer me observó.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
—Y ella es Carla.
La expresión de Victoria cambió.
—Oh, pequeña.
Carla corrió hacia ella.
—¡Victoria!
—Te extrañé.
—Yo también.
Me quedé observándolas.
—Victoria se encarga de la casa —me explicó William.
—¿Es su empleada?
—Es la administradora.
Victoria se acercó.
—La habitación de Carla está preparada.
—¿Ya? —pregunté.
—El señor Blake dio instrucciones esta mañana.
—¿Y la mía?
—También.
Me sorprendí.
—¿Mía?
William me miró.
—Nuestra.
Sentí que el corazón me daba un pequeño salto.
—Ah.
Victoria sonrió.
—El dormitorio principal está listo.
Carla tomó mi mano.
—¡Ven! Quiero enseñarte mi habitación.
La seguí.
La habitación de la niña era preciosa.
Había una cama pequeña, estantes llenos de libros, muñecas, peluches y una enorme ventana que daba al jardín.
—Es hermosa.
—Es mi habitación —dijo orgullosa.
—¿Te gusta?
—Sí.
Colocó a Bruno sobre la cama.
Después me miró.
—¿Tú también tendrás muchos juguetes?
—No creo.
—Entonces podemos compartir los míos.
Sonreí.
—Gracias.
Carla se acercó y me abrazó de repente.
Me quedé inmóvil.
Hacía años que nadie me abrazaba de esa manera.
Sin pedir nada.
Sin esperar nada.
Simplemente porque quería hacerlo.
La abracé de vuelta.
—Buenas noches, Carla.
—Buenas noches, mamá.
Mi corazón se detuvo.
La niña salió corriendo.
Me quedé completamente paralizada.
William estaba en la puerta.
—No tienes que llamarme mamá —dije, aunque Carla ya se había ido.
—Lo sé.
—Pero ella...
—Es pequeña.
—No quiero confundirla.
—No la vas a confundir.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
William se acercó.
—Porque ella necesita creer que esta vez su familia no va a desaparecer.
Sus palabras me dolieron.
—¿Y cuando termine el año?
William guardó silencio.
—No lo sé —admitió.
Esa respuesta me preocupó.
—Entonces deberíamos pensar en eso desde ahora.
—Lo haremos.
Salí de la habitación.
Cuando llegamos al dormitorio principal, abrí la puerta.
Me quedé inmóvil.
Había una enorme cama en el centro.
Solo una.
Miré a William.
—No.
—¿Qué?
—No voy a dormir aquí.
—¿Por qué?
—Porque hay una sola cama.
—Es bastante grande.
—No.
William soltó un suspiro.
—No voy a tocarte.
—No se trata de eso.
—Entonces, ¿qué?
—No voy a compartir cama con un desconocido.
—Tienes razón.
Se acercó al armario y sacó unas sábanas.
—Dormiré en el sofá.
—¿En serio?
—Sí.
—Pero esta es su casa.
—Y tú eres mi esposa.
—Falsa.
—Ante los demás, no.
Me quedé callada.
William salió de la habitación.
—Descansa.
—William.
Se volvió.
—Gracias.
Asintió.
—Buenas noches, Ileana.
Cerró la puerta.
Me senté sobre la cama.
No sabía si reír o llorar.
En menos de una semana sería su esposa.
Y esa noche dormiríamos bajo el mismo techo.
Pero había algo todavía peor.
La niña me había llamado mamá.
Y aunque sabía que aquello era parte de una mentira...
una parte de mí había deseado que fuera verdad.
---
A la mañana siguiente desperté con el sonido de unos pequeños golpes en la puerta.
—¿Mamá?
Abrí los ojos.
Carla estaba parada en la entrada con su oso.
—¿Puedo dormir contigo?
Me incorporé.
—Claro.
La niña corrió hacia mí y se metió bajo las cobijas.
—Hace frío.
—Ven.
La abracé.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
—¿Dónde está papá?
La pregunta me tomó desprevenida.
—¿Qué?
—Tío William.
—Debe estar abajo.
—No.
Carla levantó la mirada.
—Quiero decir papá.
No supe qué responder.
—Todavía no sé si puedo llamarlo así.
—Pero va a ser tu esposo.
—Sí.
—Entonces será mi papá.
Sonreí.
—Supongo.
Carla apoyó la cabeza sobre mi brazo.
—Estoy feliz.
—¿Por qué?
—Porque ya no voy a estar sola.
Sentí un nudo en la garganta.
La abracé con más fuerza.
—Yo tampoco.
En ese momento escuchamos una voz desde la puerta.
—Buenos días.
William estaba allí.
Llevaba una camisa blanca y pantalones oscuros.
Carla levantó la cabeza.
—Papá.
William se quedó completamente inmóvil.
La miró.
Después me miró a mí.
Y por primera vez pude ver algo parecido al miedo en sus ojos.
Porque ambos sabíamos que acabábamos de cruzar una línea.
La mentira empezaba a sentirse demasiado real.
---
Horas después, mientras desayunábamos, William recibió una llamada.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Cuándo?
Silencio.
—Entiendo.
Colgó.
—¿Qué pasó? —pregunté.
William dejó el teléfono sobre la mesa.
—Mi abuelo quiere conocerte.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Y qué debo hacer?
—Ser tú misma.
—¿Y si no le gusto?
—Entonces tendremos un problema.
—¿Qué clase de problema?
William me miró fijamente.
—Porque mi abuelo no es un hombre al que podamos engañar fácilmente.
Me quedé en silencio.
Carla siguió comiendo como si nada.
William tomó mi mano debajo de la mesa.
Fue un gesto inesperado.
—Desde este momento —dijo en voz baja—, tenemos que actuar como una pareja.
Lo miré.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Por qué?
—Porque alguien nos está observando.
Seguí la dirección de su mirada.
En la entrada de la casa había un hombre desconocido.
Y aunque no sabía quién era...
algo en su expresión me hizo comprender que nuestro supuesto matrimonio acababa de convertirse en algo mucho más peligroso de lo que habíamos imaginado.
