Capítulo 1 1
Capítulo 1 El último cliente
Helen contó el dinero por tercera vez y obtuvo el mismo resultado.
No era suficiente.
Volvió a guardarlo dentro del sobre, lo metió en el último cajón de la cómoda y cerró con llave. Había logrado ahorrar más de lo que sus padres habían ganado durante toda su vida, pero cada vez que pensaba en retirarse, la cantidad le parecía pequeña. Necesitaba pagar lo que debía en la universidad, solicitar el reingreso, mantener el apartamento y tener algo guardado para cuando dejara de recibir las llamadas de sus clientes.
Llevaba más de un año diciéndose que aceptaría un último trabajo. El problema era que después de ese siempre aparecía otro mejor pagado.
El celular comenzó a sonar encima de la cama. Helen miró la pantalla y sintió que el pecho se le apretaba al ver la fotografía de su madre.
—Hola, mamá.
—Pensé que todavía estarías en la universidad. ¿No interrumpo una clase?
Helen miró la computadora abierta sobre el escritorio. En la pantalla continuaba la página de la universidad, justo en el apartado donde se explicaba el proceso que debían seguir los alumnos que deseaban retomar sus estudios. La cerró antes de responder.
—Acabo de llegar a casa. Hoy salimos un poco antes.
—Estás estudiando demasiado. Tu padre dice que cada vez que te llamamos estás en clases o haciendo algún trabajo.
—Eso es porque quiero terminar cuanto antes.
La mentira salió con tanta facilidad que le produjo más vergüenza que las primeras veces. Ya ni siquiera necesitaba pensar para inventar horarios, profesores o exámenes. Sus padres creían que le faltaba poco para graduarse, cuando hacía varios años que Helen no entraba a un salón de clases.
—Estamos muy orgullosos de ti —continuó su madre—. Todo el esfuerzo habrá valido la pena cuando tengamos a nuestra universitaria en casa.
Helen tuvo que cerrar los ojos.
—Tengo que dejarte, mamá. Mañana presento un trabajo y todavía no lo he terminado.
—Está bien, mi amor. No olvides comer. Tu padre te manda saludos.
—Dile que lo quiero. Los llamaré el domingo.
Colgó antes de que su madre pudiera escuchar el cambio de su respiración. Dejó el celular sobre la cama y regresó a la cómoda. No abrió el cajón. Sabía cuánto había dentro y también sabía de dónde había salido cada billete.
Llamaron dos veces a la puerta.
Helen se secó las mejillas y fue a abrir. Kate entró sin esperar invitación, dejó el bolso sobre el sofá y se quitó los zapatos de tacón con un suspiro de alivio.
—Necesito algo de beber. Llevo toda la tarde caminando con estas cosas y ya no siento los pies.
—Hay agua en la nevera.
—Me refería a algo que tuviera alcohol.
—Entonces tendrás que conformarte con agua.
Kate hizo una mueca y fue a la cocina. A diferencia de Helen, ella gastaba sin remordimientos. Vivía en un apartamento que costaba cuatro veces más, cambiaba de automóvil todos los años y no repetía vestido delante de un cliente. Siempre le decía que el dinero estaba para disfrutarlo porque ninguna de las dos sabía cuánto tiempo podría continuar trabajando.
Helen pensaba justamente por eso que debía guardarlo.
—Tienes cara de haber hablado con tus padres —dijo Kate al regresar con una botella de agua.
—Mi madre llamó.
—¿Siguen creyendo que estás a punto de graduarte?
—No quiero hablar de eso.
—Algún día tendrás que hacerlo.
—Lo sé.
Kate bebió varios tragos y luego se sentó en el brazo del sofá. Había llegado con alguna intención. Helen la conocía lo suficiente para saberlo. Cuando solo quería visitarla, entraba hablando y no se detenía hasta marcharse. Aquella tarde medía demasiado sus palabras.
—Tengo un cliente para ti.
—No.
—Ni siquiera sabes quién es.
—Te dije que no aceptaría a nadie esta semana.
Dos noches antes había regresado de un hotel a las cuatro de la madrugada. El hombre no la tocó, pero pasó seis horas llorando por una esposa que acababa de abandonarlo y después quiso pagarle la mitad porque, según él, solo habían conversado. Helen tuvo que amenazarlo con llamar a la persona que los puso en contacto para conseguir la cantidad acordada.
Estaba cansada. De los hombres, de las mentiras y de tener que convertirse en Ashley cada vez que salía de su apartamento.
—Este es diferente —insistió Kate—. Joven, atractivo, educado y con muchísimo dinero.
—Todos son educados antes de cerrar la puerta.
—Yo ya he salido con él.
Aquello consiguió que Helen le prestara atención.
—¿Y por qué no vas tú?
—Porque ahora quiere a alguien distinto. Solo será un día y está dispuesto a pagar una suma bastante generosa.
—¿Cuánto?
Kate le dijo la cantidad.
Helen guardó silencio. Con ese dinero podía pagar lo pendiente en la universidad, conservar el apartamento durante varios meses y seguir teniendo intacta una buena parte de sus ahorros. Era la oportunidad que llevaba esperando desde que decidió retirarse, pero la facilidad con la que había aparecido la inquietaba.
—Quiero saber qué pide, dónde piensa llevarme y quién lo recomendó.
—No tiene ningún gusto extraño. Quiere compañía durante todo el día y posiblemente la noche. La parte sexual dependerá de ustedes. Puedes decir que no.
—¿Quién lo recomendó?
Kate desvió la mirada hacia la botella.
—Es conocido. No necesita recomendación.
—Todos la necesitan. Es una de nuestras reglas.
—Helen, créeme. No corres ningún peligro con él.
Que utilizara su verdadero nombre terminó de ponerla en alerta. Kate nunca la llamaba Helen cuando hablaban de trabajo.
—Enséñame una fotografía.
Kate tomó el teléfono, buscó durante unos segundos y se lo entregó. El hombre de la imagen estaba saliendo de un edificio, vestido con un traje oscuro. Era alto, de hombros anchos y una expresión demasiado seria para alguien tan joven. Helen había visto aquel rostro antes, aunque tardó unos segundos en reconocerlo.
—Espera… ¿Matthew? ¿Los Matthew de la petrolera?
Kate sonrió.
—Su nombre es Lucas Matthew.
Helen amplió la fotografía y observó los ojos del hombre que podía pagarle el regreso a la vida que había abandonado.
—¿Por qué quiere salir conmigo?
—Porque pidió específicamente por Ashley Cooper.
