Capítulo 6 6

Bambi cierra la tapa de golpe y se mete la tableta bajo el brazo.

—Tolya estaría orgulloso de ti, ¿sabes?

La idea me cae como un puñetazo en el estómago. De pronto se me agria el humor y me resisto a fulminarla con la mirada. Sé que lo dice como un cumplido. Odio que se sienta más como un recordatorio de que su imperio me cayó en las manos por el giro más cruel del Destino.

No importa que incluso Tolya insista en que no le robé nada. Aun así, se siente como si lo hubiera hecho.

—Él lo tendría el doble de exitoso de lo que es ahora —refunfuño—. Con la mitad de idiotas envenenando el bar.

Bambi pone los ojos en blanco y no hace el menor esfuerzo por disimularlo.

—¿Cuándo vas a atribuirte el mérito de tu propio éxito?

Me echo el resto del contenido del vaso y lo estampo sobre una mesa cercana.

—Cuando encuentre a ese maldito “testigo clave” y le agradezca yo mismo la oportunidad. —Porque, al final, todo se reduce a eso.

Lo tengo todo a mi alrededor, este imperio deslumbrante de sueños y polvo de diamante, porque un mocoso mentiroso declaró en el estrado hace quince años.

Niego con la cabeza antes de hundirme en la tormenta habitual de rabia y desasosiego por lo mucho que ha pasado y por seguir sin encontrarla.

—Dame el informe —ordeno.

Bambi suspira, saca su tableta y pasa a una pantalla donde el plano de la Planta Principal está delineado en azul. Cada máquina está etiquetada según su ubicación, con un rastreador en tiempo real de ganancias y pérdidas que indica si está “caliente” o “fría” segundo a segundo. Si una máquina se mantiene caliente demasiado tiempo, nos llega una alerta de falla para retirarla, arreglarla y minimizar las pérdidas. Y si se mantiene fría demasiado tiempo…

—¿Cuál es la más fría? —entrecierro los ojos para ver la pantalla.

Bambi toca una sección junto al foso, y una ventana ampliada se centra en las máquinas.

—Parece que Ira de Medusa. Solo dos pagos en la última hora. Y esta del extremo ha estado fría por… —frunce el ceño— seis horas. Qué raro. ¿Quieres que llame a soporte técnico?

Niego con la cabeza.

—Todavía no. Canaliza las ganancias hacia esa máquina y luego la retiramos. Nadie va a tocar algo tan helado.

Bambi asiente y hace los ajustes necesarios. Desvía fondos adicionales hacia la máquina averiada.

Con eso resuelto, inicio otra vuelta por el piso del casino. Apenas soy consciente de que Bambi va recitando una lista de pendientes mientras caminamos. El elogio que pretendía hacerme sigue arremolinándose en mi cabeza.

Tolya estaría orgulloso.

¿Lo estaría, en serio? No tengo idea de cómo habría manejado Tolya las cosas. Nunca tuvo la oportunidad ni de intentarlo. El viejo todavía estaba al mando, dando órdenes y gobernando con puño de hierro, cuando arrestaron a Tolya por un asesinato que jamás cometió.

Todo dependió del testimonio de una niñita de ocho años que juró haber visto a mi hermano acribillar al detective del LVPD Michael Little. Hasta el día de hoy no logro sacudirme la sensación de que alguien, de algún modo, torció los hechos para que mi hermano nunca volviera a ver la luz del día. Pero no consigo precisar quién.

Hecho: Michael Little recibió un disparo mortal dentro de un almacén.

Hecho: ese almacén, por desgracia, era propiedad de la Corporación Zakrevsky.

Hecho: el testigo clave estaba allí.

Hecho: Tolya no estaba ni cerca del almacén cuando ocurrió todo.

La apelación fallida de hoy buscaba dejar establecido ese hecho a un nivel incuestionable. Nada menos que ocho testigos prepararon declaraciones escritas y certificadas ante notario de que esa noche vieron a Tolya o estuvieron con él, al otro lado de la ciudad, lejos del almacén, a cinco millas al este, a las afueras de Las Vegas.

Pero el juez Cartwell simplemente declaró que la niñita que «lo vio todo» tenía más validez que todos esos testigos juntos.

Aprieto los puños. Necesito llegar a mi oficina antes de golpear algo y armar un escándalo que no queremos ver salpicado por todas las redes sociales.

Así que acelero el paso, con Bambi pegada a mí, la nariz hundida en las estadísticas que desfilan por la pantalla de su tableta.

Mis propias cifras me dan vueltas en la cabeza, junto con la lista de hechos que no me deja dormir. La cantidad de hombres inocentes encarcelados en el estado de Nevada. La cantidad de hombres inocentes a quienes jamás exoneran.

Las probabilidades de que yo encuentre alguna vez a ese testigo.

Salgo del foso y me giro hacia la pared donde el elevador a mi oficina está oculto tras un panel camuflado. Anoto mentalmente revisar las tragamonedas de La Ira de Medusa…

Y entonces, de pronto, me bañan en café y champaña.

5

CLARA

Bajo mis puños de victoria muy, muy despacio.

El ángel vengador se sacude la champaña de los brazos mientras me mira fijamente. No es exactamente una mirada fulminante, pero tampoco se está riendo. Las gotas se aferran a la barba perfectamente arreglada, justo al borde de la sombra, y la forma en que la luz le da hace que brillen.

Debería estar disculpándome, pero no puedo dejar de mirar lo trágicamente hermoso que es de verdad.

De verdad que debería estar disculpándome.

—Y-yo… ¡lo siento muchísimo! —busco frenética servilletas con la mirada y solo encuentro un montón usado sobre la máquina junto a la mía. Guácala, no—. En serio, yo…

—¿No tienes ninguna consideración por lo que te rodea?

Si ya su cara era una locura, su voz profunda y grave acaba de derretirme por dentro.

Me toma un segundo procesar lo que dijo. Cuando lo hago, me pega hondo y me estremezco.

Fuerzo una sonrisita avergonzada. El vidrio roto cruje bajo sus zapatos cuando se hace a un lado, y vuelvo a estremecerme.

Me saca por lo menos una cabeza y media. Incluso manchado de burbujas, su esmoquin caro grita «poderoso», y las líneas del cuerpo debajo lo subrayan por cien. El cabello oscuro le cae sobre los ojos cuando vuelve a mirarme, y se me corta el aire al ver cómo sus ojos gris ahumado parecen brillar con las luces del casino.

Su mirada cae en el papel apretado en mi puño, ya abajo. Arquea una ceja cuando la comprensión lo alcanza.

—¿Ganaste el jackpot?

Ese vacío en mis pulmones amenaza con activarse otra vez mientras asiento despacio.

—Sí —me sale más como un chillido que como una palabra—.

—Felicidades —se ríe entre dientes—. Ahora puedes pagarme un esmoquin nuevo.

Me quedo pálida.

—Respira. Es broma.

Acepta una servilleta de tela que le extiende una mujer deslumbrante, de rizos oscuros, y se da toques para secarse. La reconozco al instante: es la del auto con chofer cuando llegué por primera vez.

Ay, Dios santo. He empapado de alcohol a su esposo.

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