Capítulo 4 Jaula de cristal
Apreté la carpeta de manila contra mi pecho. Jarek se cruzó de brazos, bloqueando el acceso al pasillo. Sus ojos grises escanearon mi postura defensiva. No hubo un solo indicio de culpa en su rostro.
—Me seguías —dije. Mi voz resonó firme en las paredes de la habitación—. Tenías a alguien fotografiándome por toda la ciudad. Sabías de mi embarazo antes de que cayera en esa estación subterránea.
—Te sigo desde hace dos años, Alana —respondió Jarek, avanzando un paso hacia la mesa—. Desde la primera noche que Bastian te exhibió frente a la junta directiva de su imperio. Eres la única pieza que él no logró domesticar por completo. Sabía que te descartaría cuando Oriana regresara a la ciudad. Solo esperé el momento oportuno para intervenir.
Arrojé la carpeta sobre el escritorio de caoba. Las fotografías se desparramaron sobre mis propios dibujos de carboncillo. Rostros imaginados y trazos agresivos quedaron sepultados bajo las pruebas de su vigilancia.
—No me salvaste de la tormenta. Me reclutaste.
—Nos necesitamos mutuamente. Bastian te aplastará con sus abogados corporativos para quedarse con el niño y garantizar su lugar en la cabecera del legado Roth. Yo te ofrezco el blindaje de una organización criminal que él no puede tocar ni con todo su dinero. A cambio, ese niño me dará la herencia que me pertenece por derecho.
Avanzó hasta quedar a escasos centímetros de mí. Su altura me obligó a levantar el mentón. No iba a bajar la mirada. Ya había pasado demasiado tiempo agachando la cabeza frente a un Roth para encajar en un mundo de apariencias.
—Acepto el trato —sentencié, apretando los puños a los costados—. Fingiré ser tu pareja. Viviré en esta casa bajo tus reglas de seguridad. Pero exijo autonomía. No me tratarás como a un peón intercambiable y no habrá más mentiras entre nosotros. Si intentas manipular a mis espaldas, el acuerdo se cancela y me iré.
Jarek esbozó una sonrisa fugaz, llena de respeto genuino.
—Tienes mi palabra. Trato hecho, Alana.
En otra parte de la ciudad, Bastian soltó el bloc de dibujo sobre la cama vacía del apartamento. La madrugada avanzaba y el silencio del recinto le perforaba los tímpanos. La pantalla de su teléfono mostraba una docena de llamadas no contestadas, rastreos satelitales fallidos y tarjetas de crédito con saldos intactos.
Paseó la mirada por los muebles. Todo lucía ordenado, impecable, desprovisto de la esencia de la mujer que acababa de echar. El enojo hervía en sus sienes. Alana siempre acataba sus órdenes. Nunca desafiaba sus decisiones. El rechazo del cheque y su desaparición repentina desafiaban toda la lógica que él aplicaba a sus relaciones personales.
El móvil vibró en su mano. Atendió de inmediato, esperando un reporte positivo.
—Señor, los preparativos están listos en el hotel central —informó su asistente desde el otro lado de la línea—. La rueda de prensa para anunciar su compromiso con Oriana Visconti comienza en exactamente tres horas. Todo el gremio empresarial estará presente.
Bastian frotó el puente de su nariz. El dolor de cabeza se intensificaba con los minutos.
—Retrasa la presentación una hora. Excúsate con la prensa. Necesito que los abogados envíen los documentos de anulación de los acuerdos previos. Alana tiene que firmarlos hoy mismo para evitar problemas legales con el anuncio oficial.
—Señor, el equipo de seguridad no encuentra su ubicación. No hay registros en terminales de autobuses, estaciones de tren, ni boletos de avión a su nombre. Ningún amigo o familiar ha recibido visitas. Literalmente desapareció del radar.
El pánico, una emoción que Bastian despreciaba por considerarla una debilidad inaceptable, trepó por su garganta. Ella carecía de recursos financieros para esfumarse sin dejar rastro en plena madrugada.
—Busquen en las cámaras de seguridad de las calles principales. Llama a cada centro médico de la ciudad. Revisa las morgues si es necesario. Encuéntrala. Tráela viva o muerta.
Colgó la llamada y lanzó el teléfono contra el suelo de mármol. El aparato estalló en múltiples fragmentos.
A la mañana siguiente, una mujer de cabello canoso y expresión severa entró a mi habitación. Dejó una bandeja con un desayuno abundante sobre el escritorio y colgó una funda negra en la puerta del armario empotrado.
—El señor Jarek solicita que use esto para la noche —indicó la mujer. Salió de inmediato, cerrando la puerta con delicadeza.
Abrí la cremallera de la funda. Contenía un vestido largo, oscuro, de seda ajustada, con un escote asimétrico y una abertura pronunciada en la pierna izquierda. Un estilo audaz, arriesgado, completamente opuesto a la ropa recatada y de colores pastel que Bastian me obligaba a usar en las galas benéficas.
Horas después, Jarek entró en la habitación sin tocar. Había reemplazado los pantalones oscuros y la chaqueta de cuero por un traje negro de confección impecable que se ceñía a sus hombros.
—Bastian acaba de anunciar su compromiso frente a las cámaras de televisión —informó, acercándose al tocador donde yo terminaba de arreglarme—. Hoy nos toca mover nuestra primera pieza. Asistiremos a una reunión en el centro financiero.
—¿Con la mafia? —pregunté, dándome la vuelta para encararlo.
—Con mis aliados más fuertes. Filtraremos la noticia a las calles hoy mismo. Mañana la ciudad entera sabrá que la ex de mi hermano vive bajo mi protección y que esperamos un hijo.
Jarek sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo interior. Levantó la tapa, revelando una gargantilla de diamantes negros engarzados en oro blanco.
Se paró detrás de mí. Mis ojos chocaron con los suyos a través del reflejo del espejo. Sus dedos rozaron mi nuca al ajustar el broche metálico de la joya. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal ante la calidez de su contacto. Jarek inclinó la cabeza, acercando sus labios a mi oído. Sentí su respiración agitada contra mi piel.
—Allá afuera hay lobos listos para despedazarnos, Alana. Si quieres que esta mentira nos mantenga vivos, tendrás que convencerlos a todos.
Agarró mis hombros y me giró con firmeza.
—Esta noche, frente a los líderes de mi red, debes mirarme como si quisieras devorarme. Si dudan un solo segundo, el teatro se desploma y Bastian te encontrará.
Jarek acortó la distancia de golpe y rozó mis labios con los suyos.
