Capítulo 3 3

Capítulo 3 El traje azul

El centro comercial quedaba cerca de la cafetería. Durante el corto trayecto, Helen revisó varias veces la hora y volvió a pensar que podía haber tomado un traje de baño de su apartamento. Lucas no había querido explicarle por qué necesitaba comprar otro y ella prefirió no insistir. Contradecir a un cliente por algo tan sencillo no valía la pena.

Lucas estacionó cerca de una de las entradas y bajó para abrirle la puerta. Helen tomó su bolso y lo siguió hacia el interior. Todavía no sabía qué tenía planeado ni por qué el traje debía tener un color y un diseño específicos.

Entraron en una tienda dedicada únicamente a ropa de playa. Había trajes de baño de todos los colores, salidas ligeras y sandalias colocadas en estantes de cristal. Helen reconoció algunas marcas y supo que ninguna de aquellas prendas sería barata. Lucas recorrió el lugar sin mirar los precios, mientras ella trataba de descubrir qué tenía planeado para necesitar un bikini.

—Buenos días, sean bienvenidos —los recibió una joven al acercarse.

—Hola. Quiero un traje de baño para ella. Debe ser azul, sin tirantes, y la parte de abajo no puede ser de atar. ¿Tiene algo así?

La dependienta dirigió la mirada hacia Helen antes de asentir.

—Por supuesto, señor. ¿En qué talla?

Lucas también la miró. Helen les indicó la talla y la joven fue a buscar varias opciones. La situación era extraña. Ninguno de sus clientes anteriores se había preocupado por escoger lo que debía ponerse. Algunos le habían regalado ropa o joyas después de pasar la noche juntos, pero Lucas había decidido hasta el color del traje de baño antes de encontrarse con ella.

La dependienta regresó con tres modelos. Todos eran azules y cumplían con las indicaciones de Lucas. Helen eligió el más sencillo y entró al probador. El traje le quedaba bien, aunque era un poco más atrevido de lo que acostumbraba a utilizar fuera del trabajo. Se observó durante unos segundos frente al espejo y después volvió a vestirse.

Lucas seguía esperando cuando salió. Helen le entregó el traje a la dependienta y él pagó sin preguntarle el precio. Tampoco le pidió que se lo mostrara puesto. Aquel detalle la tranquilizó un poco. Hasta ese momento se había comportado de una manera respetuosa, muy distinta a la de algunos hombres de su posición que consideraban que el dinero les permitía hacer cualquier cosa.

Salieron de la tienda con la compra. Helen volvió a mirar la hora. Cuando trabajaba, siempre sabía cuánto tiempo faltaba para terminar. No importaba si el cliente era amable o si el encuentro resultaba más llevadero de lo esperado. Controlar el tiempo era una forma de recordar que aquello tenía un principio y un final.

Con Lucas, sin embargo, las horas parecían avanzar con demasiada lentitud. Apenas había comenzado el día y todavía desconocía dónde lo pasarían. Tampoco sabía si él esperaba que utilizara el traje de baño en una playa, un hotel o alguna propiedad privada. Que hubiese pagado tanto por tenerla durante un solo día no ayudaba a tranquilizarla.

Lucas guardó la bolsa en el automóvil y volvió a abrirle la puerta. Helen entró, colocó el bolso sobre sus piernas y esperó a que él ocupara el asiento del conductor. Lucas encendió el motor, pero no abandonó el estacionamiento de inmediato.

—¿Te has subido antes en un helicóptero? Te lo pregunto para saber si te mareas. Solo tengo un día contigo y quiero aprovecharlo. En auto tardaríamos cuatro horas, por eso me pareció mejor ir en helicóptero.

Helen lo miró, sorprendida. Nunca había volado en uno y tampoco había imaginado que el destino quedaría tan lejos de la ciudad. La propuesta explicaba por qué él parecía tener cada parte del día preparada, pero también aumentaba su inquietud. En un helicóptero llegarían demasiado pronto. Todo el tiempo que ahorraran en el trayecto lo pasarían en el lugar que Lucas había elegido.

En cambio, cuatro horas de carretera consumirían buena parte del día contratado. Llegarían más tarde, tendrían menos tiempo a solas y ella podría seguir la ruta desde el celular. También le resultaría más fácil avisarle a Kate dónde estaba o pedir ayuda durante alguna parada si llegaba a necesitarla.

La respuesta salió con tanta naturalidad que ni siquiera tuvo que pensarlo demasiado.

—Lo siento, pero me pongo fatal en los helicópteros. Suelo marearme y después me siento mal durante horas —mintió—. Podemos ir a un lugar más cercano. Si quieres, puedo recomendarte algo dependiendo de lo que te guste.

Lucas la observó durante unos segundos. Helen sostuvo su mirada intentando que la mentira pareciera cierta. No quería que notara cuánto le preocupaba ir a un sitio desconocido ni que estaba buscando la manera de reducir el tiempo que pasarían allí.

—No queda de otra. Iremos en auto.

Lucas sacó el celular y realizó una llamada. Helen permaneció callada mientras él esperaba que le contestaran.

—Hola, Lucas. No lo usaremos hoy, gracias.

Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la consola.

—Es una pena. Ya había avisado al piloto. También se llama Lucas.

Helen sonrió por el comentario, aunque por dentro sintió alivio. Lucas puso el automóvil en marcha y salió del estacionamiento. En pocos minutos dejaron atrás el centro comercial y tomaron la carretera.

Cuatro horas seguían siendo demasiado tiempo junto a un desconocido, pero para ella eran mucho mejores que llegar en menos de una hora al lugar que él había elegido.

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