Capítulo 2 El pacto del desterrado

El balanceo rítmico del vehículo me devolvió la consciencia. El cuero oscuro bajo mis mejillas desprendía un aroma intenso a tabaco negro. Intenté incorporarme. Un mareo punzante me nubló la vista durante varios segundos. Estaba en el asiento trasero de una camioneta en movimiento, rodeada por cristales tintados que bloqueaban el resplandor de las farolas.

Frente a mí, la penumbra apenas delineaba la figura de un hombre.

—Respira despacio.

La voz áspera era la misma que escuché antes de desmayarme en el andén. Los ojos grises me observaban con una fijeza perturbadora.

—¿Quién eres? —logré articular, apoyando la espalda contra la puerta blindada para alejarme.

Él se inclinó hacia adelante. La luz intermitente de la carretera iluminó una mandíbula marcada y una cicatriz tenue cerca de la ceja derecha. Su presencia era abrumadora, dominante.

—Soy Jarek. Jarek Roth.

El apellido golpeó mi pecho. El pánico me dominó de inmediato. Mis manos buscaron a ciegas la manija de la puerta. Bastian me había enviado a uno de sus matones para asegurarse de mi desaparición. Quería limpiar su camino antes de presentar a Oriana.

—¡Déjame salir!

Tiré del seguro, pero el mecanismo electrónico estaba bloqueado. Jarek se movió rápido. Sus manos grandes y firmes apresaron mis muñecas, deteniendo mi forcejeo. Su agarre era tenaz, pero no buscaba lastimarme.

—Quieta —ordenó—. No trabajo para mi hermano. Soy su mayor enemigo. Soy el Roth al que borraron de las fotos familiares hace años.

Dejé de pelear, respirando con agitación. ¿El hermano desterrado? Bastian jamás hablaba de él en el apartamento. Lo consideraba una desgracia para su corporación.

Jarek soltó mis muñecas despacio. Metió una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y sacó un objeto pequeño. Mi respiración se detuvo por completo. Era la caja blanca de la prueba de embarazo. Se había salido de mi bolso al caer en la estación.

—En mi mundo aprendes a leer rápido los secretos de la gente —dijo, girando la caja entre sus dedos largos—. Dos años junto a Bastian. Hoy te desecha para casarse con Visconti, justo cuando llevas a su heredero. Una jugada nefasta de su parte.

—Devuélvemelo. Es mío.

—Es tuyo y es tu mejor arma —Jarek se recostó en el respaldo del asiento, relajando la postura—. Mi padre, Elias Roth, dejó un testamento muy claro. El imperio entero pasará al primer nieto que lleve nuestra sangre. Bastian planea engendrarlo con Oriana pronto para asegurar el trono directivo.

Sus palabras tenían todo el sentido. Eso explicaba la prisa de Bastian por anunciar su compromiso frente a la prensa mañana mismo. Necesitaba legitimar su posición ante la junta de accionistas.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

Jarek esbozó una sonrisa carente de simpatía.

—Un trato. Fingiremos que el niño que esperas es mío.

Abrí los ojos por la impresión. La propuesta era una locura arriesgada.

—Lo usaremos para arrebatarle el imperio a Bastian —continuó, con voz grave y persuasiva—. Él te dejó en la calle, expuesta. Yo te ofrezco protección total bajo el manto de mi organización. Nadie de mi familia te tocará un solo cabello. Mi red controla lo que la corporación no puede comprar.

En ese mismo momento, pero a kilómetros de allí, Oriana Visconti paseaba descalza por la gruesa alfombra de su apartamento en la zona este de la ciudad. Sostenía una copa de vino tinto. Bastian estaba asegurado. La boda sería el evento social del año. Por fin había sacado a la molesta Alana de la ecuación para reclamar su lugar.

La pantalla de su móvil parpadeó sobre la isla de mármol de la cocina.

El mensaje venía del investigador privado que contrató semanas atrás. Su instrucción había sido documentar la caída estrepitosa de Alana Vidal. Quería fotos de ella llorando, buscando alojamiento barato en zonas peligrosas, rogando por ayuda. Quería asegurarse de su miseria.

Oriana abrió el archivo adjunto. El vino se le atascó en la garganta.

No era la foto de una mujer derrotada. La imagen, tomada desde lejos, mostraba una camioneta negra blindada en las afueras de una terminal. Un hombre alto cargaba a Alana inconsciente en sus brazos, protegiéndola de la tormenta. Oriana amplió la imagen para detallar el rostro masculino.

Reconoció la chaqueta de cuero y esa expresión hostil. Jarek Roth.

La copa resbaló de sus dedos y se estrelló contra el suelo. El líquido oscuro manchó la alfombra clara. El hermano criminal. El único hombre en la ciudad al que la élite temía enfrentarse por sus métodos brutales.

El terror y la envidia se mezclaron en su estómago. Marcó el número del detective de inmediato, ignorando los cristales rotos.

—Cancela la vigilancia sobre la chica —exigió, sin esperar el saludo del investigador—. Cambia el objetivo. Quiero saber cada movimiento, cada cuenta bancaria y cada contacto de Jarek Roth. Y escúchame bien: Bastian no puede enterarse de esto bajo ninguna circunstancia.

El silencio se mantenía en la camioneta blindada. Evalué mis opciones con rapidez. Aliarse con el líder del bajo mundo era caminar al borde del precipicio. Pero regresar a las calles significaba perder a mi hijo a manos del poder corporativo de Bastian. Él no dudaría en usar a este bebé, criarlo con Oriana y apartarme para siempre utilizando sus ejércitos de abogados. Jarek era peligroso, pero ahora teníamos un enemigo en común.

—Acepto —dije, sosteniendo su mirada oscura sin pestañear—. Protegerás a mi hijo de él.

—Te doy mi palabra. A partir de hoy, eres intocable.

En el momento exacto en que sellamos la alianza, un sonido estridente rompió el ambiente. Mi teléfono vibraba dentro del bolso. Lo saqué con torpeza. La pantalla brillaba con el nombre de Bastian. Seguramente buscaba confirmar que yo ya había abandonado la ciudad o vaciado el apartamento.

El instinto me impulsó a presionar el botón de rechazo. Jarek fue más rápido. Sujetó mi mano, apartó mis dedos con firmeza y tomó el aparato.

Miró el nombre en la pantalla. Una expresión de pura satisfacción cruzó sus facciones. No lo pensó dos veces. Bajó la ventanilla del vehículo dejando entrar el viento violento de la carretera nocturna.

El puente de la bahía se alzaba ante nosotros. Abajo, el río arrastraba una corriente negra y turbulenta.

Jarek apretó el botón de respuesta.

—Alana Vidal murió esta noche —sentenció hacia el micrófono.

Su brazo se movió hacia afuera. Arrojó el teléfono por la ventanilla abierta. El pequeño rectángulo desapareció en la caída, tragado por las aguas.

El viento siguió azotando el interior de la camioneta mientras avanzamos hacia la oscuridad.

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