Capítulo 3 Trazos en la sombra
«Alana Vidal murió esta noche».
La voz áspera rebotaba en las paredes del penhouse de Bastian Roth. Marcó el número por quinta vez, apretando el aparato contra su oreja. El buzón de voz respondió de inmediato. Arrojó el teléfono contra el sofá de cuero negro. Alguien tenía el celular de Alana. Alguien había respondido la llamada con una amenaza directa.
Caminó hacia el gran ventanal de su sala, observando las luces de la ciudad. El enojo hervía en sus venas, desplazando cualquier asomo de preocupación. Alguien había tocado lo que le pertenecía.
Llamó a su jefe de seguridad por la línea fija.
—Rastrea el teléfono de Alana. Ahora. Averigua quién lo tiene y tráela de vuelta —ordenó Bastian.
—Señor, la señal desapareció cerca del puente de la bahía. La perdimos. No hay rastros digitales en esa zona.
Bastian cortó la comunicación. La impaciencia lo empujó a salir del penhouse. Condujo él mismo hasta el apartamento que compartieron durante dos años. La recepción estaba vacía. Subió directo a la habitación principal. Revisó los cajones y el armario. Faltaba ropa básica, pero los vestidos de diseñador seguían colgados exactamente en el mismo lugar. Ella se había marchado sin tocar su dinero.
Se acercó a la mesa de noche. Debajo de unos suéteres olvidados, sus dedos rozaron la tapa dura de un cuaderno.
Lo sacó a la luz. Las hojas estaban llenas de trazos en carboncillo. Retratos detallados, paisajes abstractos, formas viscerales y sombrías. Las yemas de sus dedos se mancharon de negro. Bastian parpadeó, desconcertado. Vivió dos años con ella. Nunca la vio sostener un lápiz. Nunca supo que su mente albergaba tanta intensidad y oscuridad. Había compartido su cama con una mujer a la que jamás intentó conocer de verdad.
La camioneta blindada atravesó unos inmensos portones de hierro forjado a las afueras de la ciudad. Los faros iluminaron muros altos custodiados por hombres armados con fusiles de asalto. El vehículo avanzó por un camino de grava y se detuvo frente a una propiedad de arquitectura minimalista y líneas rectas.
Jarek me escoltó hasta el interior. El lugar carecía de los lujos extravagantes de Bastian. Aquí todo resultaba funcional, simétrico y estaba rodeado de sombras proyectadas por luces indirectas. Caminamos por un pasillo largo, con el suelo de madera oscura crujiendo apenas bajo nuestros pasos, hasta llegar a una habitación de huéspedes en la planta baja.
Antes de dejarme a solas, Jarek me entregó una pequeña caja de madera.
—Vi la mancha oscura en tu dedo índice durante el trayecto en la camioneta —dijo él, apoyando un hombro en el marco de la puerta—. Hay lápices, carboncillo y un bloc de hojas en blanco. Úsalos si los necesitas.
Asentí despacio. Me sorprendió el nivel de observación del hombre que acababa de alterar mi destino. Jarek cerró la puerta, dejándome sola con mis pensamientos.
La ansiedad me devoraba por dentro. El cansancio del día aplastaba mis músculos, pero mi mente se negaba a apagarse. Las náuseas matutinas amenazaban con regresar. Me senté frente al imponente escritorio de caoba, abrí la caja de madera y tomé una barra de carboncillo.
Comencé a trazar líneas sobre el papel en blanco. Dibujé sin un boceto previo, buscando un ancla. Dejé que la mano se moviera guiada por el instinto maternal que acababa de despertar. Aparecieron formas suaves. Un rostro infantil imaginado. Sombras tenues. El hijo que debía proteger a cualquier costo de la corporación Roth.
—Mi hermano nunca supo que tenías este talento.
Mi mano se detuvo a mitad de un trazo. Jarek estaba de pie en el umbral. Había abierto la puerta sin hacer el menor ruido. Su mirada escaneaba la habitación antes de fijarse en mí.
—No hay mucho que Bastian haya visto —respondí, manteniendo la vista fija en el papel.
Jarek avanzó hacia el interior de la habitación. Sus pasos lentos acortaron la distancia entre nosotros. Se detuvo justo a mi lado. Su presencia dominaba el espacio, bloqueando la poca luz que entraba por la ventana.
—¿Por qué se lo ocultaste? —preguntó.
Dejé el carboncillo sobre la mesa. Me giré despacio para encararlo.
—Él jamás preguntó. Me eligió por el marco, nunca miró el lienzo.
Jarek bajó sus ojos grises hacia el dibujo sobre el escritorio. Observó las líneas oscuras, deteniéndose en el sombreado de los bordes.
—Aplicas mucha presión en el trazo inicial, pero difuminas con suavidad al final —comentó él, señalando el borde del retrato—. Dibujas con urgencia. Temes olvidar el rostro antes de terminarlo.
Tragué saliva. Este hombre acababa de analizar en segundos un detalle de mi personalidad. Él sí me estaba mirando.
El timbre agudo de un teléfono interrumpió la tensión entre nosotros. Jarek sacó el móvil de su bolsillo y miró la pantalla.
—Debo atender esto —dijo, dándose la vuelta—. No salgas de la habitación por ningún motivo.
Salió al pasillo, dejando la puerta entreabierta. Me quedé sola frente al dibujo. Necesitaba corregir una sombra en la comisura. Abrí la gaveta superior del escritorio buscando una goma de borrar. Estaba completamente vacía. Tiré del segundo cajón.
En el fondo descansaba una carpeta gruesa de manila.
La duda duró solo un instante. Saqué la carpeta y abrí la solapa sobre el escritorio. Mi respiración se cortó de golpe.
Eran fotografías mías. Imágenes tomadas desde la distancia. Una foto caminando por la avenida principal la semana pasada. Otra sentada en la cafetería cercana al apartamento, leyendo un libro. Pasé las imágenes con las manos temblorosas. La última foto me dejó helada. Era yo, saliendo de la farmacia esa misma tarde, sosteniendo el empaque en el que llevaba la prueba de embarazo que había comprado.
Jarek sabía de mi estado mucho antes del encuentro en la estación. Planeó todo desde el principio. Me había estado cazando.
Giré sobre mis talones con la carpeta entre las manos.
Jarek estaba de pie en la puerta, bloqueando la única salida de la habitación.
