Capítulo 5 Máscaras y humo
Los labios de Jarek rozaron los míos. El contacto duró una fracción de segundo. No retrocedí. Mantuve la barbilla en alto y sostuve su mirada gris, resistiendo el impulso de apartar la cara.
—Jugaré mi papel a la perfección —susurré, asegurándome de que mi voz no temblara frente a él—. Pero no confundas la actuación con sumisión. Yo dicto mis propios límites.
Jarek se apartó lentamente. Una sonrisa indescifrable curvó la comisura de su boca. Evaluó mi advertencia.
—Me gusta que no seas una presa fácil —respondió—. Andando.
Bajamos hasta el estacionamiento. La camioneta blindada nos esperaba con el motor encendido. Durante el trayecto, mantuvimos la distancia en los asientos traseros. Observé las luces de la ciudad pasar a toda velocidad a través del cristal entintado. Iba a adentrarme en el núcleo del bajo mundo. Aliarse con el crimen organizado requería mantener la mente alerta a cada instante.
El vehículo se detuvo frente a un edificio discreto en el distrito financiero. Una pesada puerta de acero negro marcaba la entrada a un club subterráneo, un espacio reservado para la élite criminal. Al cruzar el umbral, el murmullo de las conversaciones cesó de inmediato. Decenas de miradas se clavaron en nosotros. Hombres de trajes costosos y mujeres con vestidos elegantes evaluaron nuestra llegada.
Jarek posó su mano derecha sobre mi cintura. Su agarre fue posesivo, marcando territorio frente a los capos de su red. Alcé el mentón y proyecté seguridad en cada paso, caminando a su lado. No iba a mostrar miedo frente a los aliados de mi nuevo socio.
Nos abrimos paso entre la multitud hacia el área reservada. Jarek se inclinó hacia mí. Sus dedos rozaron mi mejilla al apartar un mechón de cabello detrás de mi oreja.
—Sonríe un poco —murmuró cerca de mi oído—. Todos están buscando una grieta en nuestra historia. Los capos huelen el miedo a kilómetros de distancia.
Asentí y esbocé una sonrisa sutil. Para los espectadores, el gesto confirmaba nuestro romance. Para mí, la proximidad de su cuerpo aceleraba mi pulso por la tensión real del momento. Estaba actuando, pero el peligro que nos rodeaba era genuino.
En otro punto de la ciudad, el sonido de un jarrón de cristal estallando contra la pared hizo eco en la sala principal de un penhouse. Bastian pateó los restos de vidrio esparcidos sobre la alfombra persa. Llevaba horas bebiendo. Sus hombres no encontraban rastro de la mujer que acababa de echar a la calle. Su ego exigía respuestas.
Oriana Visconti observaba la escena desde el sofá. Cruzó las piernas, sosteniendo una copa intacta entre sus dedos. La ira de Bastian no nacía de la preocupación, sino de la pérdida de control sobre una de sus posesiones.
Oriana tenía la respuesta que él buscaba. Sabía exactamente dónde estaba la fugitiva y con quién, pero si revelaba la verdad de frente, Bastian podría buscarla por un ataque de celos o por una retorcida necesidad de recuperarla. Ella necesitaba manipular las piezas a su favor para asegurar su lugar en el imperio Roth.
Dejó la copa sobre la mesa. Se levantó y caminó hacia el baño de visitas. Cerró la puerta con seguro. Sacó un teléfono desechable de su bolso de mano. Tecleó un número que se sabía de memoria.
Adjuntó la fotografía borrosa que su investigador privado acababa de enviarle. La imagen mostraba a Jarek Roth entrando al club subterráneo, con su mano apoyada en la cintura de una mujer de vestido negro de espaldas.
Oriana escribió un texto breve: "Tu hermano está celebrando con tu basura".
Presionó el botón de enviar. Destruyó la tarjeta SIM del teléfono desechable, la rompió en varios pedazos y la arrojó por el desagüe. Bastian canalizaría su rabia hacia su hermano. Se destruirían entre ellos.
En el club subterráneo, la música de fondo amortiguaba las negociaciones ilegales que ocurrían en las mesas cercanas. Jarek me guio lejos de la multitud. Atravesamos un pasillo flanqueado por cortinas pesadas hasta entrar a una sala privada. Varias barricas de roble ocupaban el espacio, otorgando un ambiente íntimo y apartado.
El ruido del salón principal quedó atrás. La línea entre la farsa y la realidad empezó a difuminarse en la quietud de la sala. Jarek avanzó, obligándome a retroceder paso a paso hasta que mi espalda chocó suavemente contra una de las barricas de vino.
Apoyó ambas manos en la madera, a los lados de mi cintura, acorralándome. Sus ojos grises bajaron hacia mis labios. Quería probar hasta dónde llegaba mi máscara, medir mi resistencia frente a él en un entorno aislado, lejos de las miradas curiosas.
Levanté mis manos y las apoyé en su pecho firme. Lo empujé con fuerza suficiente para marcar la distancia entre nuestros cuerpos.
—No esperes que me pierda en este juego —dije, sosteniendo su mirada oscura sin retroceder un milímetro más—. Esto es un escudo, no una rendición.
Jarek no se apartó. Una chispa de diversión iluminó sus facciones. Disfrutaba el desafío constante.
Antes de que pudiera responder a mi advertencia, un zumbido sordo interrumpió. Jarek sacó un teléfono de seguridad encriptado del bolsillo interior de su traje. Desbloqueó la pantalla con rapidez.
Leyó el mensaje de uno de sus informantes infiltrados en la corporación Roth. Los músculos de su mandíbula se tensaron visiblemente. La diversión desapareció de su rostro, reemplazada por hostilidad.
Jarek levantó la vista hacia mí.
—El teatro acaba de complicarse —anunció, guardando el aparato en su chaqueta—. Bastian ya sabe que estás conmigo. Y viene hacia acá.
