Capítulo 7 Miradas

No pude apartar la mirada del hombre que estaba parado junto a la entrada.

Vestía un traje gris oscuro y sostenía un teléfono en una de sus manos. No parecía un empleado de la casa. Tampoco tenía la expresión amable de alguien que había llegado de visita.

Simplemente nos observaba.

Sentí que William apretaba un poco más mi mano debajo de la mesa.

—No lo mires demasiado —murmuró.

—¿Quién es?

—Después te explico.

—¿Es de tu familia?

—No.

Aquella respuesta me puso todavía más nerviosa.

Carla seguía desayunando sin prestar atención a nuestra conversación.

William se levantó.

—Victoria.

La mujer apareció desde la cocina.

—¿Sí, señor?

—Acompaña a Carla a su habitación.

—Claro.

Carla dejó la cuchara.

—¿Por qué?

—Tengo que hablar con Ileana.

—¿De qué?

William sonrió.

—De cosas de adultos.

Carla hizo un pequeño gesto de disgusto.

—Siempre dicen eso.

No pude evitar sonreír.

—Ve con Victoria. En un momento te busco.

La niña se levantó y abrazó a William.

—No tardes.

—No tardaré.

Después me miró.

—Tú tampoco.

—Prometido.

Victoria se llevó a Carla.

Esperamos hasta que desaparecieron por el pasillo.

William se puso serio.

—Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—A mi oficina.

—¿Y el hombre?

—Precisamente por él.

—William, no me gusta que me ocultes cosas.

—No te estoy ocultando nada.

—Acabas de decirme que tenemos que actuar como pareja porque alguien nos observa y ni siquiera sé quién es.

Se pasó una mano por el cabello.

—Es un investigador privado.

Me quedé helada.

—¿Un investigador?

—Sí.

—¿Quién lo contrató?

—Mi familia.

—¿Para investigarte?

—Para investigar a mi futura esposa.

Me levanté de la silla.

—¿Qué?

—Mi abuelo quiere asegurarse de que no estoy inventando nuestro matrimonio.

—¿Y cómo piensa comprobarlo?

William me miró fijamente.

—Investigándote.

Sentí que el corazón me latía más rápido.

—Pero no hay nada que investigar.

—Lo sé.

—¿Qué podría encontrar?

—Tu vida en el orfanato. Tus estudios. Tus antecedentes. Tus amistades. Todo.

—No tengo nada que esconder.

—Eso es exactamente lo que necesitamos.

—¿Y si descubre que esto es falso?

—Por eso debemos hacerlo bien.

—¿Qué significa hacerlo bien?

William se acercó.

—Que frente a mi familia tendremos que comportarnos como una pareja real.

—¿Y frente a ese hombre?

—También.

—¿Tenemos que besarnos?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.

William se quedó callado.

—Si es necesario.

Sentí que mis mejillas ardían.

—No.

—No estoy diciendo que tengamos que hacerlo ahora.

—Bien.

—Pero quizá en algún momento.

—Ya veremos.

William tomó las llaves.

—Vamos.

Salimos de la casa.

Antes de subir al auto, miré hacia la entrada.

El hombre había desaparecido.

---

Durante el trayecto hacia la empresa, permanecí en silencio.

Tenía demasiadas preguntas.

—¿Tu familia siempre es así? —pregunté.

—¿Así cómo?

—Controladora.

—Sí.

—¿Y tú nunca has intentado enfrentarte a ellos?

—Toda mi vida.

—Entonces, ¿por qué necesitas demostrarles algo?

William tardó unos segundos en responder.

—Porque mi abuelo es la única familia que me queda.

Aquella frase me sorprendió.

—¿Tus padres?

—Murieron cuando era adolescente.

Lo miré.

—No lo sabía.

—No aparece en las revistas.

—Lo siento.

—No necesito lástima.

Sonreí ligeramente.

—Ahora sabes cómo se siente cuando te dicen eso.

William me miró y, por primera vez, pareció entender lo que había dicho.

—Tienes razón.

El resto del viaje transcurrió en silencio.

Cuando llegamos a la empresa, subimos directamente al piso cuarenta.

Sara estaba esperando.

—El señor Blake tiene una reunión dentro de quince minutos.

—Cancélala —dijo William.

—Pero es con el consejo.

—Dije que la canceles.

Sara asintió.

—Sí, señor.

Entramos en su oficina.

William cerró la puerta.

—Necesitamos revisar algunas cosas antes de la reunión con mi abuelo.

—Está bien.

Se sentó frente a mí.

—Primero, tu historia.

Fruncí el ceño.

—¿Mi historia?

—Sí. Si alguien te pregunta cómo nos conocimos, ¿qué dirás?

Pensé unos segundos.

—En el trabajo.

—Demasiado sencillo.

—¿Qué quieres que diga?

—Que te conocí cuando hiciste una entrevista para trabajar en mi empresa.

—Eso es verdad.

—Sí, pero no podemos mencionar que el matrimonio es un acuerdo.

—Obviamente.

