Capítulo 6 El precio de la sangre

Un estruendo en la entrada principal silenció la música electrónica del salón. Los capos, los guardaespaldas y las mujeres de los líderes giraron hacia las puertas de acero. Bastian irrumpió en el club subterráneo. Su traje gris de corte corporativo desentonaba brutalmente con las chaquetas de cuero oscuras y el ambiente clandestino. Avanzó a zancadas largas, pisando fuerte, ignorando por completo los cañones de las armas que los hombres de seguridad alzaron en su dirección al instante.

Jarek ni siquiera parpadeó. Levantó una mano desde nuestro lugar. El gesto bastó para que sus guardias bajaran las armas y le abrieran paso a su hermano. Quería que Bastian se exhibiera frente a la élite del crimen. Quería que todos presenciaran la fractura del hombre perfecto.

Bastian se detuvo a un metro de distancia, respirando con agitación. Su mirada esquivó a Jarek por completo y se clavó en mí, recorriendo el vestido de seda asimétrico y la gargantilla de diamantes. Una vena latía en su cuello. La máscara de control corporativo que siempre llevaba puesta estaba agrietada.

—Se acabó la rabieta, Alana —ordenó Bastian, usando el mismo tono dictatorial que empleaba para despedir ejecutivos—. Ven conmigo ahora mismo.

Mantuve los pies firmes sobre el suelo de madera. Levanté la barbilla.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Te robaron el teléfono y terminaste escondiéndote en este basurero para llamar mi atención —Bastian dio un paso hacia mí, tratando de imponer su estatura y su autoridad económica—. Te compraré un penhouse a tu nombre en la zona sur hoy mismo. Tendrás tus lujos y tu propio espacio lejos de la familia. Pero vas a salir por esa puerta en este instante.

Sus palabras me revolvieron el estómago. Seguía viéndome como una transacción. Recordé la noche en que me arrojó el cheque sobre la mesa, la forma en que me exigió vaciar el apartamento porque Oriana Visconti representaba su futuro comercial. Guardaba esa herida fresca, un recordatorio palpitante de mi propio valor, para no ceder jamás ante él.

—No soy una pieza intercambiable en tu tablero —respondí, elevando el tono de voz para que los capos cercanos escucharan mi respuesta—. Guárdate tu dinero. Tú me desechaste hace dos días con un cheque. Yo te dije claramente que no me llevaría nada con tu apellido. Terminamos.

Bastian apretó la mandíbula. Levantó la mano, dispuesto a agarrarme del brazo para sacarme a rastras si era necesario.

Jarek se interpuso antes de que lograra tocarme. Sujetó la muñeca de su hermano con un agarre implacable. Rodeó mi cintura con el brazo libre, atrayéndome hacia la firmeza de su pecho.

—No vas a tocar a mi mujer —advirtió Jarek. Su voz resonó en el recinto, áspera, clara y dominante—. Alana está bajo mi protección. Y lleva a mi heredero.

El golpe de aquellas palabras impactó de lleno en el rostro de Bastian. Toda su arrogancia se desmoronó en una fracción de segundo. Miró mi vientre plano, aún oculto por la seda negra, y luego clavó los ojos en la expresión burlona de su hermano. Su cerebro procesó la información a una velocidad vertiginosa, conectando las fechas. Su respiración se volvió errática y pesada.

—Te eché hace cuarenta y ocho horas —murmuró Bastian, atando cabos, con los ojos desorbitados por la incredulidad—. Nadie se entera de que está embarazada en dos días. Eso lleva semanas.

La comprensión transformó sus facciones en una máscara de rabia pura.

—¡¿Desde hace cuánto me engañas con él?! —Bastian rugió, intentando soltarse del agarre de Jarek—. ¡¿Decías amarme y serme fiel mientras te acostabas con la basura de la familia?!

No bajé la mirada ni intenté defenderme de su acusación. Mantuve una expresión inexpresiva. El silencio jugaba a mi favor. Ante los ojos de la mafia, la rabia desquiciada de Bastian confirmaba nuestra versión. La élite criminal de la ciudad nos observaba, asimilando la humillación del intocable líder corporativo y la legitimidad de nuestro reclamo sobre la herencia de los Roth.

—Te voy a destruir —siseó Bastian, cambiando su atención hacia Jarek. Escupió las palabras con odio—. Acabaré con cada una de tus empresas fachada. Quemaré este club hasta los cimientos. Tú no te vas a quedar con lo que me pertenece.

Jarek soltó la muñeca de su hermano y lo empujó con brusquedad hacia atrás.

—Sáquenlo de aquí —ordenó Jarek a sus hombres.

Cuatro guardias de seguridad inmovilizaron a Bastian al instante. Él forcejeó con violencia, lanzando golpes ciegos al aire mientras lo arrastraban hacia la puerta de acero. Perdió por completo la compostura y la elegancia que lo caracterizaban.

—¡Alana! —su voz resonó por encima del murmullo que empezaba a crecer en el salón—. ¡Eres mía! ¡No vas a escapar de mí!

Las pesadas puertas de acero se cerraron tras él con un golpe seco, cortando sus amenazas.

El sonido metálico me devolvió a la realidad. La adrenalina abandonó mi sistema de golpe, dejando un rastro de agotamiento. Mis rodillas temblaron bajo la tela del vestido. El salón empezó a dar vueltas lentamente y el oxígeno parecía no llegar a mis pulmones. Todos en el club nos seguían mirando, evaluando nuestra reacción. Acabábamos de declarar una guerra abierta y sangrienta por el imperio Roth.

Me solté del brazo de Jarek. No podía permitir que los aliados de mi socio vieran mi vulnerabilidad, ni el terror que amenazaba con paralizarme. Di media vuelta y caminé rápido hacia el pasillo trasero, buscando el refugio de la sala de barricas.

Llegué a la penumbra del cuarto y me recargué contra la madera rugosa de un tonel. Cerré los ojos. Inhalé profundamente, obligando a mi corazón a calmar su ritmo desbocado. Sobreviví al encuentro. No me doblegué frente a su autoridad.

Escuché pasos firmes acercándose.

Abrí los ojos. Jarek había dejado a sus aliados en el salón principal. Avanzó por el pasillo oscuro hasta acortar el espacio entre nosotros. Ignoró las reglas de distancia profesional que habíamos pactado minutos antes.

—Funcionó —le dije, intentando mantener la firmeza en mi voz.

Él no respondió a mis palabras. Se detuvo a escasos centímetros de mi rostro, apoyó una mano en la barrica junto a mi cabeza y acorraló mi cuerpo. Me miró directo a los ojos, escaneando mis labios con una intensidad peligrosa.

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