Capítulo 1 Aniversario de cenizas

Dos años. Froté la mancha oscura en mi dedo índice. El carboncillo era el único rastro de la ansiedad que drené frente al caballete durante la tarde. Nuestro círculo aseguraba que esta noche Bastian Roth me entregaría el anillo. Dos años de noviazgo debían culminar hoy. Yo tenía mi propio anuncio oculto en el bolso: una prueba de embarazo positiva. Un hijo suyo.

Escuché la cerradura. Me puse de pie y alisé mi vestido negro. Bastian cruzó el umbral. Llevaba el traje gris a medida de sus reuniones corporativas. Su atención seguía clavada en la pantalla de su teléfono. No se detuvo a mirarme. Caminó hacia el salón principal, ignorando por completo la mesa arreglada y las velas encendidas.

—Bastian —lo llamé—. Feliz aniversario.

Dejó el teléfono sobre el cristal de la mesa auxiliar. Me estudió de arriba abajo con una inspección rápida. No hubo beso de saludo ni un roce intencional.

—Tenemos que hablar. Siéntate, Alana.

Su tono autoritario me detuvo en seco. Era la misma voz que empleaba en la corporación Roth para desmantelar un departamento. El corazón me dio un vuelco doloroso. Mi mano viajó hacia mi bolso, buscando la seguridad de la pequeña caja blanca.

—Te preparé la cena —insistí—. Tengo una noticia importante. Nos cambiará la vida a los dos.

—No voy a quedarme —respondió, ajustándose los puños de la camisa—. Y cualquier noticia que tengas carece de importancia ahora mismo. Nuestra relación termina esta noche.

Las palabras aterrizaron de golpe en mi pecho. Parpadeé.

—¿Termina? Bastian, hoy cumplimos dos años.

—Mi familia exige consolidar la posición de la empresa. Necesito a una mujer que comparta mis ambiciones. Me caso con Oriana Visconti el mes que viene.

Ese nombre lo sentí como si me hubiesen dado una cachetada. Oriana. Su exnovia. La heredera arrogante que nunca dejó de merodear en nuestros eventos sociales. Bastian me estaba reemplazando con la mujer que pasó meses menospreciándome.

—¿Te vas a casar con ella? —mi voz tembló—. Hace apenas dos días me dijiste que me amabas. Me juraste que construiríamos un futuro.

—Las prioridades cambian, Alana. Entiende tu lugar en el tablero. Tú fuiste una pausa necesaria. Oriana es mi futuro. El compromiso se anunciará mañana frente a la prensa.

Metió una mano en su saco y sacó una chequera. Escribió sobre el papel con rapidez. Arrancó el cheque y lo dejó caer sobre el cristal.

—Aquí tienes una liquidación generosa por tu tiempo. Suma suficiente para mudarte, abrir una galería y vivir cómoda. Exijo discreción total. Cero contactos con la prensa. Mañana este apartamento debe estar vacío.

Miré la enorme cantidad de ceros impresos bajo su firma. Bastian esperaba lágrimas. Esperaba que cayera de rodillas para marcharse sintiéndose superior.

Mi mano acarició el borde del bolso. Dentro de mí crecía su sangre. Un heredero directo de la corporación Roth. Si Bastian descubría al bebé, lo usaría a su favor. Me arrebataría a mi hijo, lo criaría junto a Oriana para asegurar la sucesión y me desterraría.

El instinto de supervivencia me golpeó de lleno. El dolor de la traición se transformó en una claridad perturbadora. No le entregaría a mi hijo a un hombre capaz de tasar a las personas como objetos desechables.

—Guárdate el dinero —dije, enderezando la espalda.

Bastian frunció el ceño.

—No seas estúpida, Alana. Tómalo y vete en paz.

—Me largo ahora mismo. Y no me llevo nada que lleve tu maldito apellido.

Tomé mi bolso. Caminé hacia la puerta con pasos largos. Bastian intentó decir algo, pero cerré de un portazo antes de que pudiera pronunciar otra palabra. No le daría el gusto de verme llorar.

Afuera, las primeras gotas de lluvia caían pesadamente sobre el asfalto. Caminé por la avenida principal sin mirar atrás. Mis tacones resonaban contra las aceras mojadas mientras el agua empapaba mi vestido. Cada paso me alejaba del poder de los Roth, pero la desesperación comenzó a asfixiarme.

No tenía a dónde ir ni dinero suficiente para abandonar la ciudad. El estrés y la humedad calaron en mis huesos. El cuerpo empezó a pasarme factura por las primeras semanas de gestación. Una oleada de náuseas me obligó a detenerme apoyada en un poste de una calle poco iluminada.

Seguí avanzando por inercia hasta divisar el letrero parpadeante de una estación de tren subterránea. Bajé las escaleras de concreto con torpeza. El lugar estaba sombrío, iluminado apenas por tubos fluorescentes. Había un olor penetrante a óxido y tierra mojada. El andén estaba vacío a esa hora.

El ruido metálico de un tren acercándose retumbó en las paredes del túnel. El oxígeno me faltó. Mi visión se llenó de puntos negros y el suelo pareció inclinarse. El peso del abandono, el pánico y el agotamiento físico me golpearon al mismo tiempo.

Las rodillas me fallaron. Cerré los ojos, preparándome para el impacto contra el concreto.

El golpe nunca llegó.

Un brazo fuerte, envuelto en cuero grueso, se cerró alrededor de mi cintura, atrapándome en el aire. El impacto de mi cuerpo contra un pecho duro y cálido me cortó la respiración.

—Te tengo, Alana.

La voz era masculina, áspera y desconocida para mí. Pronunció mi nombre con una familiaridad aterradora.

Abrí los ojos a medias, luchando contra el mareo. Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara por completo fueron unos ojos grises intensos clavados en los míos.

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