—Nos conocimos hace dos semanas.

—Pero nos conocimos hace tres días.

—Por eso digo que debemos tener una historia coherente.

Tomé una hoja.

—Está bien.

—¿Dónde fue nuestra primera cita?

—¿Primera cita?

—Sí.

—Nunca tuvimos una.

—Necesitamos inventarla.

—Esto es ridículo.

—Lo sé.

—¿Qué tal una cafetería?

—No.

—¿Restaurante?

—Demasiado formal.

—¿Un parque?

—Mejor.

—Entonces un parque.

William asintió.

—¿Qué comimos?

—¿En serio?

—Mi abuelo puede preguntar cualquier cosa.

Suspiré.

—Helado.

—¿De qué sabor?

—Chocolate.

—¿Y yo?

—Vainilla.

—No me gusta la vainilla.

—Pues ahora te gusta.

William sonrió.

—Bien.

—¿Qué más?

—Tu cumpleaños.

Le dije la fecha.

—¿Y el mío?

—Eso debería saberlo.

—Veintisiete de mayo.

—¿Cómo sabes mi cumpleaños?

—Lo investigué.

—Entonces el investigador no tendrá que hacerlo.

—No te preocupes.

Me quedé mirando la hoja.

—¿Y cómo comenzó nuestra relación?

William se inclinó hacia atrás.

—Me enamoré de ti.

Solté una risa.

—No puedo decir eso.

—¿Por qué?

—Porque no sabría fingirlo.

—Entonces diremos que fue gradual.

—¿Y quién se declaró primero?

—Yo.

—¿Usted?

—Sí.

—No parece el tipo de hombre que se declara.

—¿Qué tipo de hombre parezco?

—Uno que espera que las mujeres se le declaren.

William soltó una carcajada.

—Quizás tienes razón.

Me sorprendió escucharlo reír.

Parecía otra persona.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—No.

—Sí.

—Estaba pensando.

—¿En qué?

—En que debería dejar de descubrir cosas sobre ti.

—¿Por qué?

—Porque esto se supone que es temporal.

Su sonrisa desapareció.

—Lo sé.

La puerta se abrió de repente.

Sara apareció.

—Señor Blake, su abuelo ya llegó.

William se levantó.

—Bien.

Luego me miró.

—¿Lista?

Respiré profundamente.

—No.

—Yo tampoco.

Salimos.

---

El ascensor se detuvo en el piso treinta y ocho.

Un hombre mayor entró acompañado de otro hombre que parecía ser su asistente.

Lo reconocí inmediatamente.

Era Richard Blake.

El mismo que había conocido el día anterior.

—Tú —dijo al verme.

—Buenos días.

Richard miró nuestras manos.

William me había tomado de la mano justo antes de que se abrieran las puertas.

—Así que eres la famosa Ileana.

—No sabía que era famosa.

—En esta familia todo se sabe.

Richard observó a William.

—¿De verdad vas a hacer esto?

—Sí.

—Todavía puedes detenerte.

—No quiero hacerlo.

—Tu abuelo se pondrá furioso.

—Ya lo veremos.

Richard volvió a mirarme.

—Muchacha, ¿sabes dónde te estás metiendo?

—No completamente.

—Deberías.

—Richard —advirtió William.

—Solo estoy tratando de proteger a la familia.

—No necesito protección.

Las puertas se abrieron.

Salimos.

Richard se quedó atrás.

—Esto no terminará bien —murmuró.

William no respondió.

Seguimos caminando.

—No me gusta tu tío.

—No es mi tío.

—¿Qué?

—Es mi primo.

—¿Tu primo?

—Sí.

—Entonces tienes una familia complicada.

—No tienes idea.

Llegamos a una sala privada.

Un hombre mayor estaba sentado junto a una ventana.

Era elegante, pero su rostro reflejaba cansancio.

Cuando William entró, levantó la mirada.

—William.

—Abuelo.

El hombre miró hacia mí.

—¿Y ella?

William me tomó de la cintura.

El contacto me hizo tensarme.

—Ella es Ileana. Mi prometida.

El hombre me observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Acércate, querida.

Obedecí.

—Mucho gusto.

—¿Tienes miedo?

—Un poco.

El hombre soltó una pequeña risa.

—Eso es bueno. Significa que tienes sentido común.

William permaneció serio.

—Abuelo...

—Quiero hablar con ella a solas.

William me miró.

Yo asentí.

—Está bien.

Salió de la sala.

Me senté frente al hombre.

—Así que quieres casarte con mi nieto.

—Sí.

—¿Lo amas?

La pregunta me golpeó.

—Sí.

La palabra salió automáticamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace...

Me quedé en blanco.

—Unos meses.

El hombre sonrió.

—¿Dónde se conocieron?

—En la empresa.

—¿Quién se enamoró primero?

—Él.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y por qué aceptaste casarte con él?

—Porque lo amo.

Sentí que mi corazón latía con fuerza.

Estaba mintiendo.

Pero debía hacerlo.

El hombre me observó detenidamente.

—¿Qué sabes de mi nieto?

—Sé que es trabajador. Que es responsable. Que intenta hacer lo mejor para su familia.

—Eso no suena a William.

—Quizás porque yo lo conozco de otra manera.

El anciano sonrió.

—Interesante.

Después se inclinó hacia adelante.

—¿Qué quieres de él?

—Nada.

—Todas las mujeres quieren algo.

—Yo solo quiero que sea feliz.

—¿Dinero?

—No.

—¿Poder?

—No.

—¿Una vida de lujo?

Negué.

—Quiero estudiar.

—¿Qué?

—Administración de empresas.

—¿Y tu familia?

Sentí que la sonrisa desaparecía.

—No tengo.

—¿Padres?

—Murieron cuando era pequeña.

—¿Hermanos?

—No.

—¿Dónde creciste?

—En un orfanato.

El hombre permaneció en silencio.

—Entonces has vivido una vida difícil.

—Sí.

—¿Y aun así quieres casarte con William?

—Sí.

—¿Por qué?

Miré hacia la puerta.

—Porque lo quiero.

El hombre me estudió durante varios segundos.

Finalmente se recostó en su silla.

—Quizás te creo.

Sentí que podía respirar nuevamente.

Pero entonces añadió:

—Aunque todavía necesito comprobarlo.

La puerta se abrió.

William entró.

—¿Ya terminaste?

—Sí.

Su abuelo se levantó.

—La boda será en siete días.

William asintió.

—Perfecto.

El anciano se acercó a mí.

—Bienvenida a la familia Blake.

Me quedé inmóvil.

No esperaba que fuera tan fácil.

Pero antes de que pudiera agradecerle, el hombre me tomó suavemente del brazo.

—Solo recuerda algo, querida.

—¿Qué?

—Mi familia no perdona las mentiras.

Mi corazón se detuvo.

Miré a William.

Él también había escuchado.

—Y si descubro que este matrimonio es una farsa —continuó el anciano—, me aseguraré personalmente de que ambos paguen las consecuencias.

Nos quedamos en silencio.

---

Al salir de la sala, William cerró la puerta.

—¿Qué te dijo?

—Que sospecha.

—¿Qué?

—No sabe la verdad, pero sospecha.

William pasó una mano por su rostro.

—Eso no es bueno.

—También dijo que la boda será en siete días.

—Eso sí es bueno.

—¿Cómo puede ser bueno?

—Porque significa que tenemos su aprobación.

—Todavía no.

William me miró.

—¿Qué quieres decir?

—Dijo que si descubre que es una farsa habrá consecuencias.

William se quedó serio.

—¿Te asustaste?

—Sí.

—No tienes que hacerlo.

—Claro que tengo que hacerlo. No soy como tú. No estoy acostumbrada a tener enemigos poderosos.

William se acercó.

—No dejaré que te pase nada.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—William...

—Te protegeré.

No supe qué responder.

Entonces apareció Richard.

—William.

—¿Qué quieres?

—Necesito hablar contigo.

—Habla.

Richard miró hacia mí.

—A solas.

—Ella se queda.

Richard suspiró.

—Como quieras.

Se acercó a William.

—Hay algo que necesitas saber.

—¿Qué?

—Tu abuelo no fue quien contrató al investigador.

William frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Alguien más lo hizo.

—¿Quién?

Richard miró hacia mí.

—Todavía no lo sabemos.

Sentí un escalofrío.

—¿Alguien está investigándome por su cuenta?

Richard asintió.

—Y no creo que sea para descubrir si amas a William.

—Entonces, ¿para qué?

Richard bajó la voz.

—Para encontrar algo que pueda destruirte.

William dio un paso adelante.

—¿Qué clase de cosa?

—No lo sabemos.

—Entonces averígualo.

Richard asintió.

—Ya estamos trabajando en eso.

Se marchó.

Yo miré a William.

—Esto es demasiado.

—Lo sé.

—Quizás debería cancelar todo.

—No.

—William...

—No voy a permitir que alguien te utilice para hacerme daño.

—Pero yo ni siquiera sé quién me está investigando.

—Yo lo descubriré.

—¿Y si encuentran algo?

William me miró fijamente.

—No hay nada que puedan encontrar.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Contestó.

—¿Sí?

Su expresión cambió.

—¿Dónde?

Silencio.

—No la pierdas de vista.

Colgó.

—¿Qué pasó? —pregunté.

William me miró.

—El investigador encontró algo.

—¿Qué?

Se acercó lentamente.

—Alguien estuvo buscando información sobre tus padres hace dos días.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Mis padres?

—Sí.

—¿Por qué?

William negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Ellos murieron hace trece años.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué puede querer alguien de ellos?

William tomó mi mano.

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Y por primera vez desde que había aceptado aquella propuesta millonaria, comprendí que el matrimonio falso no era el único secreto que William Blake estaba escondiendo.

Alguien había comenzado a investigar mi pasado.

Y, por alguna razón, mis padres parecían ser la clave.

